¡Quítate la bufanda!

La revista PANENKA publica un artículo de Alberto Pérez (@albertoperezdoc) con fecha del pasado mes de septiembre. Cuenta su historia como narrador de partidos de fútbol. es su opinión y lo que siente y comparte. Me ha llamado la atención y me parece oportuno compartirlo con vosotros. Dice así:

“Lo confieso. Soy un hooligan, un ‘narrador hooligan’ para ser más preciso, y no lo puedo evitar. Cuando entro en la cabina, voy con la bufanda puesta y jamás me la quitaré, es la bufanda de mi profesión, de mi trabajo, de mi oficio, al que amo y sobre todo respeto. Por ese respeto y devoción, soy un talibán de mi manera de ver el periodismo, la que no entiende de equipos ni nombres sino del respeto a los hechos tal y como los vemos y no como los queremos ver.

Me considero un verdadero privilegiado. Trabajo en lo que me gusta, me acuesto a las tantas porque vengo de narrar partido tras partido, cantar gol tras gol, emocionarme con las jugadas y con los jugadores. Muchos sueñan con este trabajo, mis amigos me lo dicen, y yo no puedo negarles que soy muy afortunado. Y una de las cosas que más me llena es el contacto con el público.

Hoy es fácil saber lo que opinan quienes quieren contactar contigo. Esa interactividad me ayuda a pulsar sensibilidades y a saber cómo se nos ve desde fuera. Te das cuenta de que cuando entras en el círculo del Madrid y el Barça todo se convierte en una gigantesca dualidad. Si narras a los blancos y alucinas con una jugada de Isco, no es porque te ha parecido una acción brillante sino porque eres un “madridista insoportable”. Si después te toca el Barça y dices que ha marcado “el mejor jugador del mundo” no es porque realmente creas que lo es sino porque eres un “culerdo”. Y luego está otro club grande, el Atlético de Madrid, de cuyos seguidores también recibes de vez en cuando frases censurándote que eres de alguno de los otros dos, normalmente del Madrid, o también puedes relatar una jugada de ‘Monsieur Antoine’ que por haberle acompañado del ‘Don’ automáticamente te convierte en el del ‘Pateti’ para el resto del planeta fútbol.

También he sido por momentos ‘antideportivista’ porque no me gustaba su defensa, ‘anti Cartagena’ porque leí un mensaje de un extremeño que nos invitaba a comer jamón, ‘anti Granada’ porque censuré el partido que jugó en Las Palmas, etc. Los que narramos partidos de fútbol somos de 20 equipos a la vez en algún momento de nuestra vida y para otros somos ‘haters’ de esos mismos 20 equipos. Da igual que admires la rivalidad Sevilla-Betis porque eres de uno o de otro. Es blanco o negro, no eres un medio, siempre un extremo.

“La camiseta se deja en la percha y en el locutorio narra lo que veas y no lo que quieras ver”

No quiero ser injusto, repito que yo tengo suerte. He compartido muchos momentos con compañeros y amigos de la profesión que reciben cientos de insultos diarios después de una retransmisión, seguro porque su repercusión es mayor que la mía. Están vacunados, se sienten como los nuevos árbitros en quienes hay que descargar frustraciones. No lo tienen en cuenta. Y sobre todo no quiero ser injusto con las muchas personas que se dirigen a nosotros y nos felicitan por nuestro trabajo o nos hablan simplemente de fútbol aunque no estén de acuerdo. Las redes magnifican las palabras gruesas y atenúan la moderación. Lo que tengo claro es que aciertan mucho más los que creen que podrían hacerlo mejor que nosotros que los que piensan que tu único interés cuando te pones delante del micrófono es hablar bien del que se supone que es tu equipo. Eso no quita para que, en mi caso, siga contestando a todos, mientras pueda, porque creo que la conversación siempre suma.

Los narradores, al menos la mayoría de los que yo conozco, nos ponemos los auriculares con la única ilusión y objetivo de hacer bien nuestro trabajo; como hace el cirujano que va a operar, el abogado que se enfrenta a un juicio o el obrero que se sube a un andamio. Todo ser humano quiere hacer bien su oficio y esa es nuestra obsesión. No hay día en que no acabe un partido y piense qué hice bien y qué hice mal, dónde puedo ser mejor que ayer. La autocrítica es un ejercicio muy sano. No tenemos tiempo para afectos y desafectos porque estamos demasiado ocupados en lograr una buena dicción, que no se nos vaya el aire en un ritmo tan alto, en acertar con el nombre de los jugadores y también cuidar del lenguaje que es mucho más importante que el ganador de un partido. Como les digo siempre a mis alumnos: quítate la bufanda cuando entres en la cabina. La camiseta se deja en la percha y en el locutorio narra lo que veas y no lo que quieras ver. Cuando vuelvas a casa grita, patalea, anima a quien te de la gana pero dentro debemos un respeto a nuestra profesión. Todos conocemos personas que nos caen mejor o peor, tenemos más cariño por unos que por otros e incluso amigos que juegan en clubes reales, pero eso se deja en casa. Se llama profesionalidad.

No eres menos seguidor del Madrid si admiras al Barça de Guardiola, o menos culé si alucinas con el gen competitivo propio de Chamartín o valoras el milagro del Cholo para luchar con los dos grandes

Con el tiempo te das cuenta de que tú eres siempre el mismo y lo que cambia es la percepción que cada uno quiera tener según su predisposición y lo entiendo, ¡Cómo no lo voy a entender! Me pongo en el lugar de un hincha de un equipo al que le marcan un gol en el último minuto y encima tiene que escucharte cantándolo como un loco. Yo también querría matarme. Lo que sí les vendría bien saber es que esa típica frase de “has cantado este gol más que el otro” no es comprobable si no tienes un sonómetro que mida los decibelios y que además depende de un montón de condicionantes. No es lo mismo cantar un gol en el minuto uno que en el 90, que sea el 5-0 o el 1-0, en una final de Champions o en un partido amistoso. A veces estás resfriado y te cuesta sacar la voz, otras tantas llegas al final asfixiado (como los jugadores) y ya no tienes tanto aire para sostener el canto, también la jugada puede ser más rápida y no estás tan preparado, o el sonido está altísimo y no te escuchas cuando hablas, o directamente porque un día te levantas más inspirado y te queda mejor.

Así podría seguir con cientos y cientos de razones que explican que un gol pueda sonar diferente sin que ninguna de ellas sea que marque un equipo u otro. ¿Si Messi logra un tanto en la última jugada de un clásico en el Bernabéu, no cree el seguidor merengue que un narrador ha de volverse loco? ¿Si Bale hace un brutal gol de chilena en la final de una Champions, no entiende el culé que el relato ha de estar a la altura de esa genialidad? No eres menos seguidor del Madrid si admiras al Barça de Guardiola, o menos culé si alucinas con el gen competitivo propio de Chamartín o valoras el milagro del Cholo para luchar con los dos grandes. Entiendo el calentón puntual del aficionado al que no le interesan tus circunstancias, pero tampoco viene mal que visualicéis nuestro lugar y entendáis que en ese momento no tenemos ni tiempo para desear nada sino para hacer bien las cosas. El objetivo de un narrador es ajustarse a los hechos sin reparar en cuál es el protagonista de los mismos.

Este fin de semana tendré el enorme placer de narrar una vez más el derbi madrileño entre el Madrid y el Atleti. Volveré a disfrutar del talento de Asensio, de la magia de Griezmann, de la personalidad de Ramos y de la voracidad de Costa. Sé que recibiré mensajes de ambas partes (buenos y malos), pero seré igual de forofo que siempre. No me voy a cortar disfrutando el relato de las grandísimas jugadas que vea y me voy a emocionar con lo bello de un partido así. Por eso me voy a llevar la bufanda de mi equipo que es el periodismo, la narración, y creedme que esa es la única mochila que llevamos cuando se enciende el piloto rojo“.

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