El beaterio: De Piqué a la Caballé

Los que me conocen saben de sobra que soñaba con hacer dos entrevistas largas, de las de una hora con mesa y micrófono, a dos personas cuya profesión no se relacionaba. Coincidían en que ambos eran catalanes. Ella se dedicó al bel canto, una soprano de primerísimo nivel, eso que llaman diva y que atendía por Montserrat Caballé. Vivía en un mundo al que no accedemos la mayoría de los mortales. Transmitía tanta calma como poderío y firmeza sobre el escenario. Le descubrí en una entrevista (1990), toda en francés, en un programa de Antenne 2 que presentaba Frédéric Mitterrand, luego ministro de cultura, en donde reinaban el respeto y la serenidad.

Justo lo contrario que el otro anhelado reto. Era futbolista en activo hasta hace un par de días, con una carrera monstruosa, plagada de éxitos, victorias, títulos y números inalcanzables para casi todos los que se dedican al mismo deporte que él. Hablo de Gerard Piqué. Casi que me daba igual como central de una defensa. Lo atractivo está dentro de él, inteligente hasta decir basta, osado sin miedos, irónico y un punto provocador y, sin ser modista, jamás una puntada sin hilo. Pisa fuerte, con los tacos de aluminio bien anclados en todo lo que ha emprendido y que ahora será su principal ocupación. Del césped a la moqueta. Estoy seguro que en esa hipotética entrevista no hubiéramos hablado casi nada de fútbol.

Transmite una fortaleza mental a prueba de bombas, pero es capaz de rendirse ante las emociones. Le vimos llorar en la multitudinaria despedida con su gente. Blaugrana inquebrantable sin claroscuros. Nieto de Amador Bernabeu, vicepresidente del Barça con presidentes anteriores, lleva en la sangre los colores que ha defendido, sin desconocer que el club está siempre por encima de las personas. Esa visión es aplicable a muchos futbolistas de distintas latitudes. Entre ellas, en la que nos movemos. Han existido momentos en los que no han faltado ni líderes, ni referentes. Otros, en cambio, han sido de ayuno y abstinencia. El gran público les conoce de sobra y no necesita ver que besan el escudo de la camiseta para valorar que defienden en la misma trinchera. Por eso, cuantos más jugadores de casa compartan vestuario, más fuertes serán los cimientos del estilo de club que defienden.

Luego, existen millones de jugadores que aterrizan en los equipos, de cuyo rendimiento, simpatía y sinergia con la grada depende el cariño del público. El camino está plagado de ejemplos. Sucede parecido con las actuaciones arbitrales. No voy a entrar en la jugada que supone la expulsión de un futbolista antes de los veinte minutos de juego. Estoy harto y aburrido. La pasada temporada, contra el mismo rival, se fue a la calle por la decisión de otro colegiado andaluz.

Hace tiempo que convivimos con un problema y que, mientras el CTA no meta mano, seguirán decidiendo los que no arbitran el partido. El día que Dembelé le puso al pobre Aihen la nariz como la porra de la sota de bastos, el señor de los monitores pasó de largo. En la última que nos salpica, comportamiento sibilino. Llamadita y a la calle. Así una y otra y otra y las que te rondaré. ¿A eso se le puede llamar trampear? Van de divos, desafinando de lo lindo en el primer gorgorito que intentan, desprestigiando al colectivo y perdiendo la credibilidad de la gente del fútbol y de los futbolistas que es a quienes pertenece la competición.

El empate premia el enorme esfuerzo de un equipo que sigue siendo ejemplar. El match se le puso de cara, jugando más y mejor que su rival, pero le cortaron de raíz cualquier posibilidad de seguir el trazado previsto. Como la vi venir, decidí no ver el encuentro en directo. Cambié de canal y elegí el Aston Villa-Manchester United. Era el debut de Unai Emery como técnico de los villanos. A su lado, Paco Ayestarán, curtido en mil batallas del fútbol inglés. Dos técnicos guipuzcoanos en la corte de Birmingham.

Ganaron 3-1 con una solvencia exquisita a un equipo en el que repitieron muchos de los que jugaron el jueves en Anoeta. Felizmente, para ellos, allí los árbitros son los que pitan, dirigen y gestionan el juego. No hay problemas añadidos para los protagonistas. Los otros, los que ven el monitor, intervienen a cuentagotas. Aquí, a lo visto, no interesa ese perfil. Aunque se pongan peluca y se maquillen los ojos rasgados nunca serán Cio-Cio San, la geisha de Madame Burtterfly, ni un central como la copa de un pino, despedido con honores de leyenda.

Apunte con brillantina: Pablo Turrientes no jugó ante el Valencia, pero estará contento porque gente de su familia, de la beasaindarra carnicería Olano, ha vuelto a ganar el concurso de morcillas. Noveno año consecutivo.  Las bordan. El establecimiento que regentan está lleno de txapelas y fotografías que acreditan la tradición y el éxito. Gente amable que cuida a su clientela. Hoy pasarán a saludarles y darles la enhorabuena y a rajar de la jugada de Aritz que, también, es de Beasain. Pese al éxito, jamás se les sube el pavo. No son ni Piqué, ni la Caballé, pero cautivan desde hace décadas y se puede ser muy grande con la manttala puesta. ¡Zorionak!