Cuando nos toca el haba

Seguro que hoy no faltará un roscón en muchas de vuestras mesas y que, rellenos de crema o nata, rematarán la última comida copiosa del periodo navideño. Es un momento muy esperado porque todos sabemos que a quien le toque el haba seca deberá pagar otro roscón el fin de semana que viene. Esa es la teoría, pero la práctica dice que ya casi ningún pastelero sigue la vieja tradición. Ahora, envuelto en celofán, puede aparecerte un elefantito, una vaquita, un saxofón o un sombrero tirolés.

La expectación es máxima a medida que se van repartiendo las raciones. Nos miramos unos a otros. Quien maneja el cuchillo controla la situación. Si al calcular las raciones y proceder a su distribución encuentra el cuerpo del delito, le mete un empujón para un lado y lo disimula con habilidad entre las natas. Sin embargo, entre los comensales hay verdaderos maestros en esconderla, en negar la realidad, en hacerse el sueco con tal de no pagar otro roscón. Incluso, hay gente capaz de tragarse lo que sea. Si después de agotarse el postre, nadie reconoce la verdad, siempre habrá un alma cándida que sentencie: «Se les habrá olvidado esconderla».

Ayer nos tocó el haba a todos. Nos pusieron un roscón con nata cortada y crema rancia. Se nos indigestó, quizás porque no era la hora apropiada, porque no era el momento o porque elegimos una mala pastelería. Algo no estamos haciendo bien en nuestro feudo. No me preguntéis qué, porque no lo sé. Lo cierto es que hemos repetido desarraigo más veces de las deseadas. Se nos van demasiados puntos por la gatera en situaciones más o menos parecidas, con desajustes y errores. La lista empieza a ser demasiado alargada: Getafe, Levante, Leganés, no cuento el Barça, y ahora Villarreal. Conviene no olvidar que hemos jugado menos partidos en casa por aquello de las obras. De nueve actuaciones, solo cuatro triunfos. Si lejos de Anoeta el equipo crece como la espuma, ante su público no termina de cerrar los partidos cuando los lleva de cara. Jugar bien, hermoso y de modo espectacular es una gozada, pero ganar también. Ayer los castellonenses se llevaron el triunfo porque, entre otras cosas, supieron trabarlo todo. A raíz del segundo gol, no hubo partido. Trampas y celadas, choques y disputas, duelos y quebrantos.

Llegué a casa con mal gas, marmarreando mientras conducía. Además, encontré atascos porque la cabalgata de los Magos de Oriente cortaba el camino. Vuelta por aquí, vuelta por allá. Cuando conseguí aparcar a treinta leguas de Pinto y a quince de Marmolejo, coincidí con el desfile. Fue Melchor quien me lanzó un manotazo de caramelos. Mientras conseguí agacharme ya no quedaba ni uno. Los niños se tiraron como posesos con una maravillosa velocidad de reacción. Sonrisa. Fue la única de la tarde. Pensaba en la felicidad de los críos, ajenos a nuestros pesares, ilusionados e imaginativos, recordando párrafo a párrafo las peticiones escritas con buena letra en la carta que ellos mismos entregaron a un paje la víspera.

Cuando en el entorno todo terminó y volvió el silencio, comencé a escribir este beaterio de mis entretelas. Normalmente suelo preparar algunos textos sobre ideas diversas. Por ejemplo, el de la semana que viene, con viaje a Ceuta, lo tengo ya claro porque uno hizo la mili en aquella población y guarda en la recámara mil historias que compartiré con vosotros.

Pensé en la renovación del entrenador, en el mercado de invierno y en las salidas y llegadas de jugadores. Muchas veces les preguntan a los futbolistas si celebrarán un gol cuando se enfrenten a equipos cuya camiseta defendieron. Eché en falta la pregunta en la rueda de prensa previa al partido. Imanol jugó en el Villarreal. Un par de temporadas hace 20 años. Por supuesto, celebró el gol de Willian José como acostumbra, es decir sin ocultar la alegría. El oriotarra vivía en Benicasim. Casi todos los jugadores habitaban allí. No coincidí con él, pero me enseñaron la casa alta de apartamentos en la que vivía. Hice un viaje para encontrarme con jugadores que conocía bastante: Iñaki Berruet, Aitor Arregi, Javi Gracia, Xavi Roca, Javi López Vallejo, Gica Craioveanu, Gerardo (años después lateral txuri-urdin) y otros. Creo que Caparrós, o Irulegi, era su entrenador. Después de un entrenamiento, unos cuantos de ellos me llevaron a comer al hotel Voramar. Un sitio estupendo, encima del mar y en una esquinita de la larga playa. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero el recuerdo es el de una sorpresa agradable. Si no han cambiado la cocina y el cocinero, se debe seguir comiendo muy bien. Supongo que hubo un picoteo y un arroz de levantar la boina.

Indudablemente, de postre no había roscón ni habas. Seguro, también, que hablamos poco de fútbol, porque no les suele apetecer demasiado. Tampoco de su futuro, porque aún estaban lejos de retirarse. Entre ellos, encontramos a día de hoy entrenadores de primer nivel, directores deportivos, secretarios técnicos, psicólogos, restauradores, gente que se busca la vida porque necesitan sentirse activos. Nuestro entrenador es así.

Fijo, que a esta hora no ha mirado qué le han traído los Magos en el zapato que puso anoche junto al árbol. Le habrá dado mil quinientas vueltas al partido, tratando de encontrar las razones de la victoria visitante, de las dos jugadas, los dos goles, que decidieron el partido. Las he visto repetidas y me hago una idea, aunque mi punto de vista es uno y el del técnico, otro. Lo mismo me pasa con los árbitros y con el VAR.

En esas estamos y seguiremos estando, porque en las segundas vueltas ganar partidos se complica. Los equipos se conocen más y mejor y todos quieren apuntalar sus objetivos. A ver si el equipo es capaz de resolver estas cosas que le hacen infeliz. Por si acaso, antes de morder hoy el roscón que miren bien entre las natas. No vayan a encontrarse con el haba.

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