Seleccionar página

Cuando en el año 1966 elegí estudiar latín y griego, mucha gente me miraba raro, porque la gran mayoría del alumnado de entonces tiraba por el camino de las ciencias. Nada que discutir. Cada cual decide aquello que cree más conveniente o donde se siente más a gusto. Por supuesto, no me arrepiento de la decisión. Las primeras clases en la lengua de Homero se encaminaban al conocimiento de las letras del alfabeto. Era obligado aprendérselo de memoria y conocer la escritura de cada grafema. Entre ellos, la ómicron, la “o” pequeña, humilde, a la que no dejaron crecer porque prefirieron elegir la omega en plan más triunfalista para que fuera la mayúscula.

Ese redondel diminuto juega su papel y es importante. ¿Qué haría el cantante Nikos Ikonomopoulos si no existiera la ómicron? Las mentes pensantes de la ciencia deciden utilizar las puras e inmaculadas letras griegas para referirse a los virus que nos asolan. Primero delta, ahora…El último es algo así como el pan nuestro de cada día. A mi querida ómicron van a terminar odiándola, además de manosearla y desgastarla. ¿Qué ha hecho la pobre para semejante castigo? ¡Que es una letra y no un árbitro! Esperemos que esto acabe de una santa vez, porque son capaces de ponerle “kappa” al siguiente que nos atormente.

El panorama es desolador, porque no hay quien se entere. Conozco deportistas profesionales con los que mantengo una espléndida relación que ya se han contagiado hasta tres veces, pese a disponer de permanente atención médica, llevar puestas las vacunas, los test de todo tipo, las cuarentenas de rigor, el aislamiento, la no relación con sus cercanos y todo aquello de lo que no voy a seguir hablando. Es un horror el bombardeo informativo que no hay quien lo resista. Para que no faltara de nada, el deporte se ve sacudido. Los contagios entre futbolistas y alrededores, por ejemplo, se multiplican y asistimos al pim, pam pum, del “yo más”. Luego, están los afectados, cuyos nombres se conocen en unas partes y en otras, no. La política informativa es tan variable como el virus.

Aquí la gente se llevó las manos a la cabeza, porque los chicos volvieron y dieron positivo por decenas. Se les acusó de falta de profesionalidad, de viajar, de no cuidarse etc. Puñetera casualidad, casi todos los que colgaron fotos vacacionales en las redes sociales, estaban a disposición del entrenador ayer por la tarde. Quienes eligieron otros paisajes para disfrutar de las navidades pisaron Mendizorroza más frescos que una rosa. Es decir, los que pasaron unos días en Dubai, Paris, Nueva York, Eslovenia, etc. sólo padecieron el virus de la tarjeta visa porque volvieron en perfecto estado de revista o se recuperaron a tiempo. Otros, los primeros en contagiarse, andaban también de correrías frente al Alavés. Y los últimos deberán esperan a cumplir con los protocolos. No me consta que ninguno de ellos fuera de boda. Se ha celebrado una recientemente y a ella acudieron gran cantidad de jugadores de balonmano. Era previsible que además de probar la tarta nupcial se llevaran un regalito de recuerdo para casa. Muchos invitados han caído como chinches. Menos mal que la competición está parada que si no…

En un sector no menor de la población estas cosas conllevan un punto de morbo. Lo digo porque más de uno me preguntaba estos días si conocía quiénes eran. En algún caso, sí, pero soy muy respetuoso con las situaciones personales de los demás. Si ellos lo dicen, estupendo; pero si prefieren permanecer en el anonimato (más allá de no ofrecer pistas al rival) no seré quien traicione la confianza. Por eso, estaba muy atento a conocer qué equipo afrontaba el

partido ante los de Mendilibar, en qué condiciones físicas y con qué capacidades para romper la dinámica de las últimas semanas. Visto lo visto, ni tan mal. No faltaba casi nadie, aunque ignoro en qué condiciones estaban para aguantar la exigencia de un partido de noventa minutos. Paralelamente, seguía dos acontecimientos. Un match de tronío en Londres con el Chelsea y el Liverpool dándose en la cara sin parar. Y uno de pelota que significaba la despedida de Oinatz Bengoetxea del público del Atano. ¡Cómo cambian los cromos!. Esta vez Andoni Aretxabaleta agarró el micrófono y sin la menor vergüenza decidió cantar “El rey” No sé si como homenaje a su autor, José Alfredo Jiménez, o porque no hay más monarca en los frontones que el pelotari de Leitza, que por cierto la tatareaba por bajines. La realidad es que la grada se sumó al festejo y puso los coros (con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero…) por lo que todo quedó distendido y cercano. Fue un momento entretenido, de alegría, un oasis en medio de tanta tristura que rodea la vida de la sociedad.

Con el panorama de aquella manera, con el estado de salud y las secuelas subidos en el globo de las incógnitas, no era fácil sacar conclusiones. Si en el calentamiento se te cae uno y a los tres minutos de juego, otro, es obvio que Imanol debió hacer espiritismo, un conjuro de la queimada, equilibrio en la cuerda y rezar lo que sepa o de lo que se acuerde de los tiempos de catequesis. Pese a todo, el equipo se comportó con armonía en el primer tiempo, liderado por David Silva. De un pase suyo a Portu llegó el centro que no desaprovechó Januzaj, partidazo del belga por cierto, para poner a los visitantes por delante. En el segundo día del año el VAR sigue haciendo cosas parecidas a las del anterior. O peores. Al equipo le guindaron un penalti que pareció muy claro en la acción de Isak y luego le sancionaron con otro. Es sumamente imposible entender que las dos decisiones sean diferentes. Se nos juntaron dos artistas arriba y abajo. Ni Velasco, ni Cantarero, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Están convirtiendo el arbitraje en una hecatombe y llevan a todo el mundo a una situación de debacle.

Llegar al descanso en ventaja no era una mala noticia, pero con un tiempo por delante y con el Alavés muy necesitado, era previsible que iba a hacer falta un plus. El penalti de Joselu llevó el empate al marcador y más tensión a las gradas. Quedaba un mundo y todo lo bueno que el equipo había hecho hasta ese momento se fue al traste. Intentó ponerse por delante. El entrenador, conocedor mejor que nadie del estado de forma de su gente, fue decidiendo los cambios. Sin embargo, las cosas siguieron igual hasta el final. Entiendo que a esta hora haya un punto de indignación en el vestuario txuriurdin, pero conocemos el percal desde hace mucho tiempo. El empate, pese a lo que se pueda pensar, rompe la dinámica de cuatro derrotas consecutivas.

Ahora, con permiso de las letras griegas, de los contagios y demás vodeviles que nos acechan espero que la lesión de Ander Barrenetxea no sea grave. No se merece un disgusto. Deseo que os toque el niño (lotería), ya que el gordo se hizo el remolón y pasó de largo y deseo también que en el partido de copa que nos espera la afición se lleve una alegría. Mikel Merino reconoció al final del encuentro que querían la victoria, la necesitaban, entre otras cosas para agradecer el constante apoyo de sus seguidores. Eso no se lo arrebata nadie.