El chófer del autobús

Este pasado viernes, al que la modernidad y el negocio han bautizado como Black Friday, dispuse pasear por algunas calles donostiarras, comprar las agendas que necesito del año que viene, así como unos rotuladores, blocks y cuadernos. No desaproveché el momento de tomar un café con pintxo, adquirir un décimo de lotería, pararme en algún escaparate y saludar a personas que hacía mucho no veía. Todo sin prisa, con calma y con el detalle de no encontrarme con nadie que preguntara por el partido de ayer. Monté en un autobús de los que te acerca al centro y sentí un punto de compasión y un mayor respeto por los chóferes que deben atravesar la calle San Martín con sus vehículos articulados o ligeros.

Un atasco monumental, una especie de gymkana, sorteando grúas, andamios, zanjas, paradas y personas poco respetuosas que al subir mostraban al conductor su enfado por el tiempo de espera. ¡Como si la culpa fuera de ellos!. Casi ninguna dio los buenos días al pasar la tarjeta por el controlador de viajeros. Ni un triste egunon. ¡No cuesta nada saludar! Así que desde estas humildes líneas quiero agradecer a los conductores del transporte público su paciencia y capacidad de asumir la realidad que les está tocando vivir. Nosotros montamos una vez, pero ellos soportan el guirigay, horas y horas y horas.

En ese recorrido por las peatonales pasé por la puerta de la tienda txuriurdin, justo frente a otra a la que entro más a gusto. ¡Qué quesos, cáspita!. En otra, estuve a punto de comprar un tostador, porque he vuelto a romper el que funcionaba en la cocina de casa. No sé qué hago pero todos se estropean por lo mismo. La palanca se desengancha, salta y no sujeta los panes en las parrillas y deja de ser útil. O los compro muy baratos o soy un manazas. La realidad es que me duran lo mismo que un gol de ventaja en algunos partidos de fútbol, incluido el de ayer. Y como no es la primera vez que pasa, lo digo aunque no sirva para nada, ni me hagan el menor caso.

El comité de recepción desplegó la esperada pancarta, tifo, que como era de recibo fue aplaudida con convencimiento y sin vergüenza, no solo porque en la plantilla txuriurdin conviva Isak, sino porque esos comportamientos no son de recibo ni aquí, ni en ninguna parte. Después, paraguas, gorros, trincheras y gabardinas con la comprobación evidente del cambio de césped. Comparado con la superficie del encuentro ante el Leganés, nada que ver. Si le faltan esas fibras que lo conviertan en maravilloso, se podrán intentar todo tipo de jugadas. Con lo que cayó ayer, el césped estaba rapidísimo y algunos controles…

La primera realidad comprobable es que estos partidos entre blanquiazules y azulgranas han perdido el punch de los primeros años tras el ascenso armero a la categoría. El resultado final es elocuente. Es tan grande la pegada de los de Imanol que los goles te caen en catarata como te descuides. Y no es que el Éibar se descuidara, porque dio la cara en todo momento, sino que la calidad individual de unos y otros marca mucha diferencia. Por ejemplo, Mikel Oyarzabal.

El eibarrés se perdió la comida familiar y no pudo celebrar San Andrés, sentado en una mesa con los suyos. Debió conformarse con la pasta y pollo de las doce del mediodía. ¡Qué tristura!. Si por lo menos les dieran flan con nata de postre…Luego, saltó al campo a su manera y se dio un homenaje. Un gol que valió, otro anulado, un pase, otro pase y un sentimiento. Le acompaña Martintxo de Norway que también puso fiesta en la piñata del Happy Saturday. El cuarto gol es un escándalo, un monumento al golpeo con la pierna izquierda. Le dio un susto a una araña despistada que andaba por el ángulo. Volverá a llenar los telediarios de su país y unos cuantos de aquí. Se ve que ambos disfrutan con el balón en los pies, imaginando cómo hacer la puñeta a los rivales.

El golpetazo de Aritz Elustondo (espero y deseo que se encuentre bien) le abrió la puerta a Le Normand. Otro feliz de la vida con gol debutante en el primer equipo. Desde aquel tanto en Miranda, al final de la pasada temporada con el filial, no sentía el abrazo de sus compañeros. Una pena el posterior tanto encajado. No por el Éibar sino por el modo en que subió al marcador. ¿Puedo preguntar?. ¿Por qué se asumen tantos riesgos en la salida del balón?.

Cuando pasan cosas de estas, me acuerdo del autobús, no el de los chóferes de la calle San Martín, sino de aquellos que se ponían delante del área, acumulando defensas, aburriendo a los contrarios, desesperando, enseñando la matrícula y de vez en cuando dando calor. Cierto es que, cuando un equipo mete cuatro goles y encaja uno, pocas cosas se le pueden reprochar. A veces creemos que la perfección existe. Pues no, la gente falla y se equivoca. Todo depende de la trascendencia.

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