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Da la sensación de que nuestras calles están atiborradas de visitantes. Quizás, porque ha pasado mucho tiempo desde la antigua normalidad, parece que ha venido más gente que nunca. Coincidía con un antiguo concejal donostiarra hace unos días. Volvía con su señora a casa, desesperados, sin encontrar una sola mesa para sentarse a tomar el aperitivo. ¡Petado es poco!. Le añadí que tampoco hay pisos para alquilar, sitios para aparcar, restaurantes en los que comer o cenar, y actividades en las que no haya que hacer cola, o disponer de un trifásico si quieres asistir a algún evento. Es probable que este paisaje corresponda a unas poblaciones y a otras no, pero no hay tregua en los pueblos costeros.

Al hilo de todo esto añado que, además, los grupos de visitantes los integran muchas personas. Padres, madres, abuelos, hijos, nietos, y… perro. El jueves salió un día formidable. Solazo, temperatura agradable y cita para un menú. Suelo llegar pronto a los sitios en los que quedo, porque si hay algo que detesto es no ser puntual. De camino, esperaban en una parada personas mayores, canosas, alegres y entretenidas. De repente, llegó el autobús que les recogía. Un pedazo trasto imponente, con letras soberbias en las que se leía “Miguelturra”, esa población de Ciudad Real, cuyo equipo de fútbol (Miguelturreño) milita en la nueva 3RFEF. Ni el Bayern de Munich se mueve en un vehículo así, entre verdes y negros. Limpio, impoluto. ¡Aupa Reño!, el grito de guerra de su ilusionada afición. Quiero con ello decir que la gente se mueve con más o menos libertad, buscando el fresco norteño y huyendo del sofoco insoportable.

Jugaba el Rayo Vallecano ayer en Anoeta. Ni medio seguidor visitante en las gradas. Quizás uno. Si las cosas no cambian, tampoco al partido de vuelta accederá la feligresía txuriurdin. Y en casa, a cuenta gotas y por sorteo. En el partido de ayer entre el Arsenal y el Chelsea no entraba un alma más. En el encuentro de la Supercopa alemana entre el Borussia y el Bayern, por cierto espectacular, las gradas estaban hasta la bandera. Se celebraban los goles como siempre y se animaba como nunca. Un pedazo de partido, con dos delanterazos como Lewandowski y Haaland. Éste me vuelve loco. Es un huracán inaccesible al desaliento. Con uno de estos en nuestra filas ganamos hasta un concurso de cascabeles.

Compartí la comida a la que me refería con un conocido entrenador de fútbol. Hablamos de Imanol. Nos sorprendieron, a los dos, las últimas comparecencias del técnico en las ruedas de prensa. Entendimos que hay un porqué que tratamos de descubrir sin acertar. Hace unos días coincidimos en el estadio. Le encontré bien, simpático, daba la sensación de estar contento (aún no había jugado contra el Barça), pero las posteriores declaraciones me dejaron un poco (o un mucho) aturdido. Probablemente, le encantaría que sus jugadores fueran como ese rubio vikingo que me traspone. Un tormento de nombre Erling que agota a las defensas rivales, las balda y muchas veces las descompone. En ese encuentro, ni un pase horizontal, ni un respirito. Nada. Pim, pam, pim pam. Ese fútbol me sigue enamorando, entre otras cosas porque no me duerme. Por un momento creí, sobre todo en el primer tiempo, que el Rayo se había hecho con el autobús de Miguelturra para situarlo delante del meta Dimitrievski. Es obvio que, los de Andoni Iraola vinieron a hacer su partido. Las ideas claras y el chocolate espeso. Defender y defender hasta que el contrario se desenganche. No lo hizo la Real, salvo en el inicio del segundo tiempo en una jugada que, de milagro, no fue gol forastero, con Merquelanz dando un pase divino que no se debe desaprovechar..

Era lo que buscaban. Si podían adelantarse en el marcador, al rival le iban a entrar las prisas. No fue así. Las ocasiones se fueron sucediendo. Entre los palos, las paradas del meta macedonio y el punto de mira torcido de los nuestros, el balón no terminaba de entrar. Éste llegó desde el punto fatídico. El árbitro decidió que la acción de la mano de Baillu era penalti. Nadie le desdijo. En esa jugada Le Normand se llevó un tarantantán y quizás brotó un poco de la sangre que añora su entrenador. Hasta que Oyarzabal disparó a puerta pasó bastante tiempo. Al capitán no le pone nervioso nadie. ¡Bueno, quizás cuando alguien le pregunta si de la habitación de Tokio se trajo un edredón de recuerdo!

Lo lanzó con donosura, donaire y galanura. Precioso golpeo que sube al marcador y deja tres puntos en el talego. El equipo, por ocasiones, debió ganar con mayor amplitud y sufrir menos. Lo querían celebrar con la grada. Lo necesitaban. Por ahí se puede entender que el público se entregara a la causa txuriurdin desde el pitido inicial y que los jugadores compartieran con ellos la victoria. ¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaban las dos partes de esa comunión!. No les importó retrasarse. Si no cogen un autobús, ya se subirán en el siguiente. No es lo mismo desplazarse cerca que pegarse una pechada de kilómetros como si viajaran a Miguelturra.

Seguimos viviendo en agosto que no es un mes para correr ni jugar al fútbol, pero…manda quien manda. Los equipos no están para mucha cohetería hasta tal punto que, cuando escribo estas líneas, se puede comprobar que ninguno de los conjuntos que han disputado sus encuentros ha sido capaz de marcar más de un gol. Está la maquinaria sin engrasar. Dentro de una semana, nueva cita y otro equipo de esos que se atasca, se atraganta y que sabe cómo tocar las polainas del rival. Otro examen parcial que afecta a la nota final. Se lo saben todos de memoria, aunque como dijo el presidente Aperribay en la última comparecencia  hay gente que no entiende nada. ¡Pues, eso!

Nota: Este artículo se publica en el diario Noticias de Gipuzkoa en la edición del lunes 23 de agosto,