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Lo primero, y antes de hincarle el diente a la realidad de nuestros mundos, quiero agradecer a la dirección de este diario, Noticias de Gipuzkoa, su confianza. Ello me concede, en esta nueva temporada,  la oportunidad de seguir en contacto con todos vosotros. Espero y deseo fervientemente que sea más normal que las precedentes. Añoro la vuelta de todos al estadio, a las gradas. Añoro el guirigay marchoso, el ambiente  colorista  que tanto echamos en falta desde que pusieron un virus en nuestras vidas.

Contado esto, algo así como para entrar en calor, trato de resumir un verano que ha estado caliente a reventar. No ha faltado el runrún de fichajes de futbolistas que iban a venir y que no han llegado. Cuando necesitábamos un guardameta sonaron unos cuantos nombres. Al final, la realidad nos trajo a Maty Ryan que se recupera de un trajín quirúrgico. Luego, el vaivén del lateral izquierdo. Cada vez que se hablaba de alguien, le seguía en la cuenta de instagram por si decía algo. Nada, ni uno. Solo al final llegó Diego Rico que también se recupera de un trajín menos quirúrgico. Quiero conocerle. En cuanto pueda voy a tratar de saludarle. Es un piscis como yo que nació en Burgos y que cuando vaya a ver a los suyos, aprovecharé para encargarle unas morcillas de arroz, de las de casa Ojeda y otras golosinas formidables de esa tienda. Desde que no viajamos, no paso por allí. Cuando paraba, me dejaba medio sueldo en la planta de abajo y en la de arriba, donde el horno hace maravillas con los corderos y lechazos.

Después que si Willian José, que si Januzaj, que si Isak, que si Aihen, que si Carlos Fernández, el pobre chico al que le toca esperar para volver a hacer lo que más le gusta. Mucho ánimo, campeón. Y todo esto en medio de un panorama sin un euro en las arcas de los clubes. Los fichajes han ido a cuenta gotas. Todo el mundo quiere vender y no hay quien compre. En esas estábamos cuando la Liga se sacó de la chistera dos mil millones de euros de unos fondos de inversión que han montado un pollo de dimensiones estratosféricas. Como soy de letras, no entiendo nada y si leo a los que saben me quedo como estaba.

Todo hacía presagiar que con esa pasta Messi se quedaba, pero…el 5 de agosto de 2021 a eso de las ocho de la tarde, el Barça confirmó que se rompían las relaciones y que el “10” abandonaba la entidad. Jornada histórica, porque ese mismo día el motociclista Rossi anunció su retirada y un chico de 18 años ganaba una medalla de oro escalando paredes en la olimpiada de Tokio. Es decir que, cuando todo el mundo daba por hecha la continuidad del capitán, la noticia hizo añicos los pronósticos y especulaciones. Un día después una catarata de lagrimones y en nada, en un si es no es,  un nuevo contrato de dos años con aires parisinos. Es decir, del Llobregat al Sena. Lo primero que sentí fue un alivio. Dije para mis adentros “Este ya no nos mete un gol ni nos alborota el gallinero”. Pensé en Imanol, una pesadilla menos para él. Y pensé también, y mucho, en Antoine Griezmann. ¡Qué queréis que os diga. No ha sido fácil su travesía!

Llegábamos, por tanto, al Camp Nou para afrontar el primer partido oficial sin el argentino en el bando contrario. ¿Cómo iba a reaccionar el público? ¿Y los nuestros en un ambiente tan raro después de semejante shock traumático? Hasta el último minuto en el que Piqué se bajó bastante el sueldo (eso dicen), la LFP no inscribió a los jugadores que pretendían. Me ha parecido una chapuza el modo en que se han hecho estas cosas. Por cierto, al central le faltó tiempo para abrir el marcador y poner de manifiesto que la Real salió al campo atolondrada como lo demostró en la jugada de balón parado.

Colgada la medalla olímpica del cuello de nuestros tres adalides, cansados y ojerosos, sin unos cuantos jugadores más por culpa de las lesiones, las precauciones, etc. tampoco era fácil adivinar por dónde le iba a soplar el aire al técnico de Orio y, tanto como le gustan las traineras, saber si en el sorteo de calles el viento, la marea y las corrientes nos iban a servir para ganar la bandera a la que aspiramos desde hace tres décadas. Pese a la ausencia del argentino, los catalanes sacaron réditos de todo el oleaje. Pancartas contra el presidente, los aficionados muy entregados a la causa del equipo y los futbolistas muy conscientes del papel que debían desarrollar. Así puede entenderse que la Real se perdiera entre la humedad del ambiente y una cierta falta de tensión. Antes del descanso, llegó el segundo local con la connivencia de un árbitro, casero a reventar, y un inquilino en el VAR para que no se nos olvide. El gol no debió subir al marcador porque hubo una falta como la copa de un pino.

¿Qué nos quedaba? Para empezar un par de cambios, tratando de conseguir ese grado de intensidad necesario para volver a un partido en el que prácticamente el equipo no estuvo en el primer tiempo. Cuando los culés marcaron el tercero, la sentencia estaba dictada. Por momentos, la situación me recordaba el debut de Romario, también en el primer encuentro de liga, cuando el brasileño nos enchufó un hattrick.

Felizmente, no bajar los brazos es una de las virtudes del cuadro txuriurdin. Ni dentro, ni fuera del terreno de juego. Concluir el partido con Barrenetxea, Bautista y Lobete en punta es un acto de valentía y confianza. El debut del futbolista de Lezo vino acompañado además de un gol de bandera, tan imponente como el de Oyarzabal. En un par de minutos, la Real vio cerca la remontada. Y Koeman, también. Sacó a un central, Lenglet, para defender. ¡Quel scandale!. Todo, antes de encajar el cuarto a la contra y cerrar la arrancada del campeonato. ¿Nos queda veranito?