¡Qué pedazo de sosería!

Cada vez que Athletic y Real se enfrentan en un derbi se mueven las aficiones, aumenta la tensión y el resultado final concluye con la alegría indisimulada de unos y la decepción no oculta de los otros. Siempre son tres puntos, sí…pero el tanteo deja secuelas en el vestuario de los perdedores. Dicen que es un partido más. No se lo cree nadie. Por ahí, se puede entender el encuentro de ayer. El miedo a perder se impuso por encima de cualquier otro riesgo. En la vida los porteros de ambos equipos han tenido menos trabajo.

Basta bajar a las salas de prensa de cada estadio y comprobar las caras de periodistas, jugadores y cuántos partisanos asomen por allí para comprobar que la victoria sienta formidable a quienes la consiguen. El rictus del sector vencido es horroroso, como si acabara de entrarte una úlcera y te estuvieran devorando los retortijones. Reconozco que cuando la Real gana estos partidos bajo las escaleras como la escultural Norma Duval. Y si se pierde, me tropiezo más que la Contrahecha. Así ha sido siempre, es y será, mientras siga habiendo sentimientos por los colores y ganas de que el vecino, con perdón, se joda. Un empate sin goles, en un partido soso a reventar, deja a todos como estaban.

Ha habido derbis de alto voltaje, de cuchillo entre los dientes, con cañones recortados y los kalashnikov apuntando, pero también partidos de escapulario, santo rosario, novena a la Purísima y cordoncillo de San Blas. Cada momento ha escrito su historia en mitad del paisaje en que cada partido se encontraba inmerso. El de ayer llegó con poca chispa, porque ninguno de los dos anda para sacar pecho y tirar cohetes. Eliminados de la Copa, clasificados para la siguiente ronda de la Europa League y sin alharacas en la liga, se miraban de frente como dos gotas de agua o las vidas paralelas de Plutarco. Pacto de no agresión.

Eusebio habló de perseverar en la última rueda de prensa. Me entraron escalofríos. Recuerdo la revista del colegio en que de adolescente estudiaba. Se titulaba “Perseverancia”. Allí publiqué algún escrito en plan primeros pinitos. Aparecían todos los alumnos del centro, clase por clase, curso por curso. Además se recogían los actos más destacados del año que entonces se resumían en torneos deportivos, algún festival musical, una tómbola y toda suerte de encuentros religiosos (ejercicios espirituales, misas, ensayos de canto, procesión de las palmas, etc.). La palabra me sabe a rancio. Soy más de conquistas, pasiones, vehemencias, arrebatos y compromisos. Disfruto con el discreto chapoteo de los charcos. Por eso, en el anodino empate que nos ocupa me aburrí sobremanera.

El encuentro rompió antes de tiempo su relativa calma con la anunciada ausencia del meta Kepa, lesionado en el momento más inoportuno. La llamada urgente al portero del filial Unai Simón y la titularidad de Iago Herrerín contravenían los planes rojiblancos. Hubiera dado lo mismo quién se situara bajo los palos, porque tiros de verdad llegaron pocos. El partido concluyó en chaparrón de lluvia, pero las gradas ni se inmutaron. Es probable que, si a estas horas los dos equipos continuaran sobre el césped, todo seguiría igual. La Real con el balón en sus pies, los rojiblancos montaditos y vueltas y más vueltas en torno a la misma idea.

Los realistas comenzaron el partido de un modo y lo terminaron del mismo. Ni un atisbo de cambiar el guión. Los de Eusebio sólo sintieron cierto miedo en los primeros minutos del segundo periodo. Superado el momento, quien más cerca estuvieron de ganar fueron los guipuzcoanos. El tiro de Xabi Prieto que salvó Herrerín fue lo más llamativo de un equipo que, por fin, no encaja gol en la liga. No pasaba esto desde el triunfo en Mendizorroza. Destacaba Diego Llorente (uno de los mejores) al concluir la contienda que habían dejado la puerta a cero. Para defensas y porteros ese es un objetivo irrenunciable. Como eso pasó tan pocas veces este año, el empate sin encajar se convierte en noticia.

Tampoco creo que debamos volvernos locos por este punto que, obviamente, cuenta con un valor porque el equipo lo dio todo y no se descompuso. Nunca es fácil salir sin perder de un campo tan exigente como San Mamés. Sin embargo, ese árbol no debe taparnos el bosque. De los dieciséis partidos de liga disputados hasta el momento, se han ganado cinco. Y de los últimos trece, sólo dos. Pobre bagaje para un equipo con aspiraciones. Hemos perdido frescura y eficacia. Decía Aperribay en declaraciones previas que “si supiéramos las razones hubiéramos tratado de solucionarlo”. Si el punto de ayer nos sirve para volver a la buena senda, bienvenido sea. La cita del miércoles ante el Sevilla es una oportunidad para reivindicarse, aunque habrá que jugar más y mejor que ante el Athletic. Otro tostón nos mata.

También te puede interesar

0 comentarios