Queso de bola

No creo que nos den la oportunidad  de poder viajar a la ciudad del equipo que nos visitó ayer y que se debió llevar un saco de goles. Una pena que solo fuera uno y una pena porque Alkmaar es una población que ofrece su encanto y que está muy vinculada al queso. Dispone de un tradicional mercado en el que puedes comprar cualquiera de las muchas especialidades que se presentan al público todos los viernes.

Es habitual regatear el precio lo que da un valor más entretenido a la compra. Los Kaas holandeses son estupendos, como la mantequilla y los tulipanes. Existe en esa población un museo del queso, otro de la cerveza y un montón de sitios para visitar. Los típicos molinos no faltan y patear las calles es una gloria, porque las poblaciones son llanas y facilitan los paseos.

De pequeño, y de mayor, disfrutaba con el queso de bola, el de verdad, el que sabe estupendamente, protegido por un caparazón de cera roja, envuelto con celofán del mismo tono. Lo que nos encontramos aquí en muchas tiendas de alimentación es un sucedáneo que tiene de holandés, lo que Mozart de cupletista. Recuerdo un viaje a la cercana Amsterdam que, antes de coger el avión de vuelta, aprovechando el duty free del aeropuerto, cargué la mochila de queserío, Gouda y Edam, algún paquete de galletas de Stroopwafel y una lámina de un cuadro de Van Gogh. Hubo quienes se hicieron con bulbos de tulipán y los más curiosos y atrevidos compraron un brillante en una de las múltiples joyerías del aeródromo. ¿A qué os estoy poniendo los dientes largos?

A falta de pan, nos conformamos con las tortas del equipo de fútbol que visitó Anoeta. Tortas en el amplio sentido de la palabra y en todas sus acepciones, una de las cuales contó con la tolerancia de un colegiado escocés y gaitero. Todo al mismo tiempo. Como todas las entidades del deporte, presumen de historia. De su historia. Pasaron malos momentos con la crisis económica (les patrocinaba un banco), pero se rearmaron desde la apuesta por jóvenes jugadores y gracias a la entrada de un nuevo propietario que les devolvió al carril en el que estaban. Como vimos, visten de rojo y ese es color de pasión y sentimiento.

En eso, la Real no le va a la zaga. Pasada una noche todavía me pregunto cómo en el primer tiempo no les metimos unos cuantos, porque hace tanto tiempo que no veo dominar de semejante manera, crear ocasiones como botijos el alfarero, pero…el arte de meterla vale su precio en oro. También es increíble que, en los calentamientos previos al partido en competición europea se lesione un futbolista, haya que cambiar de protagonista sobre la marcha, modificar el plan y adaptarse a una realidad imprevista. Un futbolista como Gorosabel, en momento estupendo de forma, un lateral que se come la banda, debió quedarse en el vestuario de modo inesperado por algún problema en un tobillo. Si el día del Nápoles eso nos afectó bastante y nos costó adaptarnos a la nueva realidad, anoche fue diferente. La Real cogió el toro por los cuernos, dominó, creó las ocasiones, pero  exhibió el mismo déficit de acierto y puntería que ante los partenopeos.

Una lástima porque el equipo protagonizó un primer tiempo de enjundia. Mereció bastante más que el empate inicial en tiempo de descanso. Sólo un pero que ponerles. Debieron matar el partido mucho antes. Los holandeses llegaban líderes, pero cautivaron muy poco y no sé si se comportaron como el técnico oriotarra esperaba. La presencia de Moyá bajo palos y más de media docena de cambios respecto a la alineación de Vigo confirman la capacidad de los jugadores para responder cuando el entrenador les elige en cada compromiso. Los que jugaron ayer no fueron menos que los del último domingo y el anterior y el anterior y el anterior. La diferencia puede estar en el acierto.

Nada cambió tras el descanso, porque el partido fue unidireccional. No sé lo que pasa por la cabeza de un futbolista mientras compite, pero tantas ocasiones marradas podían minar la confianza en la victoria ante tanto infortunio acumulado. Felizmente, llegó la jugada que rompía la igualdad y distendía el ambiente. Portu acertaba a marcar en el segundo palo. ¡Por fin!. Se ganó un queso.  Abrazos, besos y minutos por delante para ver qué camino cogía el partido. Sabemos de memoria que los tramos finales se hacen eternos y que, cuando en el cuarto minuto de prolongación los holandeses disponen de una falta, en la que sube hasta el portero a rematar, te atacan los nervios. Voy a la cocina, porque no quiero ver y aprovecho para coger el cuchillo y darle un meneo al queso con un poco de pan. Vuelvo a la tele y veo a las realistas respirando profundo, lo mismo que al resto del territorio txuriurdin.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, el que perdona no la pagó. Suma tres puntos y comparte el liderato con dos de los tres equipos restantes. Era necesario ganar para no quedarse descolgados. Y se ganó. Tres conjuntos empatados a seis puntos después de haber acabado la primera vuelta. Las espadas en el aire, pero con mucha más información de los rivales. Imanol y su tropa siguen en la buena senda, con una valiosa conquista de resultados, de juego, de buena defensa, de calidad en mucho de lo que hace. El domingo se presenta otra prueba de juego ante un equipo como el Granada, también con la moral por las nubes, con buenos futbolistas y en racha de tanteadores favorables.

Para despedirme, concluyo con una interrogante. ¿Han terminado de contar los votos de Pensilvania? ¡Por preguntar!

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