Una cebolletada en el trajín viajero

El partido del Camp Nou creo que nos sobraba. Tal y como terminó y el modo con el que nos dejaron sin premio, no se lo merecía un equipo que jugó de modo admirable. Si se hubiera suspendido por la nieve, por una tramontana del diez, o un virus exantemático, lo hubiéramos agradecido unos cuantos, entre ellos los jugadores y los técnicos a los que les timan con un penalti indefendible. Conviene no olvidar que en seis días el equipo va a disputar tres encuentros de enjundia. Después de los fastos de Miranda, del atropello de ayer, quedan dos días para recuperarse y afrontar el martes el encuentro aplazado de Ipurua. No nos llega la camisa al cuello.

Pocas veces he notado tan poca expectación para una cita como la que ocupó ayer al cuadro txuri-urdin. La gente está a otra cosa. Si encuentro a diez personas, nueve me hablan de Sevilla, de las entradas, de los hoteles, de los precios, de las cancelaciones, de los aprovechateguis de turno. Como saben que uno ha viajado durante muchos años, preguntan cómo pueden ir, qué pueden hacer, qué les sugiero.

Os cuento ahora una historia, una de mis cebolletadas. El inicio de la liga 1999-2000 nos llevaba a Sevilla un 22 de agosto (sofoco de narices). La fecha coincidía con el inicio de los Campeonatos del Mundo de atletismo en ese estadio que nos suena tanto estos días: La Cartuja. En la capital hispalense no había un hotel con habitaciones libres. El equipo se fue a Sanlúcar la Mayor, a una hacienda espectacular, que visitamos el día del partido al mediodía. Por curiosidad, entré ayer en la web tratando de saber el precio para las fechas previstas. A esta hora mantengo la intriga, porque me dicen que está lleno y no hay disponibilidad.

Como era agosto y medio mundo andaba de vacaciones, tuve la inmensa suerte de que un guardameta del fútbol guipuzcoano, el arrasatearra Josu Urcelay (Sanse, Tenerife, Marino, Real Unión) dispusiera de un chalet en Matalascañas, propiedad de unos parientes, que nos lo dejaban los dos días del desplazamiento. Acepté la oferta sin dudar un día en el que el termómetro no bajaba de 35º. Una playa enorme, unos chiringuitos, un montón de hoteles, situados en la provincia de Huelva. Nos daba igual. ¡Con poder disponer de un sitio donde dormir!

La distancia entre este lugar y Sevilla anda en torno a los 100 kilómetros. Más de la mitad de autovía y la otra mitad rozando el Parque de Doñana y atravesando sitios emblemáticos como Bollullos del Condado, Almonte y El Rocío. Al llegar a esta aldea quisimos entrar en el santuario de la Reina de las Marismas. Cabezota de mí, pretendí llegar con el coche hasta la puerta, atravesando un arenal. El coche se atascaba, pero a base de acelerones fui capaz de sacarlo, sudando la gota turca. Supongo que pusimos alguna vela. Nos hicimos unas fotos que guardo y cuando llegó el momento nos trasladamos al Sánchez Pizjuán. Caía fuego. A las nueve de la noche, no había quisqui que aguantara la caló. Dos goles de Javi de Pedro nos sirvieron para empatar.

Bastante de noche, después de acabar las tareas habituales, volvimos. Decidimos sentarnos en una terraza, comernos un bocadillo y, después del café, bebernos una ración vasca de gin-tonic. Nos lo sirvieron en un cachi de casi un litro. He perdido la memoria, pero creo que nos tomamos dos. Lo que recuerdo perfectamente es volver a casa, ponernos el traje de baño, calzarnos las chancletas, coger una toalla y darnos un baño formidable. ¡No subió la marea!

En Matalascañas hay muchos hoteles y lugares para pernoctar. Disponen además de un curioso mercado (Las Sabinas) en donde compramos gambas frescas para alimentar a un cuartel. Divinas de la muerte. Os quería contar esta experiencia que repetiría mañana mismo. ¿Para qué volverse loco buscando hoteles al lado de Triana, si en una distancia razonable dispones de otras múltiples opciones? Se trata de estrujarse la cabeza, evitar una ruina y decidir antes de que se eche el tiempo encima.

Mientras llega ese momento nos pasarán cosas como las de ayer. Si eso es penalti, yo soy la sirenita de Copenhague. Ni los entrenadores, ni los jugadores, ni los periodistas, ni por supuesto los aficionados somos capaces de entender el criterio que se usa. Solo ellos, los árbitros, deciden cuándo sí y cuándo no. Cada fin de semana, llegan al cielo un montón de gritos. Clamores de indignación. Una decisión como la de ayer echa por tierra el esfuerzo enorme de un equipo que fue mejor que su rival, por cierto muy venido a menos, sin glamour. La Real fue consistente, ambiciosa, como seguro que no lo había sido en buena parte de los años precedentes. El equipo me encantó, lo mismo que las declaraciones de Mikel Merino al final del match.

Estrenaba capitanía y habló de orgullo, empatía, satisfacción personal por el trato de sus compañeros y pena por no haber conseguido lo que buscaban. Por partidos así nadie les va a reprochar nada. Con dos días de descanso después de Miranda, el entrenador hizo los cambios necesarios para oxigenar, repartir esfuerzos y llegar a la cita armera con la gente dispuesta del mejor modo posible. Supongo que tampoco quedarán entradas que den respuesta satisfactoria a la demanda de los aficionados. Últimamente la gente no para de moverse de aquí para allá. Da alegría tanto trajín.

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