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No hace muchos días decidí ver el partido Betis-Mallorca. Se jdisputaba a esas horas en las que los cojines del sofá ejercen de imán. Te apoltronas y apalancas con el sonido bajo de la tele, para que la voz de los comentaristas no chirrie y se alboroten los castos oídos de quien se aproxima a una cabezada. Trataba de situarme sobre el rival de anoche para hacerme una composición de lugar. Al borde del descanso en una acción de un central del Betis se llevó por delante a Iñigo Ruiz de Galarreta, centrocampista guipuzcoano que ahora milita en las Baleares. Las imágenes no expresaban optimismo, menos aun cuando el entrenador Luis García Plaza se llevaba las manos a la cabeza al recibir la información de los galenos. Los primeros pronósticos se confirmaron después para reconocer que la rodilla izquierda del eibarrés estaba dañada por la rotura de una plastia en el ligamento cruzado anterior. Vuelta al quirófano este lunes y meses por delante para recuperarse y volver a pisar el césped.

Le conocía de haberle visto jugar, pero ni nadie nos presentó antes, ni coincidimos en ninguna parte. Me dio pena porque las graves lesiones de un deportista conllevan una catarata de desencuentros. Leí unas cuantas entrevistas y ni un solo reproche al rival, ni una acusación. Defendía que son cosas que suceden y que s impensable creer que lo hubiera hecho a propósito. Sabiendo la que venía, no perdió la compostura. Estos deportistas quedan un poco, o un mucho, abandonados a su suerte. Quise enviarle un mensaje de ánimo. No disponía de su teléfono. Hablé con uno de los compañeros de su trayectoria profesional, explicándole lo que quería. Me pidió que no dijera quién me lo daba. A renglón seguido añadió: “Se recuperará. Es un guerrero”. Le envié el mensaje sin saber qué iba a encontrarme. Hablé con otra gente que se relacionó con él en algún vestuario del camino. Todos destacaban el valor como persona. Pasaron muy pocos minutos. Recibí una generosa respuesta de agradecimiento.

El pasado fin de semana se desplegó un enorme tifo con su cara en las gradas de Son Moix y quienes jugaban contra el Valencia lucían una camiseta de apoyo y ánimo. Es la tercera vez que le sucede algo parecido. Por tanto, sabe que no hay atajos en la recuperación y conoce los recovecos del proceso. En ese tránsito pondrá la carne en el asador, trabajará duro y recuperará el tiempo de silencio. Cuando un deportista cae, desaparece del mundanal ruido. No hay palmadas, ni abrazos, ni entrevistas, ni reconocimientos. Nada. El ostracismo es el compañero de un viaje al que sólo se apuntan los muy cercanos, los inquebrantables. En circunstancias normales hubiera jugado el partido contra la Real, entre otras cosas porque estaba compitiendo muy bien en las últimas semanas. Es un jugador diferente que debe volver a empezar.

Puedo compartir un ejemplo similar, aún más cercano. ¿Alguien sabe algo de Martín Merquelanz? El pasado mes de octubre se lesionó jugando un partido en Valencia. Llevaba en la mochila sendas roturas en los cruzados de sus dos rodillas. Cedido en el Rayo Vallecano, le tocaba de nuevo una parada sin fonda en el devenir de su carrera. Han pasado cuatro meses desde entonces. Más allá de las intervenciones quirúrgicas y de las preocupaciones, parece haberse volatilizado. Ni se quejan, ni se reivindican. El mismo o parecido tiempo de silencio para los dos y para quienes sufren situaciones análogas. Lo más fácil es subirse al carro victorioso. Lo complicado es empujarlo cuando las ruedas pierden los ejes. Aunque a Imanol no le gustan los quejicas, la cruda realidad es que viajó a Palma con más ausencias que las clases voluntarias de gimnasia. Decidió seguir confiando en la misma defensa del domingo,

incorporó a Guevara a la zona de máquinas en la que, por sorpresa, no faltó Mikel Merino. Por lo visto, este chico es de goma. Le pasan la lámpara de Aladino por donde se lesiona y se pone a cien, aunque le duela hasta el habla. Le sacan tanto brillo que sirve un pase de gol y consigue otro para sumar tres puntos de valor en un campo complejo, cuyo propietario inició el partido con un son agradable y con peligro en sus acciones ofensivas. Hacía mucho que la Real no ganaba fuera de casa. Hacía mucho que no marcaba dos goles lejos del hogar. Hacía mucho que no protagonizaba un partido tan completo y no recuerdo si hacía mucho que no bailaba bajo la lluvia.

Sucede que los últimos resultados no eran buenos y que al equipo y a su técnico les empezaron a caer palos desde muchas direcciones. Ahora, tras los triunfos frente a Osasuna y Mallorca quizás los protagonistas reivindiquen un tiempo de silencio y de credibilidad en sus posibilidades. Aumentarán si el equipo es capaz de repetir partidos como el de anoche. No sé desde cuando David Silva no disputaba un partido completo. Verle jugar mereció la pena, del mismo modo que pagar una entrada, pese a no disponer de paraguas, por rendirse ante la jugada del primer gol. La conexión entre el jugador canario y el dueño del condado fue espectacular y esa acción deberían proyectarla en las escuelas de fútbol para que los niños aprendan.

A raíz de ese gol, la Real se hizo coriácea, no cedió un palmo de terreno, dominó los espacios, controló el balón manteniendo la puerta a cero y sumando tres puntos que le posicionan en la zona noble de la clasificación a la espera de nuevas y complejas citas. La posesión de los últimos minutos fue un escándalo. Y en ese momento en el campo se hizo un silencio sepulcral. Ni el Mallorca, ni su gente pudieron con la fortaleza visitante. En esos minutos en el terreno de juego competían Illarramendi, Zubeldia, Zubimendi, Alex Sola, Djouahra, Pacheco, Le Normand, Oyarzabal…Esta vez, y sin que sirva de precedente, no pedí a nadie que me trajera una de esas monumentales ensaimadas rellenas de cabello de ángel, ni una sobrasada, habituales ocupantes de mi maleta en los viajes de vuelta. Prefiero que se lo coman ellos, saltándose un poco el régimen alimenticio. Una canita gastronómica al aire nunca viene mal, sobre todo si logras seis puntos en tres días. Sabe todo mucho más rico.

(Foto: Real Sociedad)