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Imagino las noches de Imanol Alguacil antes y después de los partidos. Supongo que se sienta ante una mesa grande en la que despliega el armamento, los cromos de sus jugadores y los mapas del contrario. Es un estratega que confía ciegamente en los suyos. Sucede que alguno se le queda hundido en las trincheras, agotado de colocar sacos protectores y parapetos. La tropa que maneja es de carne y hueso. Por tanto, sometida a los avatares de todas las contiendas. No hay treguas, las empalizadas deben funcionar mejor que nunca, sobre todo en momentos como el de ayer en Cornellá. Le faltaban sus mejores mariscales de campo, un par de mandos intermedios y, de salida, un especialista en obuses y misiles. Demasiadas bajas para afrontar una contienda en la que el rival apuntaba con toda su artillería. Sin embargo, el equipo lo hizo de manera ejemplar y la derrota es tan injusta como clamorosa la actuación arbitral, arriba y abajo, porque desde que se inventó el VAR vivimos entre el cielo y la tierra.

El fin de semana lo he pasado entre el sofá y la mantita, viendo partidos de todos los deportes, incluso el tapete verde del snooker. También he buscado en el diccionario la existencia de verbos como tangar, guindar, etc. que se relacionan con pispar, que es lo mismo que decir una sisa en toda regla. La acción de Piqué en el partido del Villarreal es un penalti que admite pocas discusiones. La tierra no lo pita y el cielo está cubierto por negros nubarrones. No se sostiene mirar para otra parte. Ayer en cambio, en Sevilla, como lucía el sol, si intervinieron para desmantelar la decisión terrestre en otro penalti. Ver para creer. Todo dentro de un domingo negro para quienes deben impartir justicia. Llevan una racha de desastres que muestra su raquítico nivel.

En el reglamento comentado de Pedro Escartín, vigente durante décadas, el gol de Isak era de libro, porque el árbitro no disponía entonces de un régimen especial. Constituía un elemento más del juego. Te daba el balón y te daba. Punto pelota. Todo seguía el camino. Cada vez lo complican más. Ahora, hablamos de ataque prometedor y otras chorradas (palabra que también está en el diccionario) que solo confunden y descentran a los protagonistas del juego que no son otros que los futbolistas. No, los que visten de amarillo, verde, fucsia o azul concepcionista. Ver la cara de Mikel Oyarzabal cuando le preguntaban al final del partido por la decisión del árbitro, refleja el hartazgo de quienes compiten y defienden una camiseta.

Cuando el balón pega en el árbitro, éste hace gestos de que “sigan”, pero luego entra en barrena, balbucea, distorsiona y pone a prueba el autocontrol de los jugadores. Sobre esa jugada se verterán ahora ríos de tinta, pero a quien le salpica directamente, le afecta y le cabrea es a un equipo que se ponía por delante en el marcador. La Real trataba de romper la dinámica negativa en momentos de dificultad, tanto por la acumulación de encuentros, como por la exigencia de los mismos y la factura que se paga por las lesiones. Al entrenador no le gustan las excusas y me parece bien, pero ya pasa de castaño oscuro. No creo en campañas orquestadas, pero los dos últimos arbitrajes que ha padecido el equipo son para mear y no echar gota (con perdón).Le preguntaron a Imanol por la jugada de marras en zona de prensa. Les invitó que lo hicieran con el árbitro. El técnico prefirió morderse la lengua, antes que envenenarse.

Venían de Mónaco, después de jugar un partido duro ante un equipo trabajado, montado en torno a su idea, convencido de sus opciones, conocedor del oponente, y dispuesto a aprovechar la menor oportunidad, el despiste más ínfimo, para asestar un golpe decisivo y conquistar un terreno que, en el caso de la Real, apuntaba en cuesta y hacia arriba. Como consecuencia de lo que pasó allí y de lo que se arrastra, el oriotarra cambió la cadena de mando. No le quedaba otra. Otorgó responsabilidad a soldados menos expertos, confiando ciegamente en sus capacidades. Es una de las fortalezas de este grupo. Desde el pitido inicial fueron a por todas y trataron de cercar la portería de Diego López que, pese a los años, sigue ofreciendo un alto nivel de eficacia. Con eso también le toca convivir a Oier Olazabal, el guardameta guipuzcoano que espera su oportunidad sin desesperar. Las tablas de los guardametas de largo recorrido se notan en jugadas en las que parece imposible que el balón no entre. Sacó el tiro de Le Normand de manera increíble.

El propio Oyarzabal no se ponía la venda en sus declaraciones post-match. Reconoce que les queda atinar con el último pase y con la finalización de las jugadas. Nadie lo discute. Esa es una de las claves antes del parón navideño. Tres partidos por delante de armas tomar. A la vuelta de la esquina viaje a Canarias para afrontar la Copa ante el Panaderías Pulido. Les vi jugar ayer en Antequera, en donde ganaron (1-2) con los goles de Quintero y Martínez. Afrontan una semana inolvidable para ellos. Van a jugar en el Insular, quizás por única vez en su vida, vestidos de naranja, y contra un equipo de Primera. La Real necesita ganar allí y reencontrarse con un resultado que le calme para luego medirse contra el Real Madrid y PSV Eindhoven, dos partidos en los que se juegan bastante.

En ambos, la afición tiene mucho que decir e interpretar su papel protagonista como lo viene haciendo desde hace tiempo. En este caso se les pide el plus que el equipo necesita. Ojalá que para entonces mejore el tiempo, porque lo de los últimos días…¡tela! Se han ido a hacer puñetas todas las flores que, desde luego, no eran para el trencilla de ayer. Inundadas, chamuscadas, alicaídas. Sólo aguantan los geranios. Que fortaleza la suya. La misma que manifiesta el conjunto txuriurdin que “saldremos de ésta” como comentaba su capitán. Siempre que les dejen y no les atropellen. El viernes empezó negro, con ofertas y rebajas en las tiendas de oportunidades y el domingo terminó negro con una pasada que cuesta mucho entender.