Con la música a otra parte

Hace una semana escribí en esta sección que entre unos y otros me habían puesto la cabeza como un agotador concierto de bombardino. No pensé en nada, ni en nadie, y por supuesto no existía la menor intención de molestar. En aquel momento pasó por la imaginación ese instrumento, como podía haberlo hecho el helicón, la vihuela, el bazantar, el theremin o el aborigen didgeridoo. Todos tan originales, todos tan distintos. Podría incluir al clavicémbalo, cuyo sonido especial compartí en los conciertos de María Teresa Chenlo, que nos invitaba a su casa para escuchar los recitales que preparaba con las sonatas del Padre Soler, las de Turina, o música andaluza. Incluso, un concierto de música de vanguardia que se me hizo durísimo. El director fue José Luis Temes y quiso que le acompañara aquella tarde del debut en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Respeto a quienes hacen de la música su razón de ser, como compositores, intérpretes y melómanos. Lo he vivido desde niño. Mi madre cantaba ópera, grabó algún disco y disfrutaba a todas las horas del día interpretando la Madame Butterfly de Puccini. El hermano de un bisabuelo componía música para bandas y siempre escuché en casa que la diana del día de San Pedro en Irún le pertenecía. Fui alumno de solfeo y piano de la profesora Maria Pilar Etxebeste, cuando el apellido se escribía con ch y v. Ella siempre me animaba destacando el buen oído. He asistido a muchísimos conciertos y recitales en los que siempre estuve a gusto. Así que si algún día se convoca, y puedo, no faltaré a la cita con el bombardino, al que elevo a los altares para que quienes se han sentido afectados sean comprensivos.

Dicho lo cual me voy con la música a otra parte. Por ejemplo, a Manchester. ¡Qué mal gusto! Cuento pocas veces cómo es la relación personal que mantengo con los deportistas. Confieso que cuando vi, cómodamente sentado en el sofá, el meneo de Lindelöf a Jon Bautista pensé que le había desencajado. Al concluir la contienda, le envié un mensaje solidario. Como es un chaval extraordinario, muy educado, contestó al momento. “Estoy bien. No te preocupes. No me duele nada. Ha sido un orgullo jugar en semejante campo y plantarles cara”. Ese era el espíritu de un jugador que debió sentirse como atropellado por una manada de búfalos. Las andanzas de los jóvenes futbolistas, marcados por el estigma txuriurdin, enseñan a entender muchas cosas que no trascienden al exterior, pero que laten de modo acelerado en el yo personal de cada uno de ellos. No olvidarán la experiencia del momento gracias, entre otras cosas, a la confianza que el entrenador deposita en ellos. Cuando llegan situaciones como ésta, más allá de la eliminación, viven con pasión cada minuto de juego, sabedores de lo mucho que les ha costado llegar.

Se termina una eliminatoria, en la que los partidos se han disputado lejos del calor del hogar para que no faltara de nada. Llegaba seguida una tercera cita que no era moco de pavo. Valdebebas, el Real Madrid y las necesidades de puntuar de unos y otros con los objetivos similares. Nos faltaban Illarramendi y Merino, además de los lesionados de largo alcance. El técnico otorgó el mando a Guevara y Zubimendi. ¿Quién dijo miedo? No sé si entienden mucho de música, ni cuáles son sus gustos, pero en el primer tiempo su juego sonó a celestial. Les faltó el acompañamiento de una parte de la orquesta. A veces, salvando las muchas distancias con la ascética y la mística, me siento como Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí”. Tuve la sensación de que nos tangaban un penalti como la copa de un pino. Ni el árbitro, ni los que rigen los monitores, ni los comentaristas, ni casi nadie se atrevió a decir y decidir que aquello era un shoot desde los once metros. El equipo aguantó muy bien, con orden y con calma, pese a que el rival dispuso de ocasiones para haber puesto el partido en otra dirección.

También la Real, después del descanso. Una salida fulgurante y osada, cambió la decoración y un centro de Monreal (renovació si us plau) lo remató Portu al fondo de la red. Es cuando sé que me voy a poner nervioso. ¡A la cocina, a preparar la cena y a esperar que pase el tiempo. Faltaba una enormidad para el final! Este tipo de encuentros se hace largo, sobre todo cuando juegas lejos de tu hogar. Llegó el empate en ese minuto que te mata, con la fortuna aliada con el rival. No quedaba nada para saborear la victoria, pero un lanzamiento, con desvío incluido, nos dejó a mitad de camino. Es posible, preguntando a la feligresía antes del encuentro si firma un empate, que nos encontráramos con muchas respuestas afirmativas. Lástima del centro de Portu al que no llegó Isak. Fue una hermosa oportunidad que, con dos goles de ventaja, hubiera premiado de mejor manera el juego colectivo. Reparto de puntos, no perdemos el oremus y nos vamos con la música a otra parte que en Madrid ya hemos ofrecido un buen concierto.

 

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