El Beaterio: Del «10» al «22» pasando por el «19»

Las dos últimas tropelías arbitrales que han supuesto la merma de puntos en la clasificación liguera de la Real afectan directamente al mismo protagonista. Me refiero a Alex Isak, un futbolista inteligente, definidor y comprometido. En el campo del Espanyol le guindaron un gol y el domingo pasado, un penalti. Es frío y seguro que no se explica el nivel de las decisiones que le salpican. Cuando todo es flagrante, abre los brazos y se le ve frustrado porque nadie mejor que él sabe lo que ha sucedido en cada situación. No protesta, aunque lleve la razón. No entiende que los árbitros se hagan los suecos, cuando el único sueco de verdad es él. Como en su país es un futbolista mediático, las acciones que protagoniza se comparten en los medios de comunicación y debe haber un cachondeo monumental entre la clase arbitral cuando escuchan o leen que el nivel de los colegiados españoles es elevadísimo. ¡Manda huevos!

Hubo un tiempo en que los clubes disponían de la facultad de recusar a tres colegiados por temporada. Aquella opción se fue al limbo como gesto de buena voluntad y confianza en la mejora. Pasado largo tiempo, la taifa sigue haciendo de las suyas y el propósito de enmienda se fue al limbo. Ni siquiera disimulan. No se lo curran. Aunque solo sea por evitar provocaciones, quienes nombran árbitros para los encuentros deberían calmar los ánimos. Tras el vodevil de Cornellá, te plantan en Butarque al mismo solista. Es un descrédito permanente. Digan lo que digan.

Isak no es Maria Dolores de la Queja. En lo que llevamos de temporada le han mostrado tres tarjetas amarillas. Dos en la liga, por sendos derribos a rivales y una en la Europa League. No protesta, pese a lo que le sacuden. A lo sumo, entre la incredulidad y el estupor, pone las órbitas de sus ojos en blanco y mira al culpable de sus desconsuelos pidiendo clemencia. No necesita que le pinten la cara. Si debe ser el Baltasar de las cabalgatas no usará un corcho quemado para tiznarse, ni tirará de betún brillante al uso. Es él y se merece un respeto. Lo mismo que sus técnicos y compañeros. Aporta lo que sabe y puede que es mucho. A las primeras de cambio aprovechó un pase donoso de Januzaj y abrió el pase a octavos con su remate. Sin embargo, más tarde perdonó el segundo y eso es lo que no debe hacer. La ocasión fue espléndida para poner tierra de por medio y tranquilizar la situación. Lo hizo Oyarzabal con un tiro cruzado a pase de Olasagasti. El capitán lo es con todas las consecuencias y galones.

Más allá de la alegría personal, compartida con sus compañeros, quiso acordarse de un jugador joven, con futuro, buena gente y amigo de todos. Levantando dos dedos en cada mano dibujó un 22, el número de la camiseta de Ander Barrenetxea. Ese gesto es un valor del vestuario en el que militan, un Fuenteovejuna txuriurdin. ¡Todos a una! Incluso en momentos como éste. El colectivo salpicado de contagios. Bajas, tiempos de claustro en los domicilios de cada uno. Como quien dice, en más de un caso, del encierro al césped con las fuerzas justitas,

dando la cara frente a las necesidades de un calendario exigente. El equipo no está para echar cohetes, pero cumple con el objetivo de eliminar al rival y pasar de ronda. Llegó al descanso con la doble ventaja de los goles comentados. Quizás creyeron que estaba todo el pescado vendido, pero quienes hacemos la compra sabemos que los precios de los productos del mar están por las nubes y que mirar un percebe cuesta como un bocadillo de jamón serrano. No te digo nada olerlo y el acabose si pretendes hincarle el diente. El Leganés intuyó que pese a lo que significaba la diferencia ésta no era insalvable. ¡Matarile! En un chispún, catapún. Dos goles, después de dos averías defensivas. Tocaba remontar y no iba a ser fácil. Nadie mejor que el entrenador para saber cómo está su gente, con quién puede contar de verdad y de quién tirar para lograr el triunfo sin que se te rompa nadie más. Un pisotón a Oyarzabal dentro del área pepinera se convirtió en penalti que el eibarrés transformó para protagonizar un doblete similar al de Cádiz o al más reciente ante el PSV.

Quienes esperábamos los minutos de Rafinha nos quedamos con las ganas. Lógicamente, Imanol prefirió a Silva para que la posesión fuera decisiva en el control del juego y del balón. No estaba el asunto para experimentos. Se trataba de asegurar el resultado. Pese a todo, los de Nafti anduvieron moviendo el árbol por si acaso caía fruta madura. Lo sujetó con acierto Ryan y el pitido final supuso un enorme respiro porque este tipo de encuentros son peligrosísimos. Casi nada que ganar y mucho que perder. En el zapato que pusieron junto al árbol no encontraron carbón, pese a que en más de un momento ardía la hoguera. Con permiso de la dietista, hoy se podrán comer el roscón correspondiente, relleno o sin rellenar, abrir los paquetes y estrenar gallumbos, pijamas, colonias, jaulas para los pájaros y cashotas para perros y gatos. Es lo que hay.

Apunte con brillantina. El domingo pasado vi el Betis-Celta. Los gallegos jugaron un partido formidable. Me encantaron y desde luego, para ganarles este fin de semana, el equipo va a tener que sudar tinta china. Para entonces, esperemos que haya más jugadores en condiciones y que Imanol pueda contar con un elenco de mayor nivel que en las últimas comparecencias en las que ha debido hacer encaje de bolillos y macramé. No le gusta poner paños calientes ni excusas, pero basta verle la cara y comprobar sus ojeras para entender que el pobre está exprimido de tanto exprimir.