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Leo que Joan Manuel Serrat deja los escenarios y se retira. Los conciertos pasarán a mejor vida y nos quedaremos con kilos de buenos recuerdos. Es el cantante del que guardo muchos discos. Más que de ningún otro. Era una referencia, sin nosotros saberlo, para quienes hemos cumplido casi tantos años como él. Las letras nunca iban vacías de contenido y el poco catalán que puedo saber se lo debo, en parte, a él. Entre el latín, el italiano y el francés te situabas en la catarata de poemas, versos y canciones revestidas de quietud y mensaje. La lista de las que me gustan es muy larga. Después de Paraules d’amor hay pocas que me llenen tanto como Temps era temps. Algo así como “Érase una vez”. Anuncia el adiós con dignidad, por encima de pandemias y mascarillas. En esa canción a la que me refiero, hay una pregunta ¿Qué se podía esperar de nosotros? También cita a la Sra. Francis y menciona a tres compositores andaluces, Quintero, León y Quiroga, sin los cuales es imposible situarse en obras de éxito de afamados artistas.

Serrat es futbolero y del Barça. No creo que fuera por eso, pero en un momento incorpora en la letra de esa obra a una delantera de cinco jugadores, santo y seña del equipo catalán. Se refiere a Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. No creo que haya otra música con letra que hable de tantos futbolistas a la vez. Pertenecían al sistema del 1-3-2-5, impensable en nuestros días. Entonces, ni había cambios, ni tarjetas, ni, por supuesto el VAR de nuestras desdichas. Los árbitros vestían de negro, viajaban en coche cama y lo mediático no era lo suyo. Hablamos de colegiados movidos por la vocación, no por lo que a día de hoy les ilumina. Los críos llenábamos los álbumes de cromos. Quien más, quien menos, se sabía las alineaciones de memoria, conocía a los mejores y cuando abrías el sobre y aparecía uno de los famosos sentías un pálpito especial. Algunos se repetían hasta en la sopa. No he olvidado a un delantero paraguayo, Cayetano Ré, futbolista blaugrana que luego engrosó las filas del Espanyol. Cada vez que compraba cromos en el kiosco aparecía en uno de ellos. Como si dispusiera de un imán, me caía en suerte todas las veces.

No soy capaz de ajustar la fecha exacta de aquel momento, pero no andará muy lejos de 1960. En la Real del viejo Atotxa defendían el escudo jugadores difíciles de olvidar: Josetxo Arakistain, Goikoetxea (porteros), Andoni Elizondo, Gallastegi, Galardi, Alkiza (luego, presidente), Olano, Ignacio Etxarri… La primera vez que vi al Real Madrid fue detrás de la portería del mercado de frutas. Un sueco de apellido Simonsson estaba cedido en la Real por el conjunto madridista. También, el sevillano Villa. Los dos formaban parte del equipo aquella temporada junto a buena parte de los jugadores antes mencionados. Llegaba el Madrid de Miguel Muñoz, con Arakistain ya en el equipo del Bernabeu, junto a los Santamaría, Pachín, del Sol, Puskas, Di Stefano, Isidro (cuñado de Lola Flores y padre del actual entrenador del Getafe). No cabía un alfiler como tantas otras veces. Partido apasionante que resolvió un cabezazo de Puskas muy cerca del final. Ver “in situ” a todos aquellos futbolistas impresionaba. Ni se televisaban partidos, ni existían las web de los clubes, ni instagram, ni nada parecido. Los jefes de prensa y los community manager eran inimaginables. Sólo los cromos ayudaban a identificar a aquellos jugadorazos.

Os cuento estas cosas para que comprobéis cómo ha cambiado el percal. Han pasado cincuenta años y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. No quedan ni los segundos colores. El Madrid de entonces llegaba vestido de azul. Ahora, cada año se cambia la indumentaria por cuestiones de modernidad y, sobre todo, de negocio. El marketing y el merchandising son parte de la punta del nuevo iceberg. Los niños saben de jugadores más que los directores deportivos. Ahora, el ringorrango ocupa muchas veces demasiado espacio y distorsiona la realidad. La actual, la vigente, la de Imanol y los suyos se puede comprobar sin necesidad de la prueba del algodón. Jugarán más o menos, bien o regular. Ganarán, empatarán o perderán partidos, pero hay una evidencia. El equipo de entonces no ocultaba sus señas de identidad. El actual, tampoco. Decía el míster, en una entrevista previa, que “estamos convencidísimos de que podemos ganar” aunque también dejó claro que el equipo debería hacer muchas cosas bien para conseguirlo.

Para empezar, los dos equipos conocían los resultados de la jornada, las dos derrotas de directos rivales como Barça y Atco. de Madrid, lo mismo que la eclosión de los dos equipos de Sevilla que compiten muy bien y están en la pomada. Los de Ancelotti, con un triunfo, ponían mucha tierra de por medio respecto a sus perseguidores. Los de Imanol, con tres puntos más, seguían metidos en el zafarrancho de aspirantes. Quizás por ello, los realistas salieron con más atacantes que nunca. La primera parte se disputó bajo el signo de la igualdad. Pocas ocasiones, algún merodeo en torno a las áreas y mucho respeto entre dos buenos equipos. Añadamos el espectacular ambiente en la grada y el mosaico irrepetible que sirvió para despedir al trencilla con una sonora pitada. Sin darnos tiempo a casi nada, Vinicius adelantó al Madrid en una pared con Jovic, sustituto del lesionado Benzema. No se cerró por dentro y el camino quedó expedito para el Madrid. El tanto pesó como una losa.

El equipo perdió el oremus y vio como en diez minutos le metían más goles en Anoeta en un partido que en el resto de la competición hasta ahora. Con dos goles de ventaja, el asunto estaba resuelto. Aparecieron esos problemas de los últimos partidos. Complicado encontrar el último pase y más difícil todavía lograr ocasiones de gol y goles. Ni una situación de peligro en el área de Courtois, muy sólidos atrás, y la sensación de que el rival fue muy superior y que refuerza el liderato de modo considerable. La Real se prepara para la siguiente que es el jueves ante el PSV. Más decisivo y trascendente que el de ayer. Temps era temps. El partido ante los madrileños fue una balada de otoño, un aire triste de melancolía…

Apunte con brillantina: No sé si habéis tenido la oportunidad de ver el partido Borussia Dortmund-Bayern Munich. Una pasada recomendable. Ganan los bávaros (2-3) `por un penalti apuntado por el VAR. El encuentro es un espectáculo con diez minutos de prolongación. Derroche físico, grandes jugadas de los dos primeros equipos de la Bundesliga, muy poca especulación y un arbitraje de libro de Zwayer. Queda tanto por aprender.