Artaleku cumple 35 años

Parece que fue ayer, pero han pasado 35 años desde el día en que se inauguró el polideportivo de Artaleku, la pista que tomó el relevo del frontón Uranzu, las dos canchas en las que el Bidasoa ha escrito las páginas más brillantes del balonmano de Euskadi para convertirse con el paso de los años en uno de los referentes a nivel estatal y europeo. Historia escrita por muchos protagonistas, en la cancha y fuera de ella. Desde los gestores más acertados hasta los grandes jugadores, pasando por técnicos, aficionados y medios de comunicación, Artaleku vibró desde los cimientos hasta la techumbre en tardes gloriosas y emocionantes. Algunas conllevaron títulos de liga, Copa de Europa, enormes partidos que se disputaron con el cuchillo entre dientes y una realidad de la que se sentirán orgullosos muchos de los protagonistas del camino. Escribir la lista de nombres conllevaría errores y olvidos involuntarios.

Muchos de los actuales seguidores del equipo no habían nacido cuando Artaleku abrió sus puertas. Por ellas han entrado y salido miles de personas, la mayoría con el corazón pintado de amarillo y azul, han sonado voces y gritos de aliento, pocas veces discordantes, y ha corrido a raudales el orgullo de la pertenencia, junto a las lágrimas de emoción que tantas veces afloraron. Lo digo por propia experiencia, porque he pasado media vida, ocupando el mismo asiento desde el primer día y palpitando a ritmo vertiginoso en los jirones del camino. ¡Gracias por tantas cosas y momentos!

Fue el 18 de enero de 1987, cuando nos fuimos con los trastos desde Moscú hasta los maizales. Imanol Murua presidía la Diputación Foral de Gipuzkoa. Seguro que se sintió orgulloso el día de la inauguración como tantas otras personas, alcaldes-exalcaldes, federativos, clase política y económica, junto a la infantería de a pie.

El día en que se levantó el telón no cabía un alma, como tantas otras veces en jornadas imponentes en las que conseguir una entrada costaba una barbaridad. La lista de momentos culminantes es larguísima y lo más idóneo es que cada aficionado viva con los recuerdos imborrables e imperecederos.

A lo mejor, lo que en su día era una maravilla hoy no responde a las necesidades del club. Han cambiado tantas cosas en tres décadas y media que al Bidasoa le vendría muy bien un pabellón con dos pistas de juego y un graderío en el que pudieran sentarse muchas más personas que en las bancadas de Artaleku. Los grandes clubes europeos disponen de pabellones vanguardistas, con capacidad enorme para las gentes que quieren espectáculo, y con la opción de explotar muchos más recursos que a día de hoy están muy limitados en el actual contexto.