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En una de esas tardes de agosto, cuando el fútbol alborea, coincidí con un televisado Mónaco-Sparta de Praha, clasificatorio para Champions. Los del Principado me encantaron, jugando muy bien y muy bonito. Me engancharon hasta tal punto que seguí con interés la eliminatoria decisiva contra el Shakhtar Donetsk. Perdieron en casa y empataron en Ucrania. Cayeron eliminados sin alcanzar la plaza que pretendían. Pese a ello, la sensación que me quedaba era positiva. De hecho, el primer gol que marcaron respondía un poco a eso. Cuando el equipo de Niko Kovac nos tocó en suerte pensé de inmediato en aquella imagen y en las dificultades que seguro nos esperaban. No me extraña que en la previa del partido de anoche el técnico calificara el encuentro ante los realistas como un partido de Champions. Sin chauvinismos, al menos ellos, no son peores que algunos equipos que participan a día de hoy en la mejor competición de clubes del continente. Nos lo dejaron clarinete en el primer tiempo y, en general, durante todo el match.

Más allá de esa realidad, mil seguidores del cuadro txuriurdin acudieron al Louis II para alentar a los suyos. El desplazamiento disponía de un perfume embriagador. Hace unos días le pedían a Fernando Morientes, delantero que defendió la camiseta monegasca, sugerencias para que los aficionados blanquiazules pudieran conocer. Dio el nombre de algún sitio de copas, advirtiendo que un periflux podía costar unos cien euros. Luego, habló de una calle que pertenece a Francia en una acera y a Mónaco en la otra. Precisamente, en ese lado principesco, el alquiler de un piso alcanza los 24.000 euros, mientras que en el otro, a lo visto, menos glamuroso, ochocientos.

Junto a El Vaticano es el país más pequeño del mundo, pero el que cuenta con más millonarios por baldosa. Te asomas al puerto y alucinas con los yates. Los residentes monegascos no pagan impuestos. Es por ello que,allí están empadronados unos cuantos motoristas, pilotos de coches, ciclistas, tenistas y todo tipo de “istas” que se os ocurran. No es un paraíso fiscal, pero casi. La familia Grimaldi, príncipes y princesas, sigue ocupando portadas y portadas en las revistas del papel couché. Cuando era niño y alguna de esas publicaciones circulaba por casa, solía echar un vistazo. Lo reconozco. No había semana en la que no aparecieran Grace Kelly y su marido Rainiero; el Sha de Persia y su amada Farah Diba, Jacqueline Kennedy y Onassis, la princesa Margarita, la británica que renunciaba al trono por amor y todo el conglomerado de casas reales europeas, con Olaf V de Noruega, la reina Juliana de Holanda, Balduino y Fabiola, Margarita de Dinamarca, Gustavo de Suecia y otros tantos más que se movían en esas bambalinas sin territorio que regentar. Páginas y páginas de un mundo diferente. Ignoro si les gustaba, o gusta,mucho el fútbol, pero a Alberto de Mónaco se le vio anoche en la zona de palcos, con la bufanda “ad hoc” del partido.

En medio de ese paisaje jugó la Real. En un principado con fantástico casino, al que no accedes ni en chancletas, ni en pantalón corto. Se puede entrar sin necesidad de jugar, pagando la entrada (10 euros) como en un museo. Los monegascos pueden visitarlo, pero tienen prohibido pisar las salas de juego. ¡Sólo para el turisteo! Cuentan con un GP de Fórmula 1. Alquilar un balcón para ver pasar monoplazas supone un desembolso de unos mil quinientos euros por persona. Es más barato acudir a las pistas del Open de Tenis en Montecarlo, en donde Rafa Nadal ha ganado once veces. Ignoro cómo se participa en el famoso y benéfico

Baile de la Rosa, que entiendo es más selecto que su famoso festival mundial del circo. Esos dos kilómetros cuadrados de superficie pueden presumir de haber ganado Eurovisión con Severine interpretando “Un banc, un arbre, une rue” y más y más y más, porque cuando manejas euros a mansalva…todo parece más fácil.

Si hablamos de fútbol, el club ha vivido años de bonanza y éxitos lo mismo que de decepciones e inversiones exageradas. Construyeron el Louis II ganando terreno al mar y fue el príncipe Rainiero quien decidió el nombre del estadio en recuerdo de su abuelo del que heredó el título. Es un recinto multiusos, desangelado, con pistas de atletismo. Es raro que se llene. Por eso, anoche, la afición txuriurdin se sintió como en casa y sus voces se oían como nunca. Se movieron como el péndulo del reloj. Tristeza después de encajar el primero. Alegría inmensa con el empate de Isak, aunque en esa jugada el amago, cambio de orientación y pase de Januzaj, es de tronío. Esa felicidad duró poco, porque los monegascos nos destaparon en un saque de esquina que penalizó las marcas erróneas y la falta de intensidad. Se llegó al descanso por detrás en el tanteo y con la imagen un tanto fría de un equipo que no imponía su ley en la zona ancha, que jugaba lento y que no cautivaba con casi nada. Poner notas a los jugadores en el ecuador del partido no era complicado. Era muy importante cambiar la imagen y encontrar la eficacia.

Algo parecido debió pensar el entrenador cuando cambio dos piezas y una posición al inicio del segundo tiempo, protegiendo luego a otros jugadores ante lo que nos viene de frente. El equipo mejoró el son. Isak dispuso de una oportunidad de nivelar la contienda antes de lesionarse y ser cambiado. Los de Kovac presionaron de modo extraordinario y los repliegues impidieron que la Real encontrara el sitio por el que evitar la derrota. Y cuando lo hizo, falló todos los remates. Ahora, esperar a lo que nos diga el parte médico del delantero sueco que determinará la factura que se paga por este partido, porque a la derrota se añade además el triunfo del PSV, siguiente visitante de Anoeta. El equipo cae a la tercera posición, la que lleva a la Conference League que a lo mejor nos sienta mejor que concluir segundos. Eso dependerá de lo que suceda ante los holandeses. Si queremos aparecer en las revistas de papel couché, habrá que jugar bastante mejor que ayer. No sé si el partido con el Valencia nos ha pasado demasiada factura, tanto física como anímica, pero da la sensación de no haber superado las secuelas.