Sin entrada, pero con final feliz

Pese a que pedí por caridad una entrada en este lugar el pasado fin de semana, todo el mundo se ha hecho el longuis y al final ni entrada, ni pase de favor, ni acreditación, ni nada parecido para la cumbre de anoche en Anduva. O sea que como sucedió con tantos aficionados de a pie, tiré de ordenador y me dejé los ojos en la pantalla para ver un partido en el que la Real fue solvente de principio a fin. Defendió impecablemente, no se dejó engatusar en el centro del campo y llevó arriba suficiente peligro como para crear ocasiones y pasar a la final con merecimiento, ganando todos los partidos disputados. Respetando al Mirandés, un rival que se deja el alma en el campo y que dio la cara hasta el pitido final. Valió el triunfo en la ida y el penalti de anoche. Sin entrada, pero con final feliz porque llega la verdadera final. Por tanto, toca moverse, organizarse y soñar que, por ahora sigue siendo gratis.

A Sevilla se puede ir en avión, en tren o en coche. Lo más sofisticado sería llegar en barco por el Guadalquivir y lo más valiente, en una moto de no sé cuánta cilindrada. Su excelencia reverendísima como no tiene prisa se mueve en vehículo de cuatro ruedas. Eso permite salir cuando quieres y parar donde te da la gana. No soy de los que compiten en concursos de velocidad. Salgo y ya llegaré. A veces, pasando por Madrid; otras por la Ruta de la Plata que está muy bien desde que se hizo autovía.

Es un camino lleno de posibilidades artísticas, culturales y gastronómicas. Incluso, cuando por un aprieto quieres detenerte para ir al lavabo y encuentras al borde de la carretera uno de esos bares-restaurante-cafeterías-motel y quincalla variada, con amplio espacio para parking. Allí para todo pichichi. Vas pitando al baño como el resto de mortales. Luego, llegas a la barra, miras, olfateas, das una vuelta. Normalmente, o un botellín de agua o un descafeinado de sobre, que es el café menos dramático que puedes tomar en un sitio de ese estilo. En mitad de la barra hay un plato con una tortilla ya empezada, de esas altas, mazacotes, aceitosas, que te guiñan el ojo. Claudicas y le pides un pintxo y te preguntan ¿Se lo caliento? . Le miras y respondes con un ¡bueno!, especie de temor, increencia o duda existencial.

Lo mete en un microondas por el que han pasado croquetas, raciones de callos, albóndigas o gambas al ajillo, que de todo hay en el mostrador. Medio minuto después, echando humo, llega el plato, con un tenedorcito y un pedazo de pan. Escudriñas, esperas (no te vayas a quemar) y, ya que vas con hambre, le metes el diente. Está seca y dura. En lugar de un tenedor deberían dejarte una rotaflex, porque está terrible, más guerrera que el Mirandés, titánica de narices. No te sablean habitualmente. Pagas y te vas. Un poco más adelante, seguro que aparece una hacienda en la que se anuncia que Dulcinea del Toboso pasó allí una noche y que en una habitación la imaginada Doña Aldonza se lavó el tararí con agua de una jofaina, palangana de cerámica con color txuriurdin. Hay gente que se detiene, ignorando, que esa señora no existió salvo en la mente del escritor que le dio vida.

Como os digo, esos viajes son muy entretenidos, porque pasa de casi todo. Lo mismo compras unos ajos, que un queso formidable, o un vino de nivel, o un frasco de miel que luego dura trimestres en la despensa de casa. Una vez que llegas, vas al hotel de turno, tratas de aparcar y organizas el día a día. Cada cual a su manera, hasta que llega el momento de la taquicardia correspondiente.

Anoche vivimos una especie de ensayo general. Después del partido de ida, del resultado final que los optimistas no esperaban, de las sensaciones del rival, quien más quien menos andaba con la mosca detrás de la oreja. En las declaraciones previas de unos y otros sólo se hablaba de alma, corazón y vida, como en la canción de Los Panchos. Sólo Imanol nos puso a todos en un camino sin retorno. Necesitaremos al menos dos goles para pasar, señaló. Por tanto, había que marcarlos. Nos bastó con uno.

No sé si por esa razón, o por otras, Imanol tiró de Willian José para iniciar el partido. Era un aviso. ¿Dejábamos el gambeteo y nos poníamos de largo?. En este torneo sólo había sido titular en Becerril (no marcó) y una vez en toda la segunda vuelta. Pronto se resolvió la incógnita. Largo y a la pelea. Decisión del entrenador, cambio de plan y ejecución perfecta. ¿Para qué meternos en borrascas?. De ese modo llegaron en el primer tiempo dos remates de Januzaj, otro de Willian José y el gol. La doblada de Zaldua, el centro, la mano, el penalti y el gol de Mikel Oyarzabal, que tira desde los once metros con la misma tensión con la que me doy el after save después de afeitarme.

El primer objetivo estaba logrado. Llegar al descanso con ventaja era un salvoconducto para afrontar el segundo periodo. Al poco de ponerse el balón en juego, pudo llegar la sentencia. Otra vez, un zurdazo del belga, partido redondo el suyo, debió ser definitivo, pero el travesaño se encargó de que las valerianas estuvieran a mano por si acaso. Hubo que esperar hasta el postrer minuto, porque el tanto de Isak no subió al marcador por un fuera de juego milimétrico.
Han pasado más de 30 años desde la última vez en que nos vimos en una parecida. Demasiado tiempo. Para todo hay una primera vez.

La generación joven se encuentra de frente con una oportunidad maravillosa de disfrutar y de sentir orgullo por defender los colores en los que cree. Más allá de los resultados, esa es la grandeza. Emociona ver la comunión final de los jugadores con la grada, del técnico con su gente y de quienes, mientras escribo, echan cohetes cerca de casa. Cautivador. Este humilde equipo de provincias…

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