Fity-Fity

La primera vez que viajé a Córdoba para quedarme allí unos días quise descubrir una ciudad imponente a la que tengo unas ganas locas de volver. No envidia nada a ninguna. Lo mejor que puede pasarte es que conozcas a alguien que te enseñe los rincones especiales, esos que no aparecen en las guías, en los que hay algo que cautiva sin saber muy bien qué. El primer paseo lo hicimos hasta la Plaza de la Corredera, inmensa, cuadrangular. El cielo amenazaba contra lo que es habitual allí. Ocupamos un velador sin toldo pero con unos nubarrones monumentales de tapadera. Creo que el sitio se llamaba “La Fuente”. Pedimos un par de salmorejos, con virutitas de jamón. Al lado, una pizarra en la que se anunciaba, por un euro, un “Fiti-Fiti, la versión abreviada y andaluza del fifti-fifti, consistente en un vino, mitad fino, mitad moscatel. Había que probar y caté. ¡Fresquito, divino de la muerte y pegadizo más que una canción de India Martínez!

No tardaron mucho en aparecer los relámpagos en el horizonte. Espectaculares. Se retrasó, aún menos, un diluvio universal que en un santiamén puso patas arriba todo, incluso la ropa que llevábamos. Calados hasta los huesos y eso que para llegar a ellos debe hacerse una larga travesía. No era un sirimiri a medias, ni un fifti-fifti al uso. Una chaparrada en toda regla. O sea que si alguien os dice alguna vez que en Córdoba no llueve…En la jornada copera de ayer sucedió algo parecido y el Gudalquivir lleva agua con holgura.

Solíamos elegir un hotel que se sitúa al otro lado del río, frente a la Mezquita de la que te separa el puente romano en mitad del cual hay una hornacina dedicada a San Rafael. Asomarse a la ventana de la habitación y contemplar de día y de noche la colosal obra de arte, es algo que no se paga con dinero. Además está relativamente cerca del campo de fútbol, pero lejos de la zona de ambiente. Aunque a esta hora, en aquel u otro lugar, eso da igual. En uno de los pubs de la avenida de Andalucía, por la noche, coincidí con un futbolista de primer nivel, no vasco, entonces en activo. Se sorprendió al verme. ¿Qué haces aquí?, pregunta. ¿Y tú? (eran las tantas), respondo. Charlamos un rato, invitó a una copa y se diluyó por si acaso. No el hielo, sino él. No hay cosa que me ponga más de los nervios que sirvan el periflux en vaso de tubo. No puedo con ellos. Entre otras cosas porque no cabe la sudurra.

Cuando el equipo viaja a estos lugares no camina solo, sino que le acompaña un buen número de feligresía. Siempre hay gente que pregunta sitios con glamour, recomendaciones, etc. Siempre, menos ahora. Da una tristeza. Un antiguo jugador del Bidasoa es de allí, estudia fisioterapia y esperaba que fuera a verle con motivo de la Supercopa. Le expliqué que a día de hoy nos movemos del salón a la cocina y de la nevera al sofá, con la televisión puesta para ver partidos como las antiguas películas de cine mudo. Hay cosas que debes imaginarte. Y si quieres viajar con el equipo debes formar parte de la burbuja oficial. Y claro, a estas alturas del ejercicio, uno es más de “buey suelto, bien se lame” que de someterse a disciplinas y normas de obligado cumplimiento.

Pocos días después del disgusto de la Supercopa volvimos al mismo escenario. No voy a decir del crimen, sino de la reivindicación como equipo y entidad. No es que me alegren las derrotas, pero dar la cara de semejante manera, convivir con semejante infortunio, lo valoro como un triunfo con goleada. No pudo ser porque bajo palos había un alemán que atiende por Ter Stegen y porque Willian José no fue titular como ayer. El brasileño marcó anoche dos goles que valen una victoria y un pase a la siguiente ronda que aparca los miedos y las zozobras que revolotean en este tipo de partidos. Misión cumplida con las dudas que genera la rodilla de Sagnan y el mamporrazo en las narices de Oyarzabal.

Imanol dispuso una alineación fifti-fifti, es decir, habituales titulares con jugadores que cuentan con menos oportunidades. Entre ellos, Roberto López que puso un centro tetíbiris en el primer gol del encuentro. Sirvió el plan y todo salió conforme a lo previsto en la sala de máquinas. Un tiempo entero para Illarramendi, bastantes minutos para Elustondo, poco desgaste para los más exigidos y misión cumplida ante un equipo que llevaba unos cuantos partidos sin encajar gol y que había dado boleta a dos rivales de nivel en anteriores eliminatorias. Si he de ser sincero, no vi mucho el partido. A tramos, porque esto de las aplicaciones tecnológicas, la señal que recibes, etc. se convierte en martirio. A parte de que las imágenes se sirven con enorme retraso respecto del momento en que se juega, se entrecortan y los comentarios van por otro canal y terminas con dolor de cabeza y haciendo zapping con el Getafe-Huesca o el partido de balonmano del mundial de Egipto.

Añadamos además los componentes del runrún. Tristemente anoche, la tamborrada de la Unión Artesana no pudo arriar la bandera, haciendo sonar, desde el tablado, el txuri-urdin, cantado a voz en grito por la feligresía que habitualmente abarrota la plaza de la Constitución. Un saludo a todos los que hubieran disfrutado con la oportunidad de mostrar alegría por el triunfo de su equipo, que sigue su camino en silencio, con tranquilidad, sin baladas tristes de trompeta. Luego, dentro de ese runrún se habla de futbolistas. De los que pueden venir, de los que se pueden marchar, de los que no saben nada pese a que están en el centro de todas las dianas. Tengo la cabeza más movida que las maracas de Machín o, si lo preferís, que el bombo grande que manejan los niños de San Ildefonso.

Me despido con las preguntas del millón. ¿Viene Odegaard? ¿Se va Willy? ¿Llega el chico del Sevilla? ¿Se va cedido Jon Bautista?. Respuesta, a la francesa: Moitié, moitié, o a la andaluza, fity-fity, o erdi eta erdi, o vaya usted a saber. Las próximas jornadas prometen.

 

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