¡Por fin, esperando desde mayo!

Acostumbro aprovechar la mañana de los lunes para hacer la compra. Suele haber bastante menos gente con los carros, cestos y demás. Aparqué donde pude y desde el coche hasta la tienda me puse de agua hasta los mismísimos. Las encantadoras señoras tampoco tienen prisa. Se comentan las incidencias del día, se inician las tertulias y alargas la presencia en el establecimiento lo que haga falta, sobre todo si fuera sigue jarreando. Salí a la calle, traté de cobijarme debajo del toldo pero ¡quiá! . Entre el viento que soplaba y el poco espacio volví a mojarme como si estuviera bajo una catarata.

Aproveché que en el bar de al lado anunciaban un caldo reparador. ¡Salda badago! . Entré. Pedí uno, con tropezones de pollo y huevo duro, copita de Jerez y pedazos de par para hacer sopas. Como siempre, me quemé la lengua.
En el trayecto a casa preguntaba a mis adentros ¿Ganaremos por fin hoy?. Había en la calle un runrún positivo respecto a la suerte del equipo. ¡Esta vez sí!. Tocaba. Como escribí la última vez, la liga está turulata. Miré la clasificación para comprobar que superando al Celta nos poníamos a uno de Europa, a cuatro de la Champions y pasábamos a seis equipos. Ganado el partido, ahí estamos. Vivitos, coleando y octavos en la general. Me animé, aun sabiendo que podían repicar en la misma campana y convertir el lunes en un Black Monday.

Pensé también en lo que podía suceder por la noche, si seguía cayendo agua a mansalva. ¡Pobres!. Menos mal que dejó de diluviar. ¿Se nos ahogaría el árbitro malagueño?. Por cierto, no se mojó mucho y pudo pitar penalti en una acción sobre Zaldua.. ¿Saldríamos, por fin, a flote?. Lunes, a las nueve de la noche, casi dieciocho días después del último encuentro que, por cierto, se ganó en la casa del Levante. Me había medio olvidado. Es normal que el público proteste y le ponga apellido a su cabreo. Prueba de fuego también para el césped y el drenaje. Entre el rugby reciente y los chaparrones del día, el terreno estaba blandito, se patinaban y las botas se enganchaban en la tierra. Se quejaba Iago Aspas en las declaraciones post-partido.

La Real se temió lo peor en cuanto a la asistencia de espectadores. No andaba desencaminada (17.744 sufridos feligreses). No quiso perder el combate en la grada y permitió que los mayores pudieran entrar con un carnet infantil. ¡Gloria bendita aprovecharlo!. Es maravilloso que en la puerta se fijen en el carnet y comprueben que entra una momia con pase de un niño de catorce años. Me encanta la cara que ponen. Saludas, sonríes y or konpon marianton.

Mientras me ponía hecho unos zorros, a la misma hora, los chicos se activaban. Se supone que para no aburrirse mucho esperando y además para resolver las incógnitas sobre el estado de los jugadores que andaban entre ponte bien y estate quieto. Al final, Zaldua, Mikel Merino, Zubeldia y Oyarzabal entraron entre los dieciocho. Puntito de oxígeno ante las bajas de Aritz Elustondo e Illarramendi. Es seguro que antes de que concluya la temporada, alguna vez, el entrenador podrá contar con todos y entonces se pegará unos bailables. Bien un aurresku, un arin-arin, una espatadantza, o una cruzada de punta a punta del estadio en plan Bitorianatxo. ¡Qué horror, baja viene, baja va!. A ver qué pasa ahora con Januzaj y Zaldua.

Por cosas como ésta, una vez más, la alineación de anoche fue inédita.
Era la primera vez en trece jornadas que el equipo inicial era el que dispuso sobre el verde de Anoeta. Metió artillería, arcabuces, mosquetes y espingardas. ¡Zurutuza, Oyarzabal y las tres marías, Januzaj, Willian José y Juanmi!. Estos, junto a los laterales largos y carrileros incansables, constituían una locura de desenfreno ofensivo. Antes del gol de Oyarzabal, el equipo debía haber abierto el marcador. Entre el palo de Januzaj y el centro de Juanmi, que se paseó por delante del portal de Sergio Álvarez sin encontrar borceguí que lo empujara, hubo que esperar a que el pim pam pum de la jugada decisiva del primer tiempo la pillara Mikel para subirla al marcador.

El equipo estaba jugando bien, sólido, sin conceder nada al rival, dominando, creando ocasiones. Todo se reforzó al inicio del segundo tiempo con el rematazo imponente de mi pelirrojo favorito. El gol de Zurutuza abría una brecha considerable a favor de las tesis locales y ensalzaba el formidable centro del exterior belga. El 2-0 sabía a poco y debió llegar el tercero. Ocasiones hubo.

Luego, pasan cosas. Aparecen los calambres, las lesiones, los cambios obligados, el cansancio, el contrario a la desesperada, el gol de Maxi, el canguelo general, la taquicardia, el bocadillo que se atraganta, el miedo a que la historia se repite, y todo lo que se relaciona con la ansiedad de la que hablaba Zuru a la conclusión. Cuatro minutos de prolongación y ocasiones y todo lo que queráis para concluir con un final feliz. Lo mereció de largo la Real y sus aficionados. Desde mayo esperando este momento. Nos hacía falta.

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