La puesta de largo

Perdido en una casa de piedra, rodeado de paisajes ocres, mirando al frío Moncayo, sin cobertura de móvil, con pocos canales de televisión, silencios casi estremecedores donde se oye más a los grillos del campo que a los escasos habitantes, ojeo una revista del corazón en la casa del jubilado, el único lugar con una mini barra de bar en la que te sirven coca colas a un euro y cervezas al mismo precio. Al fondo un futbolín, más cerca una mesa de ocho señoras que juegan al julepe con bronca sonora. Voy pasando páginas en las que surgen recetas de cocina, moda, estética, noviazgos, amoríos, desafecciones con protagonismo de gente que no conozco, ni me suena, de nada. ¡Estoy demodé!

En una de las comentadas noticias se anuncia la puesta de largo de una señorita, hija de una famosa, que se dispone a cumplir 18 años y a celebrar la fiesta con un vestido, supongo que blanco, rodeada de amigas e invitados. Sucede que hace unas cuantas décadas esa costumbre estaba implantada entre las niñas bien. El famoso baile de las debutantes reunía en las instalaciones del Tenis donostiarra a la crème de la crème. Unas cuantas jóvenes lucían sus largos vestidos, posaban para los objetivos y bailaban el obligado vals con sus padres o familiares. Era una noche inolvidable en la que no faltaban ni ramos de flores, ni regalos para las protagonistas. En la crónica social se citaban los nombres, apellidos y profesiones de todas y todos los que allí se juntaban. Un día después, la información se leía con avidez en los diarios y revistas semanales que conocemos como prensa rosa. ¡Cotilleo!

El pasado viernes, como todos los viernes, tocaba mercadillo en un pueblo distante a diez kilómetros de donde me encontraba. Acuden gentes de los alrededores. Se percibe buen ambiente. Se montan puestos, chiringuitos, camionetas, mostradores en los que cada cual vende lo que le apetece. Compré medio kilo de cerezas, otro medio de melocotones y otro medio de paraguayos. Espectacular, al módico precio de un euro el kilo. Luego, en otro puesto, por siete euros, una funda con elefantitos para el sofá de casa. Más adelante una hogaza de pan y unas pastas.

A media mañana era necesario un receso. La alelada modernidad denomina ese momento break coffee. Entramos en un bar amplio, con antiguas mesas de formica descolorida. Pedí un café y tomé una bomba imposible, un ñiquiñaque en toda regla, junto a un pedazo de tortilla tapada con papel de celofán y que recalentaron en la cocina. Creía morir. Vuelvo a la alameda a seguir el recorrido y de repente, de frente, una pareja de antiguos jugadores de basket del territorio. ¡Uy, coño, qué haces aquí!. Les sitúo, me sitúan, nos situamos y de inmediato las dos preguntas de las que llevaba huyendo varios días: ¿Cómo ves a la Real? ¿Qué te ha parecido lo de Oyarzabal? Como estaba enardecido por la cafeína, me vine arriba y destapé el tarro. No podía ser de otra manera. Les conté cosas de los comportamientos de los clubes a la hora de fichar futbolistas y de las cosas que se hacen. Hay quienes caen a las primeras de cambio, embelesados, cautivados, fascinados, hechizados y seducidos por el canto de la sirena, la ñoñería (no confundir con ñoñostiarras) que les derrite.

Mikel está en la otra parte, felizmente. El día en que se repartieron la humildad, el compromiso, la educación, la palabra, la inteligencia, el sentido común, el buen consejo de los padres, el respeto… él estaba en la primera fila y se lo llevó todo. Os aseguro que si tuviera una hija de su edad, me encantaría un yerno como él. Es muy grande y muy fácil quererle. El día en que se hizo oficial la continuidad, le envié un mensaje. Le hablaba de la felicidad de muchos guipuzcoanos tras su decisión de seguir enarbolando la bandera que defiende a sangre y fuego. Como siempre, porque es un tío educado y colosal, me contestó. Y hasta ahí puedo contar, porque eso pertenece a la relación privada que jamás traiciono.

Anoche, estaba pendiente de él y de sus compañeros. Las pretemporadas nunca me dicen gran cosa. Ni para bien, ni para mal. Vi el partido ante el televisor en la puesta de largo de Asier Garitano que está muy ilusionado con gestionar del mejor modo posible al grupo con el que cuenta. El vestuario es clave en cualquier conquista. Junto al debut en txuri-urdin del técnico, se añadían Teo Hernández, Mikel Merino, más una guardia pretoriana en el centro del campo, con Rubén Pardo y Zubeldia, todos por dentro, conforme a un plan previsto que pertenecía a un guión muy bien diseñado.

Debo decir que el equipo me gustó, que esa actitud de pelea hasta el último aliento era algo que añorábamos. Al menos, los que pertenecemos al plan antiguo. Garitano terminó con cinco atrás, defendiendo como Viriato, después de que el equipo sumara dos tantos colosales. Willian José y Juanmi tocaron trompeta magistral. Remontado el gol local, se trataba de demostrar la capacidad de sacrificio, el sello que le ha puesto el preparador. Nos sirve para comenzar la liga con tres hermosos puntos y reforzar las dinámicas. Ya tenemos tres más que la temporada anterior, porque en el mismo escenario nos enchufaron cuatro.

Así que la puesta de largo, el baile de las ilusiones debutantes, se lleva los primeros aplausos. Algunas cosas fueron mejores que otras, pero el vals sonó sin chirriar demasiado y el bailarín no pisó a nadie en la nerviosa puesta de largo. Y además nos anularon un gol que me pareció legal y pudieron pitar un penalti a favor por manos en el primer tiempo. Esperaba un VAR más valiente, más generoso o con más huevos. ¡Qué queréis que os diga! l

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