Hoy no pago el desayuno

Normalmente, todas las mañanas desayuno en una mesa que aguanta una tertulia. A medida que van llegando los participantes crece el interés de los asuntos que se tratan y la intensidad con la que se defienden los argumentos. Muchas veces toca deporte, pero otras nada que ver con balones o pelotas. Ayer, festivo y rematando puente, casi no cabíamos y hubo que apretarse para que entráramos todos, unos más amplios que otros.

Se habló del partido de Zorrilla y de la posibilidad de que Sandro o Pablo Hervías marcaran un tanto a su antiguo equipo. ¡Que no, que sí! Al final, el desayuno de hoy en juego. Por una parte, se encontraban los que creían firmemente que alguno de los dos mojaba. En el lado contrario, quienes defendíamos lo contrario, aunque revoloteaba en la cabeza el gol de Mayoral cuando vino el Levante. Suele suceder, pero esta vez, como el partido concluyó sin goles el café con leche y el croissant me salen hoy de violín.

Cierto es que rondó el desastre, porque en la primera parte un lanzamiento de Pablito (con perdón) se estrelló en el larguero. Ya en la segunda, el delantero canario metió el balón en la meta de Remiro, pero arrancó en situación antirreglamentaria. O sea que, a falta de uno pudieron ser los dos. Tanto anulado y respiro profundo, porque me vi aflojando pasta esta mañana. Y no estoy para dispendios que este mes es de mucho gasto y hay que mirar el euro. Aunque, si debo hacer un esfuerzo, invito a comer un día a nuestro entrenador, porque le noto ojeroso, consumido, casi desnutrido, arrugado, cada vez más canoso. ¡Y no ha cumplido 50! Lo vive todo con tanta pasión que se agota en cada lance y como son 90 minutos oficiales y muchos más extraoficiales de los entrenamientos… termina como el papel secante.

Supongo que el fin de semana no ha sido como le hubiera gustado. No solo por no poder ganar en Valladolid, sino porque se ha perdido también las fiestas de San Nicolás en su pueblo, Orio. Eso de encontrarse con amigos y celebrar algo de vez en cuando no está mal, aunque al míster le guste tanto o más participar en la Treparriscos o en la Quebrantahuesos. Le va esa marcha. Seguro que, pese al esfuerzo que supone completarlas, sufre menos que en un partido como el de Zorrilla en el que se llevó las manos a la cabeza no sé cuántas veces, porque entendió que alguna de las claras ocasiones que el equipo fue capaz de crear debió subir al marcador. Una pena, porque en el tramo final del partido la Real fue a por la victoria sin miramientos, ni dudas. Debió conseguirla para evitar ese sabor agridulce que dejan las sensaciones del empate sin goles.

Sucede también que estos partidos no es fácil jugarlos. El contrario se reúne en torno al altar de su área, cierra espacios, te espera y en cuanto cometes un error o te descuidas, ¡zas! batacazo. Nos pudo pasar en el segundo tiempo cuando Remiro salvó de modo extraordinario un balón que olía a cataclismo. Fue la más clara de los pucelanos, amén del tanto anulado. Los argumentos ofensivos del cuadro castellano fueron menores que los realistas que esta vez se dejaron el abrelatas en los vestuarios de Zubieta.

Era un día especial, de esos que la memoria de los realistas no olvida. Un 8 de diciembre y un recuerdo. Se desplazaron cientos de seguidores detrás de su equipo, sin perder de vista el pasado y las emociones. Han transcurrido 21 años, pero los sentimientos siguen vivos. Están intactos. Lo mismo que el estilo de juego que todos defienden y practican. Hace una semana hablábamos de los riesgos. Eso no significa dudar de la idea, sino tratar de reforzarla con mecanismos de seguridad. Ayer en el primer tiempo vivimos una acción parecida a la que supuso el gol armero siete días atrás.
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Muchas veces contamos historias que se relacionan con los desplazamientos. No son pocas las ocasiones en las que lo peor de la excursión es el partido. Vas con alegría, compartes mesa en un asador con horno de leña, te zampas un lechazo de unta pan y moja y sales del restaurante con los mofletes colorados, más contento que una pandereta. Encantado de la vida, con postre, café, periflux y sin puro. ¡No fumo! Luego, en el estadio, se atraganta casi todo y afloran los vapores a medida que el encuentro se encabrita. O relativizas, o relativizas.

El punto lo doy por bueno, aunque la sensación sea parecida a la que explicó Mikel Oyarzabal al concluir el partido. Pudo ser mejor. Seguro que la mayoría de los compañeros y técnicos no están lejos de esa valoración. ¡Vieron el gol tan cerca! Ahora toca preparar la coraza, la adarga, las tarjas y las grebas. Todo hará falta para hacer frente al próximo visitante de Anoeta. El pibe está que se sale. No le deseo ningún mal, pero una gripecita de última hora y un ataque de tirritariya (¿se escribe así?) nos vendrían divinos de la muerte.

La visita del Barça se presenta como una gran oportunidad para demostrar el valor real del equipo. Son los futbolistas los que deben disfrutar de la oportunidad que supone enfrentarse a un equipo de semejante nivel y además comportarse sin miedos, transmitiendo a la grada el compromiso con los colores que defienden. Seguro que desde hoy comenzamos a darle vueltas al partido en la mesa plagada de tazas, azucarillos, platos, vasos y cucharillas, alguna sacarina y unos cuantos bollos y tostadas con mermelada. ¡Hoy me voy a poner hasta las cachas!

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