Nos repetimos más que las xoubas

Cada vez que se cruza el Celta en el camino afloran los recuerdos. Lejanos, por cierto. Hubo una época en que veraneaba en Vigo. Era cuando se tardaban horas y horas en llegar, porque ni había autopistas, ni los coches andaban como ahora. Los tiempos cambian que es una barbaridad. La ciudad me gustaba. Lo mismo que ahora aunque con distinta perspectiva. Antes eras un niño y te llevaban donde decidían los mayores. Ahora, soy yo quien determina dónde, cómo, cuándo y con quién. Esa es la diferencia que marcan los años.

A veces íbamos a la playa de Bouzas, pequeña y recogida, algo así como un enclave emblemático a cuyo alrededor vivían vecinos independientes de la gran ciudad. Por allí pasaba el tranvía y jugaba sus partidos el Rápido de Bouzas que aún vive en Segunda “B” y a cuyas filas ha ido a parar el azpeitiarra “Kaxe”. Entonces no había césped artificial, sino el sabor de los barros y los esfuerzos por mantenerse en el lodazal. Nos llevaban también a El Berbés, un barrio cercano, el puerto viejo, en donde abundaban las sardinas pequeñas que ellos llaman xoubas. La procesión de El Carmen siempre nos pillaba por allí. Muchos puestos con parrillas, humareda y olor a pescado para varios días y gente por todas partes. Incluso, un tiovivo en el que montaba varias veces cuando se pagaba en pesetas.

Si coincidía algún amistoso, íbamos al viejo Balaidos. Era el tiempo en que acudía con el álbum de cromos y en él aparecían el portero Ibarretxe, el defensa Herminio, Fernando Zunzunegi o aquel extremo de Lasarte Oria, Juanito Goyarán, que corría la banda y marcaba goles de espectáculo. El estadio entonces se parecía poco al actual. Queda la ubicación y nada más. El club, tampoco, aunque guarde el celeste de la camiseta.

No hace muchas temporadas andaban en sobresaltos, con los números destrozando la economía y con el futuro incierto. Lo mismo que la mayoría. Le han dado la vuelta y hoy son una entidad con encanto. Incluso, el presidente hablaba esta misma semana de lo cercana que está la futura ciudad deportiva que el club quiere construir para afianzar sus proyectos y consolidar la filosofía.

Los gallegos cuentan a esta hora con un buen equipo, muy buen entrenador, plantilla competitiva, afición leal al son de la muñeira y capacidad de reinventarse cada vez que lo necesitan. Unzué sustituyó a Berizzo, que es mucho sustituir, y gestiona el grupo entre el sentido común, el talante y la ambición. Se mueven en mercados poco habituales (danés y eslovaco, por ejemplo), sin renunciar a otros más tradicionales como el sudamericano. Compran y venden como un hábito de normalidad y se consolidan con buen juego y buenos futbolistas.
Ese equipo llegaba a Anoeta como el catedrático examinador que iba a comprobar si hemos aprendido la lección o nos sigue costando pasar de página.

Sabéis de sobra que esta semana se reunieron los pesos pesados, la jerarquía, en torno a una mesa para hablar de lo divino y de lo humano, pero sobre todo, supongo, que para ponerse las pilas y dejarse de mirar al Papamoscas y al Martinillo. El presidente, el director deportivo, los capitanes, el almirantazgo. ¿Propósito de enmienda, perdón de los pecados, penitencia?. Da igual, volvemos a cometer los mismos errores, a quedar a merced del contrario y a perdernos en esos mundos que, al menos a mí, me cuesta entender. ¡Dejá vu! En toda regla.

Se trata de encontrar respuestas positivas a los problemas que acechan y capacidades para resolver las incógnitas. Las propias y las ajenas. En las primeras estaba determinar quién ocuparía el sitio de Zurutuza. Zubeldia fue elegido para la zona de las maniobras. Los demás, los mismos que iniciaron frente al Barça. Las otras, galaicas, el plan de acción de un Celta ambicioso y con ganas de seguir haciendo camino a nuestra costa. Como nos repetimos más que aquellas sardinas de El Berbés nos conocen de memoria. Saben de sobra que, aunque nos adelantemos en el marcador, algo haremos mal para que la situación revierta a favor de sus tesis.

Luego, está ese punto de fortuna que no nos acompaña. Un penalti en contra, bastante absurdo, y uno a favor que se estrelló en el larguero y que nos debió poner de nuevo en ventaja. Luego, lo habitual. De más a menos, sin apenas llevar peligro a la meta contraria, sin centro del campo que empuje de verdad (Illarramendi se va a agotar) y sin la consistencia necesaria para evitar que el contrario termine por decantar la balanza a su favor. También me voy a repetir, pero mantengo la creencia de que necesitamos algo que nos oxigene, nos de vida, nos haga creer en que los partidos se pueden ganar de verdad. A día de hoy parece imposible.

También te puede interesar

0 comentarios