¡Nos va a dar algo!

Mark Rutte es el primer ministro de Holanda, al que no conozco. No he cruzado una palabra en mi vida con él y no creo que llegue la oportunidad. Sin embargo, leo una de sus declaraciones sobre la asistencia de espectadores a los partidos de fútbol en el país de los tulipanes. Ayer se abrieron las puertas de los estadios bajo la condición de guardar silencio. Por ahora, solo para entrenamientos y amistosos. Ni cantar, ni corear, ni nada que suponga abrir la boca. Es necesario mantener una distancia de metro y medio entre espectadores y no decir ni mú.

Lo ha dejado clarito. Cuando el 12 de septiembre se inicie el campeonato, si se oyen voces, cerrarán de nuevo las puertas al público. ¡Así que, a prepararse!  Esas fábricas, que se reconvirtieron para hacer guantes y mascarillas para tres generaciones, pueden ser el ejemplo para otras o para diversificar los productos. Se trata de llenar los estadios de panderetas y zambombas, tambores y castañuelas, bocinas y demás artilugios capaces de ensordecer al más pintado, siempre y cuando la seguridad permita el acceso de los aparatos. Eso, comparado con lo que disponemos en este momento, es gloria bendita. Prefiero ese ambiente que la megafonía enlatada que tanto mortifica. Ante el Espanyol, hubiera sido tan hermoso decirle al equipo desde el principio que  seguimos cerca de ellos y que les alentamos a que intenten todas las conquistas. Es también muy probable que, con la gente en la grada, la remontada hubiera llegado antes. ¡Qué calvario!

Escribí con motivo del partido de Getafe que estaba convencido de que el equipo ganaba ayer. Salieron a por todas y a los cinco minutos ya habían marcado un gol, que el aparatito de turno, raudo y veloz, anuló por medio borceguí del brasileño. Como es imposible saber lo que los jugadores piensan, seguro que comenzaron a darle vueltas a todo, y a dudar del nombre y del número de sus camisetas. En ese pánico instalado llegó el gol visitante que caía como una losa de mil toneladas y que obligaba a intentar otra remontada. Ni soy más listo que nadie, ni pretendo serlo, pero hice aquí una pregunta sobre el trabajo anímico de los jugadores. Nadie mejor que ellos sabe lo que está pasando y sienten también que no han sido capaces de darle la vuelta a un resultado desde que volvimos a este sucedáneo de competición. Me reitero en la interpretación. Cuando al final del partido Imanol y los suyos se reunieron todos en el centro del campo, abrazados y confabulados, sólo transmitían lo que sienten y padecen en este tránsito de jornadas insufribles. Y lo quisieron compartir  con quien quiera solidarizarse con esa realidad y entenderles.

No está siendo fácil. Ellos, los primeros, pensaban que las cosas iban a seguir el camino previsto. “Estamos como motos” se recogía en declaraciones como queriendo expresar un teórico momento de forma y fortaleza. Hasta la victoria de ayer, partido a partido, recordaba mi vieja Vespino azul, que me llevaba y traía, pero que no servía para hacer carreras. No llegaba a 50 cc. ¡Era una moto! En este tránsito hemos visto partidos tristes, de Velosolex, la moto a la que había que darle pedales para que subiera las cuestas. ¡También era una moto!. Quiero con ello decir que la teoría y el papel lo aguantan todo, pero es el terreno de juego el que dicta sentencia.

Como declaraba Isak al final del partido, su gol decisivo le servía a él y al equipo para cambiar el ánimo del vestuario. Utilizó una palabra que refleja el sentir del colectivo: ¡Alegría!  Es que hasta este momento, el equipo no había podido convivir con ese estado anímico que se relaciona con la felicidad y la satisfacción de los tres puntos. Cierto es que, de ningún modo, fue fácil. El contrario también juega, opone las dificultades necesarias para complicarte la vida. Más aún cuando se está jugando el descenso de categoría, se adelanta en el marcador y se atrinchera.

Parece claro que la paciencia es una virtud y además un modo de afrontar los momentos del partido. Cuanto más lejos se encuentre la ansiedad, mejor. Hay situaciones  en las que la cabeza, el corazón y las piernas se independizan, van por libre y restan efectividad. Ayer hubo momentos buenos. El gol del empate responde a eso, al pase de Merino al espacio, a la convicción de Oyarzabal en su centro y al remate de Willian José que estaba allí, al igual que en gol anulado. Luego, en el del triunfo, se impuso el alma. Desde el centro lateral de Aritz hasta el zurdazo imponente del sueco.

Seguimos perdiendo futbolistas por lesión, tal y como estaba previsto. La gente está entre algodones y aunque nadie suelta prenda sobre la realidad, se intuye que en el vestuario se ha situado una especie de viernes de dolores. No hace falta ser Einstein para descubrirlo. Las convocatorias guardadas hasta el último momento, el reparto de minutos, los cambios, el debut de los jóvenes futbolistas…responden al recuento de fuerzas que el entrenador hace cada día. Si a nosotros nos va a dar algo, a él también. Mañana es su cumpleaños y espero que lo celebre, que se ponga de tarta hasta las ojeras y que disfrute de algo tan sencillo como un partido de fútbol que se salda con victoria. A veces, lo más elemental es un enorme regalo. Se lo merece, porque está sufriendo una barbaridad. No hace falta ni preguntar.

¿Os habéis dado cuenta de que en todo el artículo no he escrito la palabra VAR?. Amén.

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