Partido momia cum laude

No sé cuántas horas dedican los medios (radios y televisiones) cuando llega uno de esos llamados partidos del siglo. Se hacen insufribles las previas. Supongo que no hay humano que ponga la televisión a media mañana y se trague todas las piezas que anteceden al encuentro de marras. Cuando se enfrentan los dos primeros equipos de Madrid suele parecer que el fin del mundo está cerca. Conexiones con los alrededores a siete horas del pitido inicial. Normalmente no pasa ni el tato. Entrevista a la señora que vende las pipas, chicles y gominolas. Imágenes de un avión aterrizando en el aeropuerto cercano. Encuestas de calle.¡ Vamos, un horror!.

Luego llega el juego, lo que los protagonistas plantean sobre el terreno. Habitualmente es mucho más el ruido que las nueces y en ese Simeone vs Zidane nos aburrimos sobremanera. Ni un gol, ni un penalti, ni una jugada discutible. Nada de nada. Ni siquiera el trencilla, muy conocido por estos pagos, nos animó la noche. Por momentos, me dormía. Al final un partido momia, cum laude o al cubro. Como prefieras.

Veinticuatro horas después, otra sesión con carga de profundidad. Dos guipuzcoanos en los banquillos que iban a tomar decisiones. Antes, durante y después. Cinco cambios respecto al equipo del jueves. La vuelta de Moyá, Zaldua y Zubeldia parecía cantada después de disfrutar de descanso ante los alaveses. La titularidad del capitán Zurutuza pudo sorprender porque el de Rochefort no salía de inicio desde el pasado marzo. La de Januzaj también, aunque comprensible por el desgaste que lleva Portu desde el comienzo del campeonato. El belga no es un puerro como futbolista. El pase del gol inicial es otro diseño de vanguardia. También lleva sobrecarga de partidos Mikel Merino. Lo juega todo y con pasión. La misma, por ejemplo, que puso ayer el Bidasoa en su cita de Champions. ¡Qué hermosura de partido. Esos ponen los huevos aunque no sean gallinas!.

A Lopetegi le sonaron los oídos después de la decepción de Ipurúa. Cambió cuatro jugadores de aquella alineación. No es fácil gestionar un equipo tan variopinto, versátil y con gallos cacareando. El de Asteasu tiene tablas. Conoce a la Real por activa, pasiva, perifrástica e impersonal. Le ha visto mogollón de partidos y seguro que no estaba tranquilo, sabedor del momento que atravesaba el equipo txuriurdin cuando llegó a Nervión. Mucho menos después del gol de Oyarzabal. Lo bueno es que jugando a las nueve, y de noche, no sufres el rigor del termómetro, aunque recuerdo el agosto de 1999, primer partido de la temporada, cuando caía el calor a plomo. No sé cómo

aguantaron los jugadores corriendo. Aquel día dos goles de Javi Pedro valieron para empatar y una camisa mía, empapada, para lavar antes de llegar al hotel. Fue significativo anoche ver cómo iban los jugadores a por agua en cuanto el juego se detenía.

Tocaba currar de lo lindo. El partido se puso de cara pronto. Otro golazo para enmarcar. El Sevilla parecía un poco tocadete, pero cuando empata en torno al cuarto de hora se va a por todas y pone a prueba la condición física de la Real y su capacidad de sufrimiento. Le mete ritmo e intensidad hasta hacer saltar los muelles. Había que defender con todo, sin perder la concentración y tratando de contraatacar. Mal que bien se llegó al descanso con un empate y con la sensación de que nada iba a ser fácil.

Aproveché el descanso para dar una vuelta por la cocina y preparar una ensaladita con tomate del país, un huevo duro, medio aguacate, taquitos de jamón de york y bonito embotado por unos amigos. Es que si tengo que esperar a que termine el partido y escribir este texto, me dan las mil.

Para cuando llegué al segundo tiempo, Ocampos ya nos había enchufado el caracol. Tuve que echar hacia atrás las imágenes para ver lo sucedido. Luego, llegaron los otros cambios, los que el míster entendió que nos podían dar un poco más de vida en la portería contraria, aun a riesgo de que en una contra nos mataran. Nos quedamos mudos con el tercero y recuperamos el habla con el estreno de Portu a falta de poco para el final. Alguna esperanza quedaba. Ver a Lopetegi entre taquicárdico y basilisco, dejaba claro que el miedo rondaba la bancada hispalense.

Pese a poner toda la carne en el asador, el partido y los puntos se esfumaron. Lectura de lo sucedido, reflexión y decisiones. Como cada siete días. Queda mucho. Oyarzabal reconoció que no fue el mejor partido de la Real, que eso de ser líderes ahora casi les da igual y que lo importante es sumar puntos. Ojalá y cuantos menos partidos momias se hagan…

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