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El equipo había subido a Primera División. Hablamos de hace más de 50 años. El primer desplazamiento, después del ascenso a Puertollano, segunda jornada de liga, apuntaba al Bernabeu. Andoni Elizondo era el técnico de una plantilla en la que militaban los Ormaetxea, Gorriti. Martínez, Lema, Arzak, Zubiarrain bajo palos, Rafa Mendiluce, Sagasta, Arregi, Boronat y Dioni Urresti. En frente, los Amancio, Veláqzuez, Pirri, Zoco, De Felipe, Sanchis. No habían llegado al fútbol ni los cambios ni las tarjetas de amonestación. Estuve en aquel partido y no me atrevo a escribir el resultado para no molestar, pero fue muy contundente. Más que el de anoche. Pasados los años con el equipo mucho más asentado, los duelos fueron diferentes, mucho más igualados y con los cuchillos más afilados. Luego, en el camino ha sucedido de casi todo. Desde la puerta del vestuario rota por una patada tras uno de los múltiples escándalos arbitrales, hasta los momentos de gran subidón, pasando por otras situaciones inolvidables.

Estoy seguro que si nos preguntan por los recuerdos de ese campo, aparecen la entrada de Keylor a Agirretxe, la amenaza de bomba que nos hizo salir a todos del estadio korrika eta presaka, hasta la gloriosa tarde de Xabi Prieto y la más cercana eliminatoria de Copa cuando Alex Isak enseñó el muestrario al respetable. Aquel día el equipo vestía de verde. Hay una realidad constatable que ha ido a más en los últimos años. Los que seguís fielmente esta sección, recordaréis que en estos partidos abría un paréntesis, metía dentro lo que sucediera y cerraba el paréntesis. Las consideraba citas inaccesibles. Desde hace bastante tiempo he dejado de utilizar el paréntesis, porque el equipo compite de verdad, podrá perder o ganar, pero compite y se ha hecho respetar. No me gustaría volver a las viejas andadas. Seguro que ayer querían ofrecer otra imagen y lograr un resultado de otro color. No fue posible pese a los buenos comienzos.

Supongo que mucha culpa de ese cambio corresponde al entrenador. Es como es, sabe lo que sabe y trata de sacar adelante el proyecto que maneja. Dispone de una metodología propia, un estilo personal en la gestión y asume la responsabilidad. Del mismo modo que eleva a los altares a Mikel Merino, “el mejor jugador de la liga”, es capaz de apretar los muelles a un central como Jon Pacheco. En el día de ayer unas cuantas personas me preguntaron qué me parecían las palabras de Imanol respecto al porcentaje de éxitos en las disputas del jugador navarro. Quizás al técnico le ha podido sorprender la unanimidad a la hora de valorar los encuentros que el chaval disputó ante Osasuna y Mallorca y ha querido poner un freno de mano a la euforia. Que diga lo que dijo no supone que no confíe en él. De hecho, saltó al Bernabeu como titular de un equipo que se armó delante de la portería de Remiro. Esa dosis de vigor la aplicó igualmente con Asier Illarramendi que retornó a un escenario en el que quisiera demostrar todo lo que lleva dentro, sacarse alguna espina y responder a quienes no le respetaron. Era el líder, el capitán, de un once que de salida contaba con siete canteranos. Junto a ellos, además del meta navarro, una pareja imponente de zurdos e Isak y su mundo. En el banquillo, otros ocho futbolistas hechos en casa. Total, quince protagonistas que han crecido en las campas de Zubieta. En el otro lado, una larga lista de notables, cuyos nombres y trayectorias asustan. Suele hablarse de los ataques de entrenador que en todos los deportes aparecen. Respuestas inesperadas respecto de lo que se piensa. Le dan mil vueltas y deciden. Estarás de acuerdo o no, pero ver en el flanco derecho a Zubeldia de lateral y Zaldua por delante, llama la atención. Tanto como el penalti al poco de empezar. Cuando el equipo pudo hilvanar una jugada en el área madridista apareció la magia. Un derribo a Silva y una transformación de Mikel Oyarzabal que superó la estirada del larguísimo Courtois. Casi sin enterarse, el equipo se pone por delante, pero los partidos de Madrid son muy longos y quedaba un mundo. Poco a poco el Madrid se rehízo y la Real metió los cuartos traseros más cerca del cancerbero. Con espacios para pegar dos pepinazos, los de Ancelotti se pusieron por delante en un abrir y cerrar de ojos cuando todos miraban al marcador anhelando que llegara el 45’. Justo antes, un par de goles de dibujos animados, imparables.

Es entonces cuando los garbanzos del mediodía sientan fatal. Unos conocidos fueron al partido. Andaban cerca de la Plaza Mayor a la hora del almuerzo. Mensaje al canto pidiendo recomendación. El cercano mercado de San Miguel estaba petado, así que a la Casa de Luis Candelas o a Botín, sitios tradicionales que sirven un cocido con virtudes y sacramentos. Estaban de antojo. Se les metió en la cabeza comerse un cocidito madrileño. Tardas bastante más en hacer la digestión que en encajar goles.

El paso por vestuarios y la consiguiente reflexión diseñaron nuevos planes. El míster decidió incorporar a Rafinha y Djouahra por David Silva y el referido Pacheco para competir con un 4-3-3 en el que Joseba Zaldua se encargaba del lateral. Sobre la marcha se incorporaron Zubimendi y Aritz Elustondo. Nada cambió, porque el Madrid siguió con su hoja de ruta, marcando un par de goles, más otro que anuló el VAR a Benzema. La resultante es que el equipo encaja otra goleada y le pasa lo mismo que ante el Betis, el Leipzig o el Athletic. Pierde el oremus y se deja llevar, como abandonado a su suerte y trasmitiendo una sensación de pobreza evangélica. Aquí termina un ciclo de locura, de varios partidos semanales, de ida y venidas, de trajines, para afrontar hasta el final un calendario con una cita por semana y la recuperación de un orden imposible hasta ahora. Tan imposible como creer que los chicos del cocidito se fueron ce cena y parranda.