Alameda, de oro y estrellas

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Reconozco que cuando el Ayuntamiento de Hondarribia eligió el Restaurante Alameda como destino de la insignia de oro de la ciudad, me sorprendí. No se me hubiera ocurrido, porque tampoco conozco cuáles son las bases de la concesión de un galardón tan valioso. Le pregunté por ello a un concejal que me ayudó a entender las razones del acuerdo.

Nada que discutir. Ni antes, ni después de la decisión. Alameda es un valor de este pueblo. Universal porque llevan el nombre de la ciudad a todo el mundo. Entrevistas en prensa escrita, reportajes en cualquier televisión del universo, páginas en revistas especializadas, impacto global sin renunciar jamás ni a las raíces ni a la pertenencia… Desde hace 20 años defienden la estrella Michelín cuando premiaron el trabajo del chef, Gorka Txapartegi.

La última vez que compartí mesa en su casa, estaban llenas. No conocía a nadie. Disfruto saludando gente con la que coincides en sitios como éste. Mikel Txapartegi es el sommelier de la casa, el que sabe ofrecerte lo mejor según tus gustos. Cuando las cosas se tranquilizaron le pregunté por la procedencia de la clientela aquella noche de verano. ¿Hay alguna mesa vasca además de la nuestra?

“Vosotros y aquella redonda del fondo. Son los dueños de una bodega de Rioja Alavesa”, contestó. El resto eran extranjeros de muy distintas procedencias que venían sólo a visitar el restaurante y disfrutar de las singulares propuestas. A los dos hermanos, debemos añadir un tercero. Kepa. Tan importante como los demás y responsable de los postres. Entre los tres forman el frente del cotidiano combate.

Dice la tradición que detrás de un hombre importante siempre hay una mujer. En este caso dos y hermanas. La madre y la tía de todos estos chicos, Conchi y Mariví, piezas clave en la evolución del negocio familiar que regentaban sus padres. Y al fondo, el jefe la familia, Pedro, y Jokin y tanta gente anónima que estudia y hace prácticas, además de quienes se mueven entre fogones y salas.

Las actuales instalaciones se parecen a las primigenias en el nombre. Todo cambió y evolucionó con el tiempo. Ahora, han habilitado una taberna con las tradiciones de siempre, de los tigres a las croquetas, como si quisieran frenar el tiempo en el que las gentes se reunían allí para hablar de las cosas del pueblo, fundar el club de fútbol de la ciudad o degustar unas tortillas formidables o unos callos maravillosos al estilo de la amona…

Son entrañables. Al estilo de las tradicionales familias vascas, en el entorno del caserío de cuyas huertas salen los productos que sirven para elaborar los platos más sabrosos.

A veces lo que está cerca, a nuestro lado, nos parece normal y no lo valoramos en su justa medida. Ahora que la corporación municipal tinta de oro la historia de aquella vieja taberna, convertida hoy en un elenco de sabores, valoras en su justo término todos los esfuerzos del camino.

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