Mikel Agirrezabalaga, adiós sin ruido

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Hemos hablado mil veces en el camino. Desde el momento en que decidió aceptar la propuesta del Barça, cuando era casi un niño, hasta la semana pasada en la que decidió hacer oficial el final de su carrera deportiva como jugador profesional de balonmano. Disponía de ofertas para seguir, pero sólo esperaba, o aún espera, una. Quizás con la que lleva soñando desde hace años y que nunca terminó de producirse por razones que se me escapan.

Es buena persona, disciplinado, íntegro. Al final, cuando echas la vista atrás y compruebas todo lo que ha conseguido descubres, si había dudas. una carrera plagada de éxitos y sacrificios. No ha sido un paseo entre rosales, porque visitó los quirófanos mucho más de lo que hubiera deseado. Cosido a cicatrices, fue capaz de levantarse todas las veces en que la carrera se truncaba. Volver a empezar después de cada costalada. Curtido en mil batallas.

Vivió momentos apasionantes con la selección y con los clubes cuyas camisetas defendió con honestidad. Es de esas personas de las que aprendes siempre, porque analiza todo con frialdad, te dice lo que siente y piensa. Se adorna poco y podría decirse que, tal y como se comporta en la cancha, lo es vestido de calle. Trabajador, cumplidor, solidario con sus compañeros fue atacante y defensor, faceta que en los últimos años desarrolló con ahínco. Hemos tomado suficientes cafés como para conocernos de sobra y Mikel es uno de esos individuos que merece la pena. Formado en la cantera de Zarautz, lo mismo que sus hermanos David y Alberto, apostó por el deporte que ama y terminó la carrera universitaria que tanto trajín le ha supuesto por el cambio de expedientes.

En nuestro penúltimo café hablamos de eso. Se hacía preguntas: ¿Cómo es posible que en tal universidad tenga aprobada una asignatura y en otra ni siquiera me la convaliden?. Me gustaría que responsables académicos de los distintos distritos universitarios le escucharan para tomar nota de lo que sucede con los deportistas de alto nivel que van de aquí para allá. Cuesta mucho entenderlo.

Mikel se despidió en Zarautz, en el polideportivo de Aritzbatalde, su segunda casa, en un amistoso con la selección de Euskadi. Con sus hermanos, con Gurutz Aginagalde, con su gente. De puntillas, sin meter ruido. Como es él, persona sin dobleces. Un espejo en el que mirarse.

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