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Desayuno casi todos los días con señoras que se dedican a remendar las redes de los barcos pesqueros. Hasta que no convives con ellas y les escuchas, desconoces absolutamente la realidad de su trabajo. Los pescadores están en sus manos. Cuando salen a faenar el objetivo es conseguir la mejor captura posible. Nada puede fallar. Las redes se rompen, se enganchan, se destrozan. Desde alta mar, a la hora de la madrugada que sea, llamada telefónica de un patrón anunciando que llega a no sé qué hora con bastante avería en las mallas de pesca. Como no es una sola embarcación, el trabajo se les acumula y las presiones de los afectados no cejan, porque dependen de ellas para poder zarpar de nuevo. Es un sector, un grupo de mujeres, a los que probablemente no se les reconoce el trabajo y el esfuerzo. Esta gente no pone excusas encima de la mesa, para no realizar su trabajo de manera impecable. La mayoría de ellas están casadas con pescadores y conocen la realidad perfectamente.

Creo que la primera vez que hablé de excusas en el fútbol y en el deporte fue con Xabier Azkargorta. “El día que se inventaron, los ratones dejaron de comer queso” Desde ahí hasta la vida de un vestuario de jugadores, un mundo de opciones a las que aferrarse para acabar con los pretextos y crecer en la mentira que van creando para justificar su situación. Recuerdo también una conversación con Alberto Albístegi, en el mismo sentido, a la hora de afrontar la realidad de un partido y la necesidad de darlo todo para conseguir el objetivo, sin poner paños calientes, ampararse en no sé qué dolor, o en la mala suerte. Todo menos mirarse hacia dentro y reconocer sin tapujos la realidad.

Es lo que hacen estas señoras todos los días, desde que sale el sol hasta el ocaso. Ahora viven la temporada baja, porque los tripulantes no se hacen a la mar. Pueden ser ellas con menos agobios y celebrar, por ejemplo, el día de su patrona. Les miré con cara de desconocimiento absoluto. Sonrisa pícara y respuesta ¡Santa María Salomé! Unas cuantas de las que conozco celebraron una comida de hermandad, pagada con el dinero que ahorran a lo largo de los meses del curso. Se juntaron en un restaurante y en el menú compartido figuraba un txangurro al horno. Debes tener paciencia y aplomo para hacerlo sin trampas ni rellenos de pufo. Narraron cómo se desmenuza, pedazo a pedazo, qué ingredientes lleva. Coincidimos en que un poco de shurrut le viene bien. Ellas prefieren vino blanco, antes que el oporto que les propuse. Se me ocurrió entonces preguntar si le echaban pan rallado antes de meterlo al horno. Casi me bifurcan. ¡Ni se te ocurra, es una aberración! Prometo firmemente, a pies juntillas, que el siguiente que me coma no llevará nada por encima, salvo el hambre de quien hunda la cucharilla.

El derbi llegó con excusas previas y posteriores. Quejarse antes de competir o ponerse la venda huele a excusa. Llevamos tiempo oyendo la misma canción, la que se repite más que el La, la, la de Massiel. Hace tiempo que decidí quedarme con lo que los protagonistas son capaces de hacer sobre el terreno de juego. El resto, las opiniones y declaraciones hace mucho que dejaron de ser trascendentes y suenan rancias. El derbi es de quienes lo juegan. Ni más, ni menos. La última vez que los dos equipos disputaron algo de valor fue una final de Copa. La Real consiguió la victoria. Unos debieron esperar meses y meses para celebrar el título. Los otros quedaron inmersos en un desencanto de larga duración, dándole vueltas al porqué de aquella derrota. No contaban con ella. El de anoche era un partido más de liga, con tres puntos

en juego y con gente atiborrando la grada. Los dos entrenadores prepararon a conciencia la cita, aunque uno dispusiera de mucho más tiempo que el otro. A Imanol ni se le ocurrió utilizar esa realidad como una excusa. Eligió los jugadores que consideró convenientes para medirse al rival y para adaptarse a la noche de perros que dejó el permanente chaparrón. Recién cambiado el césped, la situación ayudaba a comprobar el estado del mismo y su capacidad de aguantar lo que llevaba encima. Como digo, los grandes partidos pertenecen a sus protagonistas. De hecho, a uno de ellos titular anoche, le dije que disfrutara.

Más allá de las decisiones tácticas y de la elección de jugadores y el lugar en el que competir, el partido arrancó con el freno de mano echado, aunque Williams dispusiera de un balón divino para adelantar a su equipo al poco de iniciarse la contienda y Elustondo se la jugara para evitarlo. Aparición beatífica del capitán. Isak buscó ser protagonista en un par de lances para adelantar a los suyos, pero Unai Simón lo impidió con acierto. Además del respeto, primer tiempo muy igualado, con pocas ocasiones y cierto punto de miedo. Quizás esa fue una constante hasta el final o hasta que la quietud dio paso a la emoción.

Normalmente, en los segundos tiempos pasan cosas. Se le pusieron de cara a la Real. Otra vez, un penalti. Fue Isak quien llevó la alegría a la grada y fue el equipo txuriurdin quien defendió el botín hasta el tiempo de prolongación. En los derbis pasan muchas cosas. En los dos campos. A la ventaja realista se le añadió una expulsión en el equipo rival. Todo pintaba de cara. Una falta lanzada por Muniain echó paladas de pan rallado a la alegría guipuzcoana, al sorprender a Alex Remiro. Se le cayó el mundo encima y le dará vueltas a la jugada durante mucho tiempo. Empate y hasta la próxima.

Apunte con brillantina: Uno de los programas de radio con los que más he disfrutado se emitía los domingos en Herri Irratia (Radio Popular). Hablábamos del fútbol guipuzcoano, de la Tercera División de siempre, de los pueblos y sus corresponsales. Fiel a la cita, sonaba cada dos semanas Maite Suinaga, desde Bergara, para contar lo que sucedía en Agorrosin. Una mujer, mahonera de pro, haciendo crónicas de fútbol. ¡Pues, sí! Han pasado muchos años, pero lo recuerdo como si fuera hoy. Ahora que se ha apagado el volumen de su voz, mi afecto a su hijo Iñigo, compañero en muchas batallas, y a quienes hicieron posible un proyecto que hoy es impensable. Goian Bego.