Balada alegre de trompeta

Se han puesto de moda los pasillos, como los bolsos para señoras hechos con redes de pesca, o la vitamina E de los kiwis. Esto es cosa de rachas. Un día deslicé en estas líneas un bombardino y dio un juego monumental. Hasta se hicieron entrevistas de radio al respecto. Un amigo dice que soy un influencer, uno de esos términos de la modernidad que se me escapa. Quien lo es, y mucho, nació en Mutriku hace más de tres décadas. Sacaba buenas notas sin copiar y estudiaba música. La parte instrumental, la de una trompeta que sabe hacer sonar, cosa por cierto nada fácil. Le gustaba ir a clase de Don Agustín, el profesor que le enseñaba. Creyó en la victoria y metió la misma en el equipaje personal. Tocó el himno que aprendió de txiki y dominó las válvulas ante la sorpresa del respetable que por un momento escuchaba el metal de un clarín como si fuera a salir un Miura por el fondo del salón. La víspera del partido se llevó un disgusto, porque se lesionó y parte de sus sueños se desvanecieron. Hizo de tripas corazón.

Con espíritu indestructible y cojeando, subió a duras penas las escaleras hacia el palco. Con la emoción contenida, recogió el merecido trofeo y lo compartió con la feligresía. Antes sintió correr por sus venas la fortaleza de un abrazo. Mikel Oyarzabal le buscó nada más terminar el encuentro. Se fundieron con más fortaleza que dos imanes y les separó la exigencia del protocolo. Antes, el eibarrés ató al brazo del compañero el brazalete de capitán. Un gesto de valor incalculable, cargado de humildad y simbolismo de lo que ese vestuario lleva por dentro. A quienes no les interesa destacar lo que eso significa, se les ocurre descalificar el solo de trompeta. Fue una balada alegre, y no triste, de trompeta.

Evidentemente, no es Wynton Marsalis. Incluso, desafinó. En las primeras notas se le escapó algún gallo, pero se le perdona porque animó la noche, hizo cantar a quienes compartían mesas y enseñó que la felicidad de los demás está por encima del dolor personal. ¡Muy grande, Asier! No lo está pasando bien desde hace mucho tiempo. Las lesiones le amargan, pero no pierde la sonrisa jamás. Amigo de sus amigos, pasa a la historia del club como adalid de un colectivo de jugadores que a estas horas sigue contestando mensajes, los miles que recibieron en sus móviles y que les han ocupado buena parte de los últimos días. Todavía no se dan cuenta (pasará tiempo) de lo que significa esa conquista.

Alrededor de todo esto, surgen otros pareceres y discursos, a los que evidentemente no les hacen ni puñetero caso. Como cantaban los niños en los patios de los colegios, Rabia, rabiña, que tengo una piña, con muchos piñones que tú no te los comes. Desde el sábado, este territorio está muy a gustito y disfrutando, en lo que se puede, del esfuerzo de las personas que han hecho posible esta catarata imparable de júbilo. Convendrá destacar el comportamiento exquisito del plantel de jugadores rojiblancos, tanto en Sevilla como en Anoeta. Más allá de lo que se jugaron ambos sobre el césped, en los dos encuentros, ninguno de los protagonistas perdió las formas y eso es de agradecer. Enemigos en la contienda, cuando pierden dan la mano y respetan.

Dentro de este marco de felicidad llegó el partido de anoche, con los mismos equipos y diferentes protagonistas. Gestos de respeto y 90 minutos por delante con tres puntos en juego que el equipo necesitaba para seguir el camino que conduce a Europa. Es bueno, no perder el norte ni dispersarse en estas circunstancias. Imanol se vio obligado a cambiar bastante el once inicial, por obligación y devoción, mientras que el técnico visitante repitió el mismo equipo como queriendo reforzar la moral de los suyos para afrontar lo que les queda por delante. Los dos debieron ciabogar sobre la marcha en el primer tiempo, antes de lo deseado o de lo que hubieran previsto. Aihen, Yeray y Yuri, todo defensas, debieron abandonar el campo contra su voluntad.

En el cuadro guipuzcoano primera titularidad para Carlos Fernández y cambio de sistema con dos puntas y una forma de jugar diferente, menos parecida a lo que acostumbra. El primer tiempo se asemejó bastante al de Sevilla. No esperaba un partido con fútbol de salón y espectáculo. Cuesta mucho rehacerse después de un encuentro tan exigente como el de La Cartuja. Pesan lo físico y lo químico, las piernas, la cabeza y el corazón. De hecho, casi todo sucedió al final. Un gol por barba, reparto de puntos y fin de un trayecto demasiado largo. Los equipos acabaron muy cansados, como deseando que se acabara. Ahora, cada uno seguirá el suyo afrontando lo que queda, gestionando (en el caso realista) las lesiones, las sanciones y las prestaciones. El gol de Roberto López, la vuelta de Alex Sola en el filial después de tantos meses recuperándose suenan con la misma dulzura que un solo alegre de trompeta.

Confieso, para terminar que, en algunas fases del partido que parecían anodinas, zapeaba en busca de un partido monumental, jugado bajo la nieve, entre el Bayern y el PSG, con goles y ocasiones a batiburrillo, con Mateu dirigiendo la contienda y con el colegiado de la final de Sevilla, Estrada Fernández, como cuarto árbitro. ¡Por comentar!

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