¡Julen, superbe!

JULEN TRES SUPERBE

Si los franceses contaran en sus filas con un pivote de la talla de Julen Aginagalde le tildarían de “superbe”, magnífico. Los adjetivos pueden encadenarse del modo que queráis aunque es probable que no haya uno solo que recoja la realidad de un jugador de balonmano que hace estragos en las defensas contrarias, a base de fajarse con los fornidos rivales y resolver en las situaciones más adversas.

La final de la Champions entre su equipo Kielce y los húngaros de Veszprem es un tratado de situaciones indescriptibles. Ninguno había ganado jamás la competición y estaban ante la gran ocasión de conseguirlo en cancha alemana y sin equipo local en el partido decisivo. Se trataba por tanto de una oportunidad ante miles de espectadores en Colonia, apasionados por un deporte que cautiva.

Cuando en la segunda parte los magiares a falta de un cuarto de hora ganaban 19-28, nadie, ni el más acérrimo seguidor polaco, hubiera apostado por la suerte de su equipo. Si el deporte es muchas veces grandeza, los 19.300 espectadores que abarrotaban el Lanxess Arena se encontraron con lo inesperado. Kielce firmaba un parcial de 9-0 a su favor y Lijewski marcaba el gol del empate cuando la bocina del final estaba a punto de sonar. Y sonó con la igualdad (29-29) en el luminoso. Increible, pero cierto.

Los dos tiempos de la prórroga no resolvieron nada y la equidad se mantuvo en el marcador gracias a que Ugalde nivelaba para las huestes de Xavi Sabaté. El trofeo, el título, el prestigio dependían del acierto en los lanzamientos desde siete metros. Una lotería, un cara o cruz ante la inmensidad de los porteros que en esas circunstancias parecen más grandes. Aparecen los metas y crecen los nervios hasta que llega el momento de Julen Aginagalde. Si lo marca, la felicidad habla polaco “Nic więcej do powiedzenia…”

Julen se dirige a la línea de tiro. Mira al meta Alilovic que en el partido ya ha parado lanzamientos similares. El irundarra arma el brazo derecho y busca un trayecto que pasa por encima del antebrazo del cancerbero que reacciona después de que el balón le supere. Gol que trasciende más allá de las colinas de la decepción, aquella que le dejó sin los juegos de Río 2016.

La imagen no oculta sentimientos. Todo lo contrario. Enseña la felicidad sin límite. la suya y la de quienes comparten un proyecto común. Tanto tiempo esperando un momento como éste, le toca a él resolver la incógnita. Confianza, seguridad, arrojo, autoestima…todo en la misma coctelera. De la mezcla de todos los ingredientes, surge un combinado “superbe” que le confirma como un grande. Recibir el trofeo con la bandera de Irún y ponerse la vieja camiseta del Bidasoa, le reafirma en sus convicciones y en las vivencias y razones que dan sentido a su vida.

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