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Normalmente a la hora de analizar un partido de fútbol, o de cualquier otro deporte, valoramos las cosas según el resultado final. Más aún, se destacan los goles, los futbolistas de vanguardia, las jugadas de escuadra y cartabón. Si es deslumbrante la actuación del portero, se reconoce, pero rara vez el trabajo de los defensas y la contención general del grupo ante las embestidas rivales. Ayer el equipo dispuso de más ocasiones para ganar que el oponente, pero terminó el partido de pie, sin que le metieran un solo tanto y demostrando la capacidad de frenar a una corte de jugadores internacionales y a un club plagado de recursos.

No perder ante estos equipos de Champions es un mérito y aquí se aplaude después de dos partidos en cuatro días ante conjuntos de talla y con plantillas largas que no consiguen doblegarte. Si el jueves el punto me pareció estupendo, el de ayer también. Los de Lopetegui no disfrutaron. Sufrieron más de lo previsto en el primer tiempo y, si la Real cuenta con una brizna de fortuna, vuelven al vestuario perdiendo. Por cierto, el de Asteasu no escatimó elogios a todo lo que es en este momento el club cuya camiseta defendió hace unas cuantas mareas.

Cierto es que el equipo dispuso de una ocasión formidable con el penalti que Bono adivina a Mikel. Nada que reprocharle. Bastaba escuchar a Mikel Merino hablar de su compañero para entender lo que es y significa en esa plantilla. Reconocía todo lo que aporta al equipo, con y sin balón, la generosidad y entrega. Al final, valores. Lo entendió así la grada. Si las imágenes que proporcionaba el dron eran espectaculares, mucho más el momento en que Oyarzabal se dirige a la grada al acabar el partido. No hace falta preguntarle nada. Basta con verle la cara para saber cómo lleva la procesión. El público está de pie, le aplaude con todas sus fuerzas. El capitán se quita el polo de jugar y se lo da a un niño. Probablemente había escrito en una cartulina «Mikel, quiero tu camiseta». Ese gesto le honra. Haciendo de tripas corazón el chaval fue feliz. Así se explica que los críos le quieran tanto y le admiren.

El propio Merino, otro dechado de compromiso, habló de Sorloth cuando le preguntaron sobre él. Ya os he dicho que ese tipo de delanteros me trajina. Merece la pena pagar la entrada solo por la cabalgada que se pegó al principio del partido. Si llega esa jugada a terminar en gol, disponía ya del título para este beaterio: «Galopa y corta el viento», como la letra de Mi jaca, la canción que cantaba como ninguna Estrellita Castro. El noruego apunta maneras, buena pinta, y seguro que va a aportar muchas cosas al grupo. Falta va a hacer, porque como sigamos perdiendo jugadores en el camino, además de desplumar al Sanse, Imanol se va a volver tarumba para poder elegir un equipo competitivo. A la hora de escribir desconozco el alcance de los problemas de Isak pero, si el asunto va más allá de lo debido, en Granada sale el C.

Menos mal que el entrenador es poco miedoso. Lo mismo le da, que le da lo mismo, tirar de un veterano con experiencia que de un joven barbilampiño. Si les dices, hace unos meses, a Cristo Romero, o a Lobete, o a Sergio Valera que iban a jugar contra el PSV o el Sevilla, pensarían con razón que estaba majara. La realidad, que es testaruda, demuestra el valor del técnico, el arrojo de los futbolistas y la capacidad de quien los contrata para el proyecto coral. La respuesta que están dando los jugadores de los equipos filiales cuando les toca pechar con jugadores de primerísimo nivel es excelente. Y entre una cosa y otra son unos cuantos. La pelea del Sanse en La Romareda fue tan espectacular como la de la Real ante los de Lopetegui. Y eso les honra.

Tan espectacular como el partido fue el comportamiento de la grada en el estadio. Y no me refiero a la mascarilla, al botellín del agua, a las petacas con moñono, al abanico para aventar pasiones, a las bufandas y demás sortilegios, sino al empuje, al alma que le echaron para ayudar a los suyos en los momentos de bonanza o de dificultad. Felizmente, qué lejos están los días de silencio desolador, con los portones del estadio cerrados. El color de un partido con aficionados leales, que no escatiman un solo esfuerzo para sumar, no se paga con dinero. Fue precioso el espectáculo.

Suelo quitar la voz de los comentaristas para no enfermar, ni flagelarme con el cilicio. Elijo, mientras exista la oportunidad, el sonido ambiente que es mucho más gratificante. Por eso, valoro todo lo que pasó alrededor del césped. Es precioso cotejar las acciones, escuchar la presión, los cánticos dedicados al colegiado «Árbitro, qué malo eres» y tantas cosas que lo pintan todo diferente. Son como un volcán en erupción y no me refiero al de La Palma que se ha puesto farruco. La gente está loca por volver a los estadios, a los recintos donde juegan sus equipos, y a comportarse como partisanos a machamartillo.

Como aquí no hay tregua, el jueves otra vez al tablao. Esta vez en tierras de Boabdil, en Los Cármenes de Granada, allí donde el equipo femenino logró su mayor conquista. Se trata ahora de visitar la enfermería, recetar calmantes, recuperar heridos (si se puede) y disponer una alineación que facilite el cuerpo a cuerpo, porque se intuye un partido como el de ayer, es decir, serio y de poder a poder. Como veis, hasta el momento, no he hablado ni de pintxos, ni de raciones, ni de nada que se refiera a la gastronomía, salvo el moñono de las petacas. Prometo una vueltita virtual por esas tascas de croquetas endemoniadas que saben a gloria bendita en tierras de María Santísima. ¡Soy tan devoto!

Apunte con brillantina: La temporada de remo concluye. Espléndido ascenso de Getaria. Me alegro por ellos, por todo lo que han pasado esta temporada. Se merecían una alegría. Varios ciudadanos de la ciudad en la que vivo me preguntan que, si Hondarribia hubiera ganado también la Bandera de La Concha como las chicas de Arraun (zorionak para ellas), hubieran hecho el paseíllo y el saque de honor conjuntamente. Así, sin más.