La gestión es de los entrenadores

La terrible cuesta de enero ya está aquí con todos sus abalorios. No concede un minuto de tregua y pone a prueba la resistencia de las plantillas, tanto en lo físico como en lo anímico. Se amontonan las semanas de tres partidos con los termómetros en huelga de mercurio y con los estómagos digiriendo aún los polvorones y preparando un hueco para los roscones, la última manifestación dulce del periodo navideño. Quedan eso sí, la llegada de los carteros de las majestades de oriente y la presencia de los Reyes Magos en camellos, carrozas o briosos corceles.

Estos días previos, considerados de asueto, he visto enteros unos cuantos partidos de la Premier, una ristra de basket y otra de pelota. Le sumas los resúmenes anuales de los momentos estelares del deporte y compruebas que el atracón televisivo ha sido espectacular. En Inglaterra son diferentes. Responden como las parejas enamoradas, con un sí, a la propuesta futbolística. Los estadios se abarrotan juegue quien juegue. Gloria bendita. Es un problema de cultura, al igual que la propuesta que realizan.

No me asaltan las dudas al respecto. El juego, obviamente, es de los que pisan césped, pero la elección de protagonistas, la gestión grupal, el modo de afrontar los encuentros, la táctica y la estrategia corresponden a los técnicos. Cuando ves competir al Sunderland, en manos del anterior entrenador realista, valoras mucho más el trabajo de quien ahora ocupa la bancada txuriurdin. ¿Cómo es posible que las cosas hayan cambiado tanto en el fondo y en la forma, con casi los mismos protagonistas?. La respuesta la dejo en tus manos.

En ese fútbol británico hay poco espacio para la especulación. Sin embargo, los oasis surgen con esplendor. Ver jugar a De Bruyne (me tiene loco) o rematar a Giroud, consigue que te levantes del asiento. El balón roza poco la yerba y viaja de área a área por decisión y convicción de quienes deciden las acciones. Es normal, por tanto, que Guardiola sufra, que se enfurruñe ante las preguntas de un periodista que le busca y que anuncie que su final como técnico no está lejano. La vida de los entrenadores es un sinvivir.

Coincidí hace pocos días con Paco Ayestarán, uno de los damnificados del imposible Valencia. Hablamos largo y tendido de la experiencia. Lo mismo que de Prandelli. Pocas horas después el italiano presentaba la renuncia porque entiende que la situación es insoportable. Lo mismo que le sucedió al preparador del Castellón, al que mandaron a casa con una destitución bajo el brazo pocas horas antes de las uvas. Pretendió ofrecer una rueda de prensa en Castalia pero, como las puertas no se abrieron para él, terminó hablando con los periodistas en un bar.

No muchos días antes se confirmó que Juande abandonaba el banquillo de La Rosaleda. Por desavenencias o lo que sea. Por no referirnos a Martín Monreal y las derivas de su salida de Osasuna. Charlaba también con un director deportivo de un club de Segunda, encantado de la vida con el entrenador que les lleva por el buen camino, y le preguntaba por los criterios que les llevan a decidir éste o aquél.  Razones difíciles de entender.

Lo mismo que aquí. Pasamos de Moyes a Eusebio que se parecen lo mismo que Marujita Díaz y Shakira. En Villarreal también se produjo un desencuentro entre Marcelino y sus dirigentes que terminaron con los huesos del asturiano en la calle para satisfacción de Fran Escribá, elegido para llevar adelante una nave que ofrece buen son desde hace tiempo.

Ambos técnicos se parecen en el gusto por jugar bien y tratar el balón con donosura. Se asemejan en el respeto a los demás, a los rivales que les miden y forman parte de esa colección de entrenadores que dignifican por su comportamiento a las entidades que les contratan. Comportamiento exquisito siempre el de ambos. En el cuerpo a cuerpo llegaba la ida de los octavos de final. El primer envite de una eliminatoria incómoda que no permite ni atajos ni racaneos. Los dos sacaron lo mejor del armario y lucieron las galas de las grandes ocasiones.

La Real fue mejor en muchas fases del match y dispuso en la mano de un resultado que alcanzó guarismos formidables con tres goles de ventaja y eliminatoria muy encarrilada, pero el tanto de Trigueros devolvió la esperanza a los amarillos que atisbaban en el horizonte una remontada que olía a imposible. Hasta entonces, juego y remates, con Mikel Oyarzabal, imperial y autor de un tanto que Valdano tildaría como de dibujos animados. Buena noticia para el eibarrés y para el equipo que volvió de las vacaciones sin perder las constantes vitales que le han hecho conjunto fiable en la presente temporada.

Cabe ahora hacerse preguntas. La principal, y en esto no soy nada original, es saber si esta ventaja será suficiente para alcanzar los cuartos de final. Obligará a esfuerzos añadidos, porque los de Escribá se jugarán el todo por el todo. Partido que se intuye extraordinario, lo mismo que el del sábado ante el Sevilla, al que no sé si le pesará el esfuerzo de anoche en el Bernabeu.  La gestión grupal corresponde a los entrenadores. Ojalá, Eusebio acierte.

 

 

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