El titán de Lodosa

No es necesario ser un Einstein para descubrir a los buenos futbolistas. No se requieren dotes especiales para distinguir a los mejores. La puesta en escena, los partidos de cada semana determinan el escaparate de los comportamientos y los rendimientos. Con ellos estableces la particular escala de valores y pinchas el clic que dice “me gusta”. Hasta aquí todo en orden.

Sin embargo, ni con diez tratados de metafísica a las espaldas eres capaz de valorar a las personas, descubrir las virtudes que los jugadores aportan desde dentro al colectivo. Generalmente, entre un futbolista y un comunicador se establece una barrera que muchas veces resulta infranqueable. El muro de Berlín es una fruslería comparado con el hormigón que encuentras cuando llamas a una puerta. Se trata de no bajar la guardia, de intentarlo cada día, de no perder la esperanza. Siempre he creído que nos necesitamos mutuamente.

Cuando consigues que alguien abra su puerta, la sensación de alivio y alegría es inmensa. Se inicia en ese momento un tiempo de convivencia desde el respeto y la tolerancia. Un día, hace tiempo, Carlos Martínez me dijo “pasa”. Y pasé. En el camino encontré un tipo que merece la pena. Muy grande. Con un corazón enorme, muy navarro. Humilde, sencillo, profesional sacrificado, fiel y silencioso. Muy observador en cualquier reunión de personas en las que prefiere escuchar hasta que entiende que llega su momento. Necesita sentirse seguro en cualquier escenario.

Se lo he contado muchas veces. La primera vez que le vi jugar fue en Gal, en un Real Unión-Sanse. Llevaba el “2” a la espalda y me pareció flojo. Cometió errores suficientes como para pensar que su futuro no pasaba por el campo profesional. Un tocho en toda regla. Por fortuna para él, no era yo quien decidía su futuro. Alguien creyó mucho más en él e hizo una apuesta. La respuesta, a lo visto, fue enormemente positiva. Le vi debutar, seguí y narré todos los partidos de su carrera y me ganó para su causa, como espero que me cuente en la suya. Sabedor de sus límites, se hizo dueño del lateral derecho. Espectaculares galopadas, centros de gol con las dos piernas y muchas horas de feliz convivencia con Xabi Prieto, el futbolista con el que se entendía (y entiende) de diez y con el que protagonizó partidos memorables. El “ala infernal” de ambos fue decisiva en muchas tardes victoriosas.

En esos momentos de euforia nunca ocupó espacio de primera plana. La discreción es su virtud. No vivió el descenso en Valencia, pero sí el ascenso tres años después. En medio, el aprendizaje, la travesía por el desierto, las dudas y las incógnitas. Compartió con sus mejores amigos del vestuario la crudeza de aquellas temporadas. Gracias a personas como él y a quienes aparcaron su yo personal en favor de la colectividad, este club pudo salir adelante, hacer camino y llegar hasta aquí. Carlos Martínez forma parte de la historia de la Real con letras mayúsculas. Lo creo sin pestañear y lo defenderé con todas mis fuerzas. Sé que los ciclos se terminan y que jugadores como Mikel González, Markel Bergara, Xabi Prieto, Ansotegi, Agirretxe, Labaka, Aranburu…y otros compañeros de entonces constituyen el santo y seña del espíritu de este club.

Como os digo, me ganó para su causa. Disfrutaba con las correrías por la banda. Un día le califiqué en las transmisiones de los partidos como el “Titán de Lodosa”, porque lo ponía todo sobre el césped. Presume de su pueblo, porque es apegado a la tierra. Suelo ir bastante allí a comprar verduritas en la cooperativa o zapatos a Arnedo. Siempre le remito un mensaje: “Estoy en tu pueblo. ¿Necesitas algo?”. Su respuesta es sabrosa: “Vete al Molina y cómete un pimiento”.

Disfruto con los futbolistas de raza, los que meten la pierna, los que hacen silbar sus pulmones, la fortaleza, los quitamiedos. Cada vez son menos porque se ha instalado otro perfil en la mayoría de las plantillas. Por eso, siento cada salida como si fuera la mía. Carlos Martínez es un individuo íntegro, de comportamiento intachable, uno de esos “one club man”, un rtv, realista de toda la vida. No es fácil encontrar jugadores de su talante. Aquel lateral que un día me pareció espantoso en Irún, es hoy una de mis fervientes devociones. Como profesional y, sobre todo, como persona. Le admiro y le estimo. Me da mucha pena que no pueda seguir. Sólo espero que se recupere de la lesión que le ha impedido en los últimos tiempos hacer lo que le gustaba: defender con toda la pasión la camiseta de su vida. Y deseo fervientemente que encuentre un equipo que le quiera y en el que pueda ser feliz. Se lo merece. ¡Txarly, gracias por tantas cosas!.

Ayer se despidió junto a su eterno compañero de parrandas. Parrandas sobre el césped, porque de las otras…¡Pocas!. ¡Son los dos tan recogidos!. Me emocioné tantas veces cómo hizo falta, porque les vi empezar hace muchos años y comparto ahora su despedida. He transmitido todos sus partidos, desde el primero hasta el último. Les conocí de pipiolos y hoy les veo con arrugas, con los hijos a cuestas y con la inmensa satisfacción del deber cumplido en defensa de una camiseta que es la suya. Los sentimientos nos pertenecen y no se arrebatan. Así que, como ahora afrontáis un calendario plagado de bodas, ordenad vuestras agendas, planificad viajes, tomad el sol y poned en círculo rojo el 12 de mayo, la fecha en la que fue imposible demostraros más cariño. Y eso, queridos, no se compra con dinero.

Por cierto, si os enteráis de quién va a ser nuestro próximo entrenador, os prometo guardar el secreto e invitaros a una comida rica. Sin micrófonos.

También te puede interesar

0 comentarios