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Supongo que estáis enterados que ha fallecido  la reina Isabel II de Inglaterra y que su hijo Charles es el nuevo monarca, con 70 años cumplidos. ¿En ese país existe la fecha de jubilación? Pongas el canal de televisión que pongas, a la hora que sea, encontrarás personas hablando del óbito y sus alrededores. Horas y horas rajando, sin tregua. ¡Y lo que te rondaré!, porque quedan varios días de funerales, sepelios, tronos y duelos. No sé si quebrantos. Quizás contagiado por tanta abrumadora información, decidí, a la hora del partido, ponerme en plan british y aprovechar para tomar un té en honor a su Graciosa Majestad. Lo de majestad lo entiendo, lo de Graciosa, no tanto. Debe ser un tema de protocolo.

En el armario en el que guardo las tisanas, manzanillas y demás, hay unas cuantas infusiones de té. Color rojo, verde, Ceilán, con limón, jengibre y alguna más. Lo que me sorprende es que apenas los consumo y no sé por qué guardo tantas bolsitas. No quise mirar las fechas de caducidad, porque seguro que están requetepasadas. Desde los tiempos militares en Ceuta en los que solíamos merendar té con leche (americano) y galletas inglesas, habré tomado media docena de tazas. Hasta ayer que decidí hacerme uno templado, acompañado de unas pastas finas de una acrisolada pastelería. Lo que si os aseguro es que no estiré el meñique izquierdo en plan laitier.

Supongo que nuestros chicos no tomaron el té en Manchester, pero lo dieron y de qué manera a la feligresía local. Esperaban otras cosa, seguro, pero entre lo que le pasó a su reina, el partido coriáceo del rival y el penalti trasformado se quedaron cabizbajos, meditabundos y dándole vueltas al rulo del flequillo. En frente, día histórico, con abrazos por doquier, caballitos, emociones controladas y jugadores que se encontraban por primera vez en su vida en un estadio de semejante calado y ante un rival de campanillas. Se trataba de saber si Imanol les iba a devolver a la realidad y se ponían de nuevo las pilas en un campo en el que ganar es una conquista. En tres días pasamos a la frustración, después de un primer tiempo bastante atolondrado.

Iem más si todo te da la espalda desde el principio. Primero, el insoportable calor; luego, un arbitraje tan casero que en algún momento pensé que subía a rematar un corner; más tarde un penalti, que no califico, con parada de Remiro, seguido de la lesión de Sadiq con una torsión confirmada de su rodilla derecha. Finalmente, el pan de molde del sándwich. La primera rebanada, un golazo de falta de Enes Unal ya en la prolongación y otro de Aleñá recién inaugurado el segundo periodo. Es decir, todo patas arriba con muchos minutos por delante. Casi sin respirar, otra sabrosa ración de pulpo a la gallega con un cabezazo de Brais Méndez espectacular a pase de Momo Cho.

Quedaba tiempo de sobra para, al menos, nivelar, pero como la fortuna no lleva los colores del equipo, un cabezazo de Merino se fue al travesaño y las demás se quedaron en el camino. El Getafe se atrincheró en su zona, explotó sus características hasta decir basta y la Real no jugó bien. Creo que le faltaron fluidez, frescura e ideas. Podía pasar tras la sobredosis de esfuerzo en Old Trafford. Pese a los cambios que trataban de dar oxígeno, la sensación fue otra muy distinta. Hay equipos que suelen atragantarse. El Getafe es uno de ellos. Cuando lees que no han ganado todavía ningún partido, que si patatín, que si patatán…¡A temblar!

Como el calendario está comprimido por el mundial qatarí, como no hay tregua, ni descanso, se amontonan los partidos, los esfuerzos y el riesgo de las lesiones. La enfermería empieza a contar con demasiados inquilinos para cosa buena. Esa es la principal dificultad, gestionar los tiempos y los esfuerzos. Pese a que Mikel Merino declarara al final del encuentro que no hay sitio para las justificaciones, creo sinceramente lo contrario. Hay una parte física y otra mental. Creo que la segunda, que no es medible, juega un papel determinante.

Apunte con brillantina: Lunes, 12. Más allá de la derrota, siento una especie de liberación. Comienza el nuevo curso. Los niños, a clase; los papás y las mamis, a llevarles y traerles. Desaparecen los decibelios de los altavoces que suenan para tres provincias en las fiestas de cada pueblo, las muchas noches de insomnio, el calor insoportable, las invasiones de mosquitos tigre (eso espero) el trajín del tráfico, las colas kilométricas, los atascos, las lavadoras a las cuatro de la mañana… Comienzo las vacaciones, después de un calvario de tres meses y de un domingo en el que mis colores favoritos, desde el punto de la mañana hasta la noche, acabaron mustios. Podéis pensar que, a lo visto, estaba deprimido y me fui a la cama con un té. ¡Pues, no!