El 23 de abril de 2015, hace apenas seis años, cargué los micrófonos camino de Ezkio para hacer uno de esos programas de radio que compartía con deportistas de la zona y que escuchan los oyentes de Onda Vasca. El lugar elegido era el Argindegi Ostatua. La culpa, como siempre que iba por esa querida zona, fue de Juanjo Aranburu.  Regenta en Zumárraga la ATA Harategia Urdaitegia. Una carnicería espléndida situada en la Plaza de los Leturia muy cerca del campo de Argixao en donde priman los productos de la tierra, repartidos por unas vitrinas a las que se van los ojos. Te guste o no te guste. Si algo me amarga de esta pandemia es no poder moverme a mi antojo a esos lugares en donde viven personas que merecen la pena, visitarles y recuperar el tiempo de la normalidad.

Aquel día vinieron, entre otros, dos jóvenes ciclistas, amateurs. No nos conocíamos de nada y aquel encuentro era el primero. Eran dos chavales tímidos,  entre cortados y asustadizos. Eriko Mujika y Alex Aranburu. Los dos soñaban con lo mismo, con llegar algún día a ser profesionales. Me puedo equivocar, pero creo que entonces Eriko corría en el Ampo y Alex lo hacía en el Murias antes de que el equipo diera el paso al frente.

En la hora de radio no ocultaron el paisaje idílico en el que les gustaría vivir. El corredor de Itsasondo decidió años después apearse de la bicicleta y Aranburu siguió el camino. Creyó en sus fuerzas y fue dando pasos en la buena dirección. Pasos cortos, pero intensos. Encontró su sitio por sus méritos y con la ayuda de quienes han creído que era un diamante en bruto. Seguro que si en aquella conversación, la primera entre ambos, le digo que va a ser profesional en el Murias, Caja Rural y Astana, me hubiera llamado loco. Y si le añado que le iba a ver  disputar un Tour de Francia, seguro que el asombro le dominaba. Sus ojos no engañan. De color verde, trasmiten atención, concentración. Hablará poco, pero la mirada lo dice todo.

No sé lo que ha podido pasar por la cabeza de este chaval humilde y trabajador, que se ha levantado todas las veces que se ha caído, sin tirar la toalla. A lo largo de la ronda francesa, nos hemos ido cruzando mensajes. Le animaba todo lo que podía, para que aguantara lo indecible, pero para un ciclista (me lo han dicho muchos) no hay nada más grande que llegar a Paris, a los Campos Elíseos y llenarse de buenas sensaciones. ¡Lo conseguí! Es algo más que un grito.

En esas etapas pirenaicas, eternas, sin respiro, aprendió a sufrir más todavía. Por la noche, cuando encontraba un espacio y tiempo, escribía “Epa, Iñaki, Uff, he tenido que sufrir mucho pero, al menos, estamos aquí. Muchas gracias por todo”.

Es el momento de cruzar los dedos. Ansías que no le suceda nada malo hasta el sprint final. Ese espíritu de combate lo lleva en la sangre. No le quedaban fuerzas ni para sentarse en el sillín. Conocía París de haber estado de vacaciones, pero no había entrado nunca montado en bicileta. Todos hablaban de Cavendish, del récord que quería batir. Los Jumbo Visma peleaban por evitarlo, quería que Van Aert lograra esa victoria de prestigio. Evidentemente, nadie se preocupaba de Alex.

Decidido y convencido, lejos de pasar y pasear por la avenida de los Campos Elíseos, se la jugó como tantas otras veces y peleó como un jabato. Volvió a situarse entre los diez mejores, como sucediera en las llegadas de Carcassonne y Saint Gaudens. Atrás quedaban las primeras etapas, aquellas en las que se jugaban las pestañas. Se amontonaban las caídas, las salvaba como podía, pero seguí. Una de esas jornadas, en las que el pelotón se llevó leches por todas partes, ponía a prueba la capacidad de resistir de todos los participantes. ¡Vaya locura de día!, me decía una noche en tierras de Bretaña.

Aquel día de Ezkio, sin el dietista a su lado, dio cuenta de un buen picoteo, con ensalada de bogavante y un solomillo con salsa de oporto, antes de liquidar un bol de fresas con nata. Seguro que cuando, ahora, vuelva a casa y suba la empinada cuesta, hará carantoñas a sus perros con los que se escapa a meditar por los campos, y se abrazará con la familia y dará buena cuenta de la espléndida cocina del caserío. Me encantaría vivir ese momento por escucharle, por sentir la pasión con la que contará todos los sucesos del camino, las emociones y lo que significa correr al lado de los mejores.

Han pasado seis años desde nuestro primer encuentro. Alex es hoy un profesional como la copa de un pino, que todavía no ha cumplido 26 años y que en el horizonte sigue habiendo retos que alcanzar. No dudo lo más mínimo de que lo intentará con todas sus fuerzas. Más allá de la pasión, pedalea como un volcán en erupción.