El gerriko azul de Idoate

La primera vez que le llamé para una entrevista mantuve como tantas veces la incógnita de lo que iba a encontrarme al otro lado del auricular. Era entonces un pelotari joven, ilusionado por llegar lo más arriba posible. Jugaba de delantero y mezclaba la inteligencia con la fortaleza, como si de un combinado se tratara. La coctelera y las manos de quienes la agitaban ofrecían un sabor diferente a la mayoría.

He decir que descubrí entonces un individuo diferente que trataba de compaginar afición con obligación, frontón con libros de derecho. Sabía de sobra que en los estudios estaba el futuro, porque la vida de un deportista depende de muchas cosas y los avatares ni se esperan, ni se controlan. Aquel pensamiento es hoy una realidad porque, siendo muy joven para el juego de la pelota, debe retirarse porque su mano izquierda no da más de sí, ni atisba la reacción necesaria para ser competitivo.

Ni los tratamientos conservadores, ni la operación quirúrgica practicada, ni todos los fisios, recuperadores, y las mil consultas realizadas han dado con la tecla necesaria para devolverle a la cancha en las mejores condiciones. Han pasado dos años y decide poner punto y final a su carrera profesional. Mikel Idoate se despide del público, de los compañeros, de la empresa, de los carteles, de todo lo que ha formado parte importante de su vida. A los 26 años guarda para siempre en el armario su gerriko azul, el color de la Txantrea, allí donde habitan muchas de sus razones de ser.

Me da pena porque no alcanzó sus mejores sueños, pero me alegra porque la sociedad va a ganar una persona. Grande, activa, plagada de vivencias, ansiosa de planes. Le gustaría seguir vinculado al deporte, lo mismo que al mundo de la empresa porque se siente capaz de liderar proyectos. Es un emprendedor. Lo ha sido siempre. Calidad humana y humildad, por bandera.

He compartido con él desde 2010 unas cuantas entrevistas, otras tantas charlas para hablar de la vida, del deporte, de la profesionalidad, del respeto, del comportamiento, de la formación integral de las personas, del yo personal, lo mismo que de los medios de comunicación en los que ha comenzado a hacer pinitos.

Las conversaciones con él son fáciles porque se expresa sin dobleces ni pespuntes mal dados. Dice lo que siente y piensa, aunque a veces esa libertad no exenta de osadía le haya jugado malas pasadas. No todo el mundo acepta que le digan a la cara lo que no se quiere oír.

La primera vez, os he dicho, que descubrí un individuo que merecía la pena. En el camino corroboré mil veces la primera impresión y me siento feliz de haberle conocido. Jamás, un no.

Cuando le preguntaba después de anunciar la retirada con qué se quedaba, respondió sin vacilar que con la cantidad de amigos que se ha encontrado en el camino. Me cuenta entre ellos y cuando lo dice ante un micrófono abierto, siento que en los ojos afluye la misma emoción que él trató de contener en la conferencia de prensa del adiós. Nuestras puertas siguen abiertas y se lo agradezco de corazón porque es generoso sin límites.

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