El encanto del patrón

AMUNARRIZ PATROIA (2)

Entra dentro de lo probable que, si hablamos de remo y traineras, caigamos en el error de no valorar el trabajo de los patrones. Son una especie de reserva espiritual de un deporte que, nos guste o no, está en sus manos. Dirigen la nave que surca sobre las aguas administrando el vigor de sus compañeros que hacen camino palada a palada. Confianza ciega en quien les dirige por el buen camino. Remar contra el horizonte, dando la espalda al objetivo, es remar en la ceguera.

A los patrones, por lo general, se les critica en demasía. Pocas veces se valora la pericia, el buen uso del remo, la habilidad en la gestión de las mareas, las olas y las aguas baqueteadas por el viento. No es fácil su trabajo, porque el riesgo de equivocarse está ahí, presente en cada segundo de la regata. Se trata de tomar decisiones a cada paso. La gestión va más allá. Deben además alentar a los compañeros que en las tostas reman y reman, mirando a los laterales y tratando de situarse respecto a los rivales.

Llega la ansiedad por ganar, el miedo a perder, dosificar los esfuerzos para que cuando llega el momento de la verdad, la trainera dé lo mejor que lleva dentro. El patrón es guía y faro. Todo al mismo tiempo. Debe pesar poco, ser hábil, gestionar cada ciaboga con espíritu de perfección y ganarse la confianza de sus compañeros. No pueden caber dudas. Creer en sus capacidades y dejarse llevar hasta que el esfuerzo brutal de los remeros alcanza a la última palada.

Conozco unos cuantos patrones. Disfruto con lo que hacen. Basta mirarles a la cara, a los ojos, para saber qué sienten y piensan. Aquí no hay doble vara de medir. La meta se convierte en un objetivo y ganar la tanda y la bandera es el premio al esfuerzo de cada día.

Se destaca a Gorka Aranberri por el modo de entrar en la bahía de La Concha, en la segunda jornada, cogiendo unas olas que parecieron diseñadas sólo para él. No hay nada que le haga disfrutar más.

En la liga Eusko Label, el premio al mejor patrón ha correspondido a Joseba Amunarriz, quien conduce a los verdes de la Ama Guadalupekoa. Es el reconocimiento a la regularidad en el campeonato. Se lo ha ganado a pulso y con merecimiento. No soy capaz ciertamente de entender cómo se reparten los puntos en cada jornada. Incapaz de aprenderlo.

Le conozco muy bien. Defiende con orgullo la camiseta en la que cree. Lleva la procesión por dentro. Ha ganado muchas regatas, ha cogido muchas banderas. Las ha ondeado con la fortaleza del alma, de la cabeza y del corazón. No ha tenido una temporada fácil, porque le ha tocado bogar por calles empedradas, como el pavés de las carreras imposibles. Se ha aburrido de pedir a los suyos que gozaran, que disfrutaran, que se sintieran orgullosos de ser lo que son y remar donde reman.

Es posible que no le reconozcan, como se merece, la superación de las dificultades. Él y sus rivales viven la soledad del navegante. De puertas a dentro, en el camarote de los silencios, alegrías y decepciones. A Joseba y a los demás se les discute a menudo. Demasiadas veces. Hacen muchas cosas bien. Más que lo contrario. Seguirán mirando al horizonte infinito con la mano derecha agarrada al remo que guían con fortaleza.

Este viernes se juntarán la mayoría de ellos, en esa fiesta en la que se entrega el trofeo “al mejor”. Hablarán de miles de cosas, se mirarán de reojo como cada siete días, y seguirán hasta que ellos quieran. Joseba, Gorka, Endika, Ugaitz, Alfonso, Alex… Orgullo de deportistas que merecen la pena.

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