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Aquel día toco madrugar sin niebla. La jornada era larga. Debíamos llegar a Zamora en donde nos esperaba una eliminatoria de Copa. Han pasado dieciséis años. Las carreteras actuales ya funcionaban entonces y el viaje era relativamente cómodo. Llegamos a la hora prevista. Nos registramos en el mismo hotel del equipo y pateamos un poco el centro de la ciudad. Entré en la catedral para dejarme los ojos en cimborrio que remata una cúpula de gallones, diferente a la mayoría. Junto a la de Toro forma parte del llamado Románico del Duero, A su lado, un pedazo de torre cuadrangular que se eleva férrea y completa el paisaje. Muy cerca del río, todo responde a un plan. El nuestro continuaba después por la restauración. Casi todos habíamos elegido el restaurante “Las peñas”, regentado por Lalo Lacasa, hermano de “Copi” y Gloria. Nos habían recomendado el sitio y a fe que no se equivocaron.

Inolvidables las “patatas a la importancia”. Un plato exquisito del que repetí, al menos, una vez. En aquel comedor nos conocíamos todos. Enviados especiales, aficionados, algún dirigente ajeno a la comida oficial, familiares de futbolistas… Se respiraba un cierto ambiente de euforia. La diferencia de categoría animaba a ello, aun a sabiendas de que en esas mismas circunstancias, antes y después, nos habíamos pegado unos cuantos resbalones. Llegó la hora de la siesta reparadora, del saludo a los futbolistas antes de subirse al autobús camino del estadio. El Ruta de la Plata era y sigue siendo una notable instalación. La entrada era de las sublimes. Rascaba un poco, porque estábamos en octubre y en esa época, en Castilla, las noches no son para valientes en manga corta.

Puedo equivocarme, pero creo que José Mari Amorrortu era el entrenador y que en la plantilla había muchos jugadores conocidos. Por allí andaban Oscar de Paula, Agirretxe, Ansotegi, Mikel Aranburu y Mikel Labaka entre otros. Seguro el segundo entrenador puso al corriente de todos los avatares a su jefe. Imanol podía conocer, por ese relato de primera mano, la amarga experiencia de aquella noche en la que nos fuimos a casa con el rabo entre las piernas, eliminados y con un disgusto del 50. En las filas zamoranas militaban dos jugadores guipuzcoanos, dos centrales que marcaban el peso de la defensa. Uno de ellos, el irundarra Javier Garmendia, de larga trayectoria, que ha defendido unas cuantas camisetas en el camino además de la rojiblanca de Zamora: Real Unión, Sestao, Beasain, Lugo, Torredonjimeno, Guijuelo, Conquense y Eldense. Hoy regenta un taller de reparación de vehículos al que acudí ayer por la mañana para recordar detalles de aquella noche. Algunos de sus recuerdos los recojo aquí. Igor San Miguel era su compañero en el centro de la zaga. El exjugador del Sanse, antiguo entrenador de la Real Sociedad femenina y hoy responsable del banquillo en Hernani, vivió una noche apasionante porque fue él quien remató el balón del gol local.

Para entonces el meta Vilches había sido expulsado en el primer tiempo. Le sustituyó José Luis Vicente quien, además de detener un penalti en el tiempo reglamentario, se convirtió en el héroe de su equipo al lanzar el decisivo que eliminaba a la Real. El entrenador Balta le preguntó después de la prórroga y antes de los lanzamientos desde los once metros si estaba dispuesto a tirar. Dijo que sí. No dudó y sorprendió a Alberto, que entonces defendía la meta txuriurdin, para marcar el gol de la decisiva victoria. Locura y jolgorio. La tanda fue horrible. Se lograron dos goles en nueve lanzamientos. No hizo falta chutar el décimo. El meta recuerda aquella noche como si fuera hoy. Se llevó de recuerdo la camiseta “19” de Javi Garrido. Luego de eliminar a la Real, dejaron al Éibar en la estacada y sucumbieron ante el Barça en la siguiente ronda. Cuento todo esto, porque conviene no perder de vista lo que nos ha pasado en el camino cuando este torneo se afrontaba con la guardia baja, como una cita menor. A día de hoy, con el entrenador que regenta el banquillo realista, esa actitud es impensable. Es una de las muchas virtudes que le adornan. El compromiso y el respeto. Por decirlo de alguna manera, el oriotarra no tira ni los klinnex. Es quien decide.

Por ello, entre las buenas noticias antes del descanso, apuntaba la presencia en el once inicial tanto de Illarra como de Guridi. Lo mismo que Pacheco o Najs Djouahra. Costaba verles en medio de la nebulosa. Supongo que os pasó a todos, pero no se distinguía casi nada. Apagué el televisor y encendí la tablet. Se ofrecían imágenes más nítidas en la resolución, pero poco. Tampoco había mucho que ver. El primer tiempo pasó de largo, sin sobresaltos, ni tiros a puerta. Con más quietud que en el cercano convento de las Marinas, una de las comunidades con monjas de clausura en la ciudad.

Era previsible que el entrenador modificara el plan para asumir la segunda parte porque el empate sin goles no nos llevaba a ninguna parte y planteaba riesgos. Cumplido un tiempo para el capitán mutrkuarra, el brazalete pasó a quien le sustituyó. Mikel Oyarzabal se incorporó al juego, un minuto antes de que Jon Guridi adelantase a su equipo. Casi pasó lo mismo con el segundo. Beñat Turrientes acababa de acceder al terreno por Januzaj y de un ajustado derechazo recibió el abrazo de sus compañeros. Le vendría muy bien sentir el calor con el fresquíbiris que se intuía. Con una ventaja sustancial la bruma no levantaba vuelo, pero el tanto del beasaindarra enfriaba las ilusiones locales por protagonizar otra gesta como la de hace dieciséis cursos. Llegó el tercero, tras la jugada de Portu cuyo centro no desaprovechó Oyarzabal. Contado así parece fácil, aunque habrá que dar valor al trabajo colectivo del Zamora, que supo cerrar espacios, presionar al oponente y dejarse las fuerzas sobre el césped. La Real cumple el objetivo y sólo le queda la visita del Villarreal para despedir el año. Carretera y manta, nunca mejor dicho volviendo de una ciudad famosa por la calidad y fama de la lana con la que las fabrican.