Tengo una pregunta, o varias, que hacer

¿Por qué nos tienen tanto paquete? ¿Por qué nos atropellan? ¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Por qué son tan injustos? ¿Por qué nos guindan puntos que son nuestros? ¿Por qué perdiendo la vergüenza no se ponen coloraos? ¿Por qué? A la Real le timaron ayer dos puntos. Le pitaron dos penaltis que no se sostienen, indefendibles. Por una de esas manos que según dónde, quiénes y cuándo se sancionan o no. Y el siguiente, un caído en el suelo, sin la menor opción de jugar el balón que impide el paso de un jugador que de ningún modo pretendía molestar. ¡No se sostiene!

Este era rubito melocotón, desenfundando como Billy el Niño. Tardó poco en mostrarle la amarilla al debutante como titular. Urko González de Zárate fue neutralizado desde el principio. En cambio, el autor del gol del empate debería haber estado en vestuarios bastante antes del remate que sentenciaba la tropelía. Por cierto, la próxima vez que encuentre a Javi Gracia le debo preguntar si en sus entrenamientos se ofrecen clases de arte dramático. Medio partido por los suelos al mínimo contacto. Por un momento pensé que estaban interpretando Las Espigadoras en el cantable de La rosa del azafrán: ¡Ay, ay, ay, qué trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse a agachar! Son tantas las preguntas que necesitaría media docena de beaterios para enlazar todas.

Cuando la Real se enfrentaba al Manchester United, los sesudos decidieron que el partido de Anoeta se disputaba en Turín, porque los ingleses no sé qué. No ha pasado demasiado tiempo desde entonces. La pasada semana, el propio equipo británico jugó en Los Cármenes y el Liverpool, en Valdebebas, lo que pone de manifiesto el despelote organizativo, vírico, testarudo y chanfainero de las organizaciones que mandan. O los ingleses han dejado de serlo, o la viudedad de su graciosa majestad les deja perplejos, o quienes nos enviaron a nosotros al Piamonte deben hacer cola en cualquiera de los vacunódromos al uso para que les inyecten una buena dosis. En lugar de Zéneca, un poco de Séneca. Les vendrá bien.

Será bueno saber por qué, después de tanta intensidad no llega la calma. Antes de la final, el ambiente estaba burbujero, chisporroteaba todo, los nervios se descontrolaban y no se hablaba de otra cosa que no fuera del partido cartujano. Se jugó, se ganó, se celebró de aquella manera y desde entonces ¡plaff! o ¡ploff! Estábamos como la marea baja, sin apenas oleaje, relamiéndonos de gusto como los gatos, pero poquita cosa más. El partido del miércoles puso de manifiesto que los dos equipos estaban muertos, agotados en lo físico y en lo mental. Las lesiones del primer periodo no fueron casualidad, como tampoco el ritmo de juego, el trajín del balón y la ansiedad por ganar. Además de lesionados, añadimos sancionados a pares y cuatro días después otro compromiso, no menor.

En el partido de la primera vuelta el Valencia se llevó demasiado premio para lo que el encuentro dio de sí. La cita de Mestalla contó con parecida resolución, tan injusta como aquella. Con un equipo confeccionado a su manera, con mucha gente del filial en la convocatoria y con las dudas que generan los obligados cambios, el equipo fue capaz de jugar ordenado, a su ritmo y marcar dos goles, ajustaditos al palo, con la izquierda, y muy esperanzadores para la suerte final del partido. Entre Guevara e Isak se repartieron el botín que luego compartieron en abrazos con sus compañeros. No sé lo que pudo decirles Imanol en el vestuario, pero lo intuyo. Era obligatorio seguir al mismo nivel, sin perder la concentración, a sabiendas de que algo podía suceder. ¡Y sucedió, claro! ¡Faltaría más!

El partido iba de cara, pero se torció. Más bien, lo torcieron. Los de arriba y el de abajo que no da una. El equipo está educado en la no confrontación. Ni una mala palabra, ni un mal gesto. Las palabras de Ander Guevara, al que se le estaban revolviendo las tripas, dejaron claro que es mejor callarse que entrar en polémicas que te pasan factura posterior. Aunque, visto lo visto, da igual. La jornada podía haber sido redonda, pero… Hasta el final del campeonato vamos a convivir con situaciones como ésta. El partido que protagonizó el gasteiztarra fue un ejercicio de sabiduría con el balón y la cabeza, eligiendo siempre la mejor opción y ejecutándola con acierto. Merecía mejor premio que el disgusto, porque supongo (visto lo visto) que el punto sabe a poco tal y como iban las cosas.

Vuelvo a las preguntas. ¿Alguna vez los comités de turno nos darán la razón en algún recurso por las tarjetas? Como consecuencia de las mismas y de las lesiones, faltaban un montón de jugadores. El técnico debió tirar del Sanse que jugaba en Calahorra un partido muy importante para sus aspiraciones. Comenzó perdiendo, pero en el segundo tiempo le dio la vuelta con dos golazos de Petxarroman y Karrikaburu y a través de un juego formidable. Los de Xabi Alonso pintan bien y están más cerca de alcanzar el nuevo objetivo. La simbiosis entre los dos primeros equipos masculinos de la entidad está ofreciendo excelentes resultados y no me refiero a los tanteadores, sino a la capacidad de rendimiento de unos y otros, sean las circunstancias que sean. Eso es una evidencia.

Lo mismo que el Real Unión. No voy a hablar del equipo unionista sino del de Tajonar. Los irundarras competían contra el filial osasunista. Por lo visto, la autoridad no permite que se utilicen los vestuarios para ducharse después del partido. Es decir, se tolera la presencia de aficionados en la grada, pero no el uso de agua y jabón. En el descanso, el utillero repartió en mitad del terreno camisetas a los jugadores para que se cambiaran. Y al final del encuentro, sin lavarse, todos al autobús. No quiero pensar a qué podía oler y qué se podía respirar. Una manada de jabalís, con perdón, comparado con un equipo en esas circunstancias transmite mejores aromas. Ya os he dicho que se acumulaban las preguntas y que las respuestas se harán de rogar, incluso alguna no llegará nunca. En resumen, un puntito que añadir a los conseguidos, pero con el periscopio bien puesto, tratando de controlarlo todo. Se intuyen marejadas en las jornadas que faltan para certificar el objetivo.

 

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