Lo mejor, el saque de honor

Los aficionados que acudieron a Anoeta esperaban otra cosa bien distinta a lo que vieron. Entre la tarde de mangas de camisa que nos propició este tiempo de Euskadi tropical, el domingo carnavalero que animaba al jolgorio y la propia entidad del partido, aquello sonaba a fiestuki a poco que el partido hubiera elegido un camino distinto. Los primeros pasos los dio un señor respetable, actor al que le reconocen méritos y esfuerzo. Resulta que su corazón es txuriurdin por esas cosas que nunca sabes y fue feliz, como los niños, ante la posibilidad de conocer a los jugadores, hablar con ellos, hacerse fotos de recuerdo, recibir camisetas con su nombre y saludar al árbitro, leonés como él, aunque el trencilla es de Ponferrada. Por cierto, poco que reprochar a su actuación. Illarramendi, sin cojear, acompañó a la comitiva y deseó suerte a los suyos a la espera de que todo saliera rodado. Visto lo visto, fue lo mejor del encuentro. Jesús Vidal le dio un puntapié al esférico y recibió el cariño de los realzales. Hasta aquí todo muy moñoño. Lo mismo que el ambiente en la grada, el ánimo de los veintiséis mil aficionados que dejaron los desfiles de disfraces para otro rato ante la llamada de su equipo.

Los partidos se preparan de una manera, pero en el camino suceden cosas imprevistas. Y a la Real le vinieron todas de frente. En cinco minutos un pim,pam,pum al mentón. Un Uppercut directo y sin avisar. La primera travesura, la lesión de Willian José que supone una pérdida indudable para defender y para atacar. Luego, el primer gol de Morata y poco después, el segundo. Ambos muy mal defendidos, con poca tensión. Justo lo que no necesitábamos. Cuando sabes de sobra que el rival es maestro en este tipo de acciones, buenos centros y mejores remates que deciden, debes poner un plus o un requeteplús. No estuvimos a la altura y nos pegamos una toña monumental en un santiamén. El golpe nos dejó anonadados, alicaídos, venidos a menos, inermes, sin confianza. Vamos, más tocados que las maracas de Machín.

Cierto es que el rival no es moco de pavo. Empezaron cabizbajos, porque la Real fue de cara desde el principio. Intuían complicaciones, pero se encontraron con el santo de cara. Los rojiblancos no desaprovechan esas oportunidades. Es más, viven felices en ese escenario. Disponen de una plantilla formidable, acumulan tablas por un tubo y nunca hacen ascos a la posibilidad de neutralizar al rival con sus armas. Creen en su entrenador, aspiran a todo y lo demuestran con su actitud en el terreno de juego. Lo ponen muy difícil. Sucede también que los equipos lo saben en su fuero interno y aunque los jugadores digan otra cosa la procesión va por dentro. Si en cinco minutos te plantan delante la cordillera del Himalaya, es muy difícil pensar que se va a hollar la cima.

El descanso podía ser reparador en esa realidad.. Ya estaba el partido perdido, por tanto era cuestión de alejar miedos, nervios y ansiedad para tratar de ser nosotros y encontrar el mejor escenario para competir con los mismos actores. Sinceramente, pensé que la remontada podía ser posible (me refiero a nivelar la contienda), porque el corazón del técnico late y contagia a los suyos. El margen de mejora era notorio. Sé de sobra que los rojiblancos con ventaja son una especie de misión imposible. Para nosotros, para la Juve y para quien se les ponga por delante. Si el viento es favorable, se sienten como pez en el agua. Para ellos la trinchera es como para mí una ración de buen jamón. Disfrutan.

El segundo tiempo nos devolvió las sensaciones perdidas. Incluso en la expulsión pareció que las cosas podían cambiar. Los colchoneros se reunieron atrás, vieron venir y esperaron a que la flauta sonara para salir en busca de un tercero si se terciaba. Después de que Koke se fuera al vestuario quedaba media hora para la heroica, pero entonces la Real se encontró con que los saques de esquina y los mil centros laterales salían despedidos en despejes de todos los colores. Bueno, mejor dicho, sólo rojiblancos. Decía Courtois tras la victoria del Barça en el Bernabeu que si quieres ganar debes marcar goles. Es obvio. Al equipo de Imanol no se le puede reprochar nada porque lo dio todo para conseguir lo que buscaba. Otra cosa es que lo hiciera bien. Los errores se pagan. Mucho más contra equipos de esta envergadura.

Con la derrota se corta la racha de Imanol Alguacil. Algún día debía llegar y fue ayer. Ello no resta un ápice de credibilidad en el grupo que sigue estando ahí, entre los diez primeros, viendo cómo andan unos y otros, subiendo y bajando. Es todo tan impredecible que cualquier cosas puede suceder. Ahora nos vamos a Sevilla a visitar la casa de un equipo al que acaba de derrotar el colista. Como sabéis y os digo, no hay bola de cristal que nos resuelva las incógnitas del futuro.

No vi entre los numerosos camuflajes del día nadie que se atreviera con el disfraz de la alegría, porque ese no hace falta enseñarlo. Se lleva dentro. Estaba guardado en el fondo del corazón de los miles de aficionados que ansiaban estallar de júbilo y culminar la jornada con un recorrido de txarangas, castañuelas, vocerío y bafles de sonido, de esos que disparan los decibelios y hacen vibrar los cristales de las casas cuando pasan desfilando al lado de los edificios. Tiembla todo.

Ayer la animosa grada trató de que las cosas llegaran a ese término, pero, como os he dicho al principio, la historia de un actor, su papel entrañable tocó más la fibra que la emoción de un partido que terminó sin salirse de la lógica. Con el corazón no basta. He aprendido mucho de la experiencia de los entrenadores que se fajan por los campos no mediáticos. Uno solía acuñar una frase que me encantaba, que no he olvidado nunca, y que expresaba muy a las claras la historia de los partidos y los comportamientos de los jugadores respecto a sus rivales. Decía así: “Mucho arroz para un novillero”. Pues eso.

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