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No hace falta nada más que leer la prensa escrita, oír radio y ver televisión para que nos cuenten el despiporre del precio de la luz. Estamos pagando una barbaridad, como si fueran angulas de Aginaga, champán francés del bueno, caviar iraní, la seta Matsutake o unos bombones del danés Fritz Knipschildt (una trufa sale a 210 euros). Es normal, por tanto, que las etxekoandres controlen el consumo y hagan milagros. Por ejemplo, no se necesita encender los fuegos de la cocina para comer una ensalada variopinta, una macedonia de frutas, una lata de espárragos. Simplemente, un si es no es para calentar un segundo plato. Y a correr. Es bueno ducharse con agua más tibia que caliente y planchar lo justo. Dicen que es lo más caro, así que a estirar las camisetas, doblar pañuelos, ponerse los calzoncillos como salgan del tenderete y a otra cosa mariposa. Se trata de ahorrar al máximo y evitar que nos tomen el pelo.

Un día se pusieron de moda las bombillas led, esas que consumen menos y dan luz más blanca. Se han ido imponiendo. Parte de culpa corresponde a la Philips, la fábrica holandesa que se fundó en Eindhoven hace 130 años, que a día de hoy cuenta con más de 100.000 trabajadores, cotiza en dos bolsas y dispone de una imponente cuota de mercado. Para escribir este texto di una vuelta por casa tratando de encontrar las cosas que llevan esa marca. Desde un transistor pequeño, pasando por una máquina de afeitar de la época de los romanos y una casete que no utilizo desde tiempo inmemorial. En su día usaba una televisión pequeña y supongo que alguna de las bombillas de las habitaciones es de esa marca. No estoy para subir escaleras a las lámparas y comprobar la marca. La investigación llega hasta un punto. Me hubiera encantado añadir a la lista un receptor de radio, de los antiguos, grandes y de madera que ocupaban mucho sitio. Siempre he soñado con uno de ellos.

Aquellos fundadores decidieron crear un club deportivo para sus empleados, preferentemente dedicado al fútbol. Allí comenzó a escribirse la historia de nuestro rival de anoche. Un club de larga y exitosa trayectoria, propietario del Philips Stadion, una locura de estadio en el que no ahorraron luz, cuya camiseta han defendido jugadores de primer nivel. Desde Ronaldo Nazario hasta Romario, pasando por Guus Hiddink o Ronald Koeman, entre otros. Quiero con ello decir que no jugábamos ni contra el Beti Galdu, ni contra el Beti Konten, sino ante un conjunto de enjundia con gran trayectoria internacional. Por eso, se trataba de saber si nos perdíamos por el camino como sucedió en Turín ante el Manchester, o íbamos a ver al equipo competitivo que nos gusta.

Para ello, Imanol decidió que Zaldua, Zubimendi y Januzaj fueran titulares en relación a la última alineación. Unos por otros, sin que ello variara el sistema inicial sobre el que se basa el juego guipuzcoano. Eso sí, cada uno con su estilo y peculiaridades. Lo que no esperaba el míster es que David Silva se lesionara en el calentamiento y fuera Guevara quien ocupara el puesto del canario. No sé qué hacemos en los previos europeos, pero llevamos por lo menos tres jugadores que iban a jugar y no jugaron por problemas en la activación. Lo mismo que ocurrió en las situaciones precedentes se repitió en Holanda. Al equipo se le fundieron los plomos, le afectó en demasía la contingencia y tardó en reaccionar. Un apagón en toda regla en la ciudad de las bombillas. Los primeros minutos fueron de todo menos optimistas, porque el dominio tulipán llegaba por oleadas. Remiro debió multiplicarse hasta donde pudo. El cántaro iba demasiado a la fuente y lo rompió Mario Götze, pedazo de futbolista, con el remate que abría el marcador. En ataque, salvo el remate de Januzaj al larguero, poca gaita. Simplemente, estábamos.

En el mundo del fútbol está acuñada la idea de que un buen centro es medio gol. Joseba Zaldua, la discreción infinita, puso un par de balones divinos que terminaron en la meta de Drommel. Esta vez no hubo madera que impidiera el tanto de Januzaj, ni pocos minutos más tarde el de Isak. La alegría llegó al córner en el que se situaba la hinchada realista, que pasó en siete minutos de la tristura a la euforia. Ese fue el tiempo que los de Imanol necesitaron para revertir la situación. Al descanso, por delante. Para entonces, me había puesto nervioso 113 veces y en cada ataque local, cambiaba de canal para tranquilizarme con el Mónaco-Sturm que llevaba otro ritmo, menos pasional, sin demasiada gente en la grada. Menos mal que el mando de la televisión funciona con pilas, porque si llega a ir conectado a un enchufe, necesitaba un préstamo para pagar este mes la factura de la luz.

Quedaba un tiempo por delante, una eternidad. ¡Virgencita, virgencita, que me quede como estoy! ¡Y no nos quedamos! Diez minutos después las tablas se instalaron en el marcador con el remate de Gakpo. Era una de las melodías encadenadas, entre la amonestación a Aihen, los problemas físicos de Le Normand y la entrada de Zubeldia y Jon Pacheco al terreno de juego. Modificaba por obligación y devoción el flanco izquierdo de la zaga. Seguro que en Elbete lo celebraron porque el central pasa a la historia de la población navarra al ser el primer jugador baztandarra en disputar la Europa League. Eso creo. Si el cielo se podía decantar por los holandeses que contaban en sus filas con Armando Obispo, Imanol hizo debutar a Cristo Jesús Romero para evitar tentaciones divinas y darle al chaval la oportunidad que seguro merecía. No se le olvidará jamás el día. Fiesta en Algeciras, donde nació hace 21 años.

El reloj avanzaba al mismo ritmo que un paso en la procesión. Más zapping. Y como dio la sensación de que al árbitro se le empezaban a ver las puntillas, decidí que los últimos diez minutos no los veía y que cuando pasaran y el partido hubiera acabado, daba marcha atrás y lo repasaba todo sin sobresaltos, una vez conocido el resultado final. No era un romance de valentía, pero… Siete minutos de prolongación, la oportunidad de Mikel Oyarzabal, las amonestaciones, la presión y todo lo que era necesario superar para conseguir un buen empate ante un gran conjunto.

Si nos preguntan antes del partido, seguro que firmábamos el resultado. Así que lo damos por bueno, tras pasar por un campo y una ciudad en la que sus bombillas terminaron tintineando. Como siempre sucede, solo queda esperar que los daños colaterales no sean muchos y que el parte de guerra de los lesionados no nos lleve las manos a la cabeza. No lo hicieron los seguidores que se desplazaron hasta allí y que aplaudieron a rabiar y salieron contentos porque el equipo dio la cara y se dejó todo en la conquista. Por ahí, poco que reprocharle.

Nota: Este artículo lo puedes leer en Noticias de Gipuzkoa, en la edición digital y en papel. de este viernes17 de septiembre.