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Suelo aprovechar los ratos en los que la cabeza va por libre para fijarme en detalles y comprobar la evolución de las cosas. La Real jugaba ayer en El Sadar. Un estadio nuevo, moderno, cercano, funcional y caluroso. No porque la temperatura se dispare, que no, sino por el apoyo incondicional de los seguidores rojillos a su equipo. Es tan grande la comunión entre ellos que muchas veces los resultados responden más al corazón que al acierto en el juego. Una vez más elegí el sonido ambiente de la transmisión, exento de comentarios. Quería dejarme llevar por la ola que acompaña las intentonas de ambos equipos por doblegar al rival. Fue la Real quien lo consiguió. Fue el equipo que terminó más entero, mejor físicamente y muy convencido de lo que hace. Desde el meta Remiro hasta los casi niños que siguen acumulando minutos. Y en medio del escenario, un espectáculo que atiende por Silva.

En ese campo, antes de remozarse y volver a ser de Primera, nos fuimos a Segunda por obra y gracia de errores propios y orfeones ajenos. Un coro de varios solistas nos privó de lo que tanto cuesta mantener. Tardamos tres años en volver, lo mismo que les sucedió a ellos unas temporadas más tarde. Travesías en el desierto, buscando un oasis en el que establecer las bases de un futuro confortable. Como resultante de la buena gobernanza, las dos entidades presentan hoy muchas cosas en común que se relacionan con el éxito. La economía es mucho menos pesadilla que en los momentos de zozobra. En lo deportivo se apuesta por la cantera y para los banquillos se eligen dos entrenadores incombustibles e inaccesibles al desaliento. Dos jabatos de la pelea, dos técnicos de azada y rastrillo. Jagoba estuvo en la Real pero sufrió de lo lindo y no le sobraron los apoyos. Salió con mucha pena. Hoy demuestra su valor y es un ídolo a las orillas del Arga. La pasión, según Arrasate. Imanol alcanzó la máxima responsabilidad después de un camino en el que aprendió y enseñó antes de cautivar. Hoy es indiscutible, un fijo en la quiniela de los éxitos y un entrenador que no baja la guardia ni durmiendo. La pasión, según un oriotarra.

Se conocen, se llevan bien, se abrazan de verdad y en días como el de ayer se tienen ganas, porque los triunfos dan prestigio y los puntos se necesitan para confortar los proyectos. La afición no es ajena a esa realidad y responde. Lleno hasta la bandera y si el estadio hubiera dispuesto de diez mil localidades más, seguro que se abarrotaba. Los seguidores cuentan con un olfato especial y saben husmear con tino. Se intuía un partido vibrante, sin concesiones, a calzón quitado, en el que los jugadores de ambos equipos sabían de sobra lo que se iban a encontrar de frente. Salvo Sorloth, recién llegado, que no fue de la partida inicial, el resto saltó al campo y sacó del arcón corazas, adargas y rodelas. Disfruto con este tipo de partidos en los que a lo mejor no es posible ofrecer un gran juego, pero cuando hay humo en la hoguera, pasión en las entrañas y fuego en el corazón, merece la pena el espectáculo. Es el momento de los protagonistas de verdad, de los que viven más allá de los corifeos y palmeros de turno. Esperaba que dieran las seis y media de la tarde para vivir un choque que deseaba fuera golosón. Tanto como el que debieron disfrutar las directivas en la comida fraternal del Martintxo, una especie de santuario osasunista. ¡Esos canutillos rellenos de crema al anís!

Los dos técnicos prepararon el partido a conciencia y sus pupilos lo interpretaron con una fidelidad inmaculada. Prácticamente el primer tiempo pasó de largo. Algún amago de peligro, búsqueda por las bandas de caminos insoldables y un susto final con Mikel Merino que siguió

en la cancha tras el descanso. Ahí se produjo un cambio. Diego Rico llevaba una amarilla en la mochila y supongo que el entrenador realista no quiso correr riesgos. Sucede muchas veces que, después de una larga lesión, a los jugadores les gusta recuperar el tiempo perdido en un santiamén y eso les sitúa en un camino de ansiedad y cierto desbarajuste. Imanol eligió a Aihen Muñoz para ampliar la nómina navarra de futbolistas sobre el césped. Uno de ellos, con título nobiliario y que cuando habló al final del encuentro le dolía hasta la voz, abrió la lata. Merino disparó a puerta. En la trayectoria se cruza un rival que envenena la pelota y termina en la meta rojilla. Ponerse por delante en un encuentro tan igualado suponía un idilio que no se debía desaprovechar. Cabían dos opciones: atrincherarse y defender el botín o seguir en la porfía para asegurar los tres puntos y evitar sobresaltos. Optaron por esta última. Fue entonces cuando apareció un chico belga, al que le ningunean su presencia en la selección de su país. Juega al fútbol mejor que la dama de las camelias. Recibió un pase divino y lo elevó a los altares. Un eslalon antes del derribo que suponía el penalti. Le tocó lanzarlo. No sé si se pone nervioso, pero transmite una calma estrepitosa. El balón entró y el segundo subió al marcador para alegría de la muy animosa feligresía txuriurdin. ¡No se puede disfrutar más!

Ahora, llega una semana sin competición oficial. Vendrá bien para recuperarse de las magulladuras y arreglar las averías de chapa y pintura. El equipo se va al parón al frente de la clasificación. Mira de reojo a lo que hacen sus rivales. A uno le empatan cuando ganaba por tres de diferencia, a otro con dos y un tercero termina pidiendo la hora. ¡Ellos mismos!.

Apunte con brillantina: Es posible que la noticia pase desapercibida, pero quiero poner en valor la elección de Robin Le Normand como MVP del mes de octubre. No nos conocemos de nada y dudo que sea lector de esta sección. No penséis, por tanto, que escriba por un peloteo al uso. Todo lo contrario. Le destaco por la capacidad y la evolución como futbolista. Ayer volvió a demostrar su talla y su talante. Es un gran desconocido, hormiguita que recoge en verano para las exigencias del invierno. Poca gente creía en él. Llegaron y llegaron centrales (no queda ninguno) mientras esperaba el momento de la oportunidad que no ha desaprovechado. Es un ejemplo para los que vienen por detrás siguiendo el camino. Esta semana cumple 25 años y podrá celebrarlo. ¡Joyeux anniversaire, Robin!