A un paso de África

En plena efervescencia de la temporada de cross nos parece interesante detenerse a valorar opiniones sobre el comportamiento de los atletas. En concreto, el aragonés Toni Abadía, «el matemático», sobre cuyo valor y actuaciones escribe Mario Torrecillas en  www.thewangconnection.com.

El relato lo queremos compartir, porque entre otras cosas se refiere a la actuación de Abadía en el Cross de Elgoibar. Dice así:

«Toni Abadía tiene la fuerza arrolladora del caudal del Ebro, el río que le vio nacer y en cuyos márgenes empezó a dar algunas de sus primeras zancadas. Y a correr. Cómo le gusta correr. De hecho, lleva dos crosses sacudiendo los cimientos de este deporte y no es de extrañar que al final del Cross de Itálica, y del de la pasada semana en Elgoibar, firmara un porrón de autógrafos. Pasito a pasito, a fuerza de humildad, se está ganando la condición de estrella. Veamos por qué.

En Itálica llegó a la cabeza viniendo de muy atrás, casi del final del mundo y terminó ejerciendo de ‘soplanucas’ de los africanos. Más que un soplido, lo suyo fue un rugido de león, una declaración de intenciones que contenía toda la rabia tras perderse un Europeo que le pertenecía a él más que a cualquiera de los que compitieron. Ya se sabe que vivir en la negación no es bueno para nadie. El maño se desquitó de su “tesoro negado” en el Europeo bordando un octavo puesto en Itálica, donde se permitió un lujoso sprint al que llegó tan sobrado que a punto estuvo de llevarse por delante la réplica en cartón piedra del arco de Trajano situado superada la meta. Y como en el atletismo también cabe la ironía, en Santiponce asistimos a un simpático cambio de roles: los nacionalizados y valiosos Fifa y Lamdasen parecían atletas españoles mientras Abadía, el discípulo del entrañable Mareca, gambaba cual africano pintado de blanco afincado en Aragón.

El chico sabe hacer de Javi Guerra (ausente en la prueba): es un especialista en leer las carreras y suplir con inteligencia allá donde no alcanza el genio. Abadía entiende que éste no es un deporte para pollos descabezados y que además de piernas se debe usar la cabeza. La suya parece una cabeza fría y algo racional y, a diferencia del mismo Guerra, a mi modo de entender, Abadía tiene un perfil más impulsivo, una condición más pasional al final de las carreras que el segoviano, quien pierde muchas veces con su excesivo conservadurismo. En Itálica, Abadía lo hizo perfecto. Pero sabía que lo podía mejorar.

Y llegó Elgóibar. Llegó la traca. Una versión mejorada, incluso, de su actuación en las piedras sagradas de Itálica. Una versión entera, sin especular y que rara vez le habíamos visto. Esta vez quiso salir a muerte, junto al poder de África, nada menos. “¡Sí se puede!”

Una decisión que debió causar vértigo solo pensarla minutos antes de la carrera. Abadía, seguro de sí mismo y de sus fuerzas, quería mirar cómo se corre cerca de los africanos. De principio a fin. Marchando a un promedio de 2:50 el minuto, incluyendo el dolor en las cuestas apocalípticas y las estresantes curvas.  Y parece que al maño le gustó lo que vio, porque aguantó a la marea negra hasta en esas infernales cuestas donde se pegó a ellos como la resina congelada. El etíope Tola y el de Bahrein, Aweke Ayalew, debieron pensar a mitad de carrera, ¡Eh! ¿Un blanco entre nosotros? ¡Un invitado sospechoso! ¿Un español no nacionalizado? De no necesitar sus brazos para impulsarse, ambos corredores habrían tenido que alcanzar sus ojos para frotarlos y ver si era cierta la proeza del maño.

Finalmente, Ayalew resolvió su victoria con un cambio de ritmo demoledor (aunque parece que ni se le movió el bigote), mientras que al resto del convoy le tembló el suelo… y a los árboles, las hojas. Fue un cambio imposible, incluso, para el superlativo Tola, al que, lógicamente, acusó la batalla de Itálica la semana anterior, cita a la que esta vez no acudió a bailar Ayalew.

En cuanto a nuestro héroe, llegó a tener mas cerca que nunca la espalda del ugandés Timothy Toronitich, que entró cuarto. De modo que el maño-africano hizo quinto, a tan solo 9 segundos. Por delante de hombres que nunca quedaban detrás suyo, como el otro ugandés,Mosses Kibet. Hay que decir que Toronitich  lleva pegándose barrigazos desde el principio de temporada y ya se dejó media vida en el duelo con Merga en Atapuerca. Al final, el maño llegó a 33 segundos de la cabeza, mientras que en Itálica, con menor riesgo, se quedó a 1 minuto. Esta diferencia indica que siempre es mejor si eres valiente, desde el principio… y te puedes permitir el lujo de arriesgar.

Al final de la contienda, su felicidad le dio fuerzas para dar un salto con el puño en alto. “A wamba buluba balam bambú”

La vida puede ser muy corta para casi todo el mundo, menos para este maño que se le hace larga cuando corre junto a los africanos, y le sobran exactamente, un promedio de 33 segundos. Los mismos segundos que le sacan todavía hombres como Tola o Ayalew. que hacen valer toda una vida corriendo descalzos para ir al cole. Los segundos de una guerra eterna que se libra en Uganda, a la que se considera la guerra más larga y cruenta del mundo y que el mismo Toronitich habrá tenido que correr, no tanto por deporte, como por su propia supervivencia. O los segundos del hambre canina que se pasa en Etiopía.

¿Qué hará Toni con esos segundos de más que le sobran a su vida como atleta, si él está en desventaja y en cierta manera nunca corrió descalzo para ir al cole, o salió pitando del fuego cruzado de una guerra como le pudo ocurrir a Toronitich? ¿Podrá algún día raspar ese tiempo?. Está muy muy cerca de ellos. El chico parece que tiene margen de mejora. Sabe que debe correr un poquito más para aspirar a algo grande -o casi- en un mundial, por ejemplo.  Parece que tiene confianza y capacidad para hacerlo. Mucha más que el año pasado, cuando intentó la mínima del mundial y la marca no pasaba  por el estrecho embudo mental en el que entró. Suerte de unas necesarias vacaciones.

Pero, si por alguna razón no consigue estirar sus capacidades y se queda más cerca que nunca de esos 33 segundos que le sobran, lo que ya ha conseguido debería servirle para bailar una bonita canción, porque Abadía es un representante, hoy, de lo que muy pocos han alcanzado».

 

 

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